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Poesía salvadora

Esta mañana, de camino a la Universidad en autobús, la vida era de tonos grises, como el día otoñal en la ciudad. Una vez más me había levantado con el pie izquierdo, pensaba. ¿Por qué me faltaba esa fuerza interior que otras veces, al igual que la luz enfocada hacia un objeto, revelaba belleza en la forma y el color? Sabía la respuesta: por mi propia obcecación; esa desidia que nos hace tan difícil levantarnos tras caer. Nos decimos que la oscuridad es agradable, que el esfuerzo por salir es superior a nosotros; incluso, si dejamos correr el tiempo en este estado, casi nos convencemos de que no hay luz.

Pero hay. Y no viene de fuera sino de dentro, de lo profundo. Cuando quedaban un par de minutos para bajar del autobús, llevado por un impulso, he abierto el libro de poemas que hasta entonces dormía abandonado entre las sombras de mi cartera. Y he leído, justamente, el soneto que tocaba, esperando a mis ojos desde la última vez que cerrara el volumen. Éste era, de la pluma de Herrera:

Cual oro era el cabello ensortijado
y en mil varas lazadas dividido;
y cuanto en más figuras esparcido,
tanto de más centellas ilustrado;

tal, de lucientes hebras coronado,
Febo aparece en llamas encendido;
tal discurre en el cielo esclarecido
un ardiente cometa arrebatado.

Debajo el puro, proprio y sutil velo
amor, gracia y valor, y la belleza
templada en nieve y púrpura se vía.

Pensara que se abrió esta vez el cielo,
y mostró su poder y su riqueza,
si no fuera la Luz de la alma mía.


Y he aquí que he descubierto de nuevo que la Luz, que nunca falta en el alma, nos socorre sin dilación cuando aceptamos su dulce consuelo. Atrapado por la belleza del poema, lo he releído saboreando cada palabra. Con el tiempo justo para bajar del autobús, el libro ha vuelto a las sombras de mi cartera. Pero la mañana, aunque gris otoñal, brillaba ahora con nuevos colores.

Reconocerse en la flor

Reconocerse en la flor Reconocerse en la flor es el anhelo más sagrado del hombre. Aquello que la hace crecer es también lo que nos hace crecer a nosotros. Ver eso es ser iluminado, ser besado por el cielo, retornar al Edén.

Quizá Bertolt Brecht intuía esto cuando escribió el siguiente poemita:

El jardín.

Cerca del lago, entre álamos y abetos,
hay un jardín cercado en la espesura,
por mano tan experta cultivado
que está florido de marzo a octubre.

Al alba allí me siento algunas veces,
que yo también quisiera,
con tiempo bueno o malo,
poder siempre ofrecer algo agradable.

(1953. De sus Poemas y canciones.)

Aunque es de noche

Es de noche, pero luz hay; esa es nuestra esperanza y fe. El ojo de la carne nos engaña y el ojo de la razón sólo ve oscuridad. Pero la Fe, ese instrumento de conocimiento más que humano, que implica renunciar a uno mismo ante la evidencia de nuestra incapacidad para saborear la realidad, nos acerca al despertar del ojo del Espíritu, aquel que ve la luz en la que vivimos y nos sustentamos. Vivimos con los ojos cerrados en medio del Paraíso. Nos debatimos en mil guerras sin conocer la Paz en que moramos. Es de noche, pero hay luz. Y quién mejor que el maestro San Juan de la Cruz para expresar ese profundo sentimiento, esa salvadora intuición, con palabras vivas e inspiradas:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche
.

Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente, que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque de noche.

El hombre cuando ama es un sol

Habla Hiperión, escribe Hölderlin:

¡Sí!, el hombre, cuando ama, es un sol que todo lo ve y todo lo transfigura; cuando no ama, es una morada sombría en la que se consume un humeante candil.

Lo cual, creo, está en estrecha relación con estas otras palabras suyas:

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

Amar, como vivir con fe, es darse en confianza, es superar la propia individualidad y ser lo que se es en el fondo, volverse al origen, al hogar, a la patria, al bosque. Y más que ningún amor, el amor al enemigo. Ser esclavo de la reflexión, de la razón, de la memoria-entendimiento-voluntad, es ser un mendigo pudiendo ser un dios, es una morada sombría en la que la luz no alumbra al exterior. ¿Y cuál es la finalidad de la luz sino alumbrar? Ya lo dijo el Cristo:

Nadie enciende una lámpara y la oculta en una vasija, o la pone debajo del lecho; la coloca en un candelabro para que los que entren vean la luz. (Lc. 8, 16).

Decadencia y fe

Cada generación parece peor que la anterior, y sin embargo en el fondo todas son perfectas. La decadencia total lleva consigo el germen de la renovación total. Las últimas generaciones, las peores, son también acaso aquellas en las que descollarán las estrellas más brillantes en medio de la noche oscura. Su luz será el anticipo del fulgurante día.

Como Tzinacán a través de la pluma de Borges, quizá sea preciso y adecuado decir: bendita tiniebla. Y claro, bendita decadencia.

Eso sólo se puede decir desde la fe. La fe, esa cosa inaprehensible que sostiene en la vida a todo ser humano, aunque paradójicamente ese ser humano concreto la niegue en su vida. La fe tiene muchos grados, desde la certeza oscura de quien ha saboreado, hasta la confianza ciega del que, sin ver el suelo, da el primer paso en el abismo. Un abismo es lo que tenemos ante nosotros. Decir "bendita tiniebla, decadencia" (sin apegarse a esa oscuridad, por supuesto), es un paso de fe.

Ahora que lo pienso, ¿qué hacen las estrellas en el cielo sino bendecir la negrura con su luminosidad?

Castillo de Loarre, piedra maternal

Castillo de Loarre, piedra maternal Hoy he visitado el castillo de Loarre, en la provincia de Huesca. El castillo románico mejor conservado del mundo.

Resulta fascinante palpar la piedra que nuestros antepasados levantaron hace mil años. Da algo de vértigo por la distancia en el tiempo, y sin embargo es aún posible percibir una presencia viva, un espíritu que late en el equilibrio de las formas, en el simbolismo de los capiteles, en la proporción de los espacios, en la belleza del paisaje. Ahí está el castillo, en lo alto de una montaña, majestuoso en el centro de un territorio de verdes prados y almendros en flor. En esencia, incólume al paso de los siglos, pese al deterioro del tiempo. Como un testimonio del arte de vivir y construir de los hombres antiguos. Un símbolo vivo de la caverna, el santuario donde el ser humano espera ser besado por el Sol.

Una reflexión: de la piedra a los números binarios. El hombre parece haber cambiado la caverna de sólida piedra por hogares más virtuales. La piedra, hija de la tierra, barro primordial del que nosotros mismos nacimos, dio paso en los tiempos modernos a mezclas menos puras, y luego a los materiales metálicos y los plásticos (oscuros productos subterráneos), en los grandes rascacielos con los que el hombre pretende llegar al cielo por su propia voluntad, tan diferente de la modesta y cavernosa espera de los hombres antiguos, regulados siempre por esa fe en el Espíritu, verdadero Rey del ser humano y del mundo. Hoy, nuevos materiales, aún más alejados de la sustancia primordial que es nuestra madre, vienen a dar forma a nuestros "hogares": los números, la cantidad pura sin cualidad, las redes virtuales, la engañosa urdimbre del ciberespacio. ¿Cuál será el próximo paso? ¿Sabremos encontrar un solar donde recibir la luz solar?

Mientras tanto, ahí siguen los castillos, las ermitas, las catedrales. Quizá esperando pacientes al retorno del hombre extraviado. Dentro de poco, por cierto, podremos ver el de Loarre en la película "El Reino del Cielo". ¿Acaso nos hablará con certera voz en su llamada de madre?

In memoriam...

In memoriam... Poco se puede decir ante el sufrimiento. Las palabras y los discursos son a menudo un vano intento de racionalizar una emoción.

El dolor de las víctimas es el dolor de todos los seres humanos, es el dolor de Cristo en la cruz, la Luz que brilla en el fondo de las tinieblas de la condición humana. A veces, poco más puede hacer uno sino orar por las víctimas y también -ahí está el duro meollo de la vida cristiana- por las almas de los asesinos. También en ellos, aunque no lo sepan, hay una cruz y una nube que llora lágrimas de dolor ante la negrura.

Diógenes y las nubes

Diógenes y las nubes

John William Waterhouse, "Diogenes", 1882.

Interesante el blog Das Mystische.

Copio y pego un fragmento de uno de sus últimos artículos:

«Como apunta Kreimer, la solución al problema está en que Diógenes sabe que sólo es pobre quien desea más de lo que puede adquirir, y que sólo puede ser dueño de sí mismo quien toma a la sabiduría como única moneda de buena ley y por ella está dispuesto a cambiar todas las cosas. Otro Diógenes, Diógenes Laercio, en su Vidas de los filósofos más ilustres, dejó escrito en un diálogo los signos que nos muestran esta experiencia:

Alejandro se paró delante de Diógenes y le dijo: "Pídeme lo que quieras, que te lo concederé", a lo que Diógenes respondió: "Córrete, que me tapas el sol".

"Córrete, que me tapas el sol", esto podemos decir o podemos callar, también, y no añadir nada. ¿Esperaremos, entonces, a que se estreche el cerco? ¿Dejaremos que las nubes de Alejandro gobiernen nuestros días? Diógenes señala las sombras y el disco solar de los hombres libres. Como diría el cínico: ¡Ojalá pudiéramos saciar nuestro hambre restregándonos el estómago!». Más.

Me parece curiosa la escena en la que Alejandro tienta a Diógenes, cual diablo, ego o representante del poder de este mundo. Diógenes lo rechaza como un estorbo, nada necesita, nada le falta. Esta es una imagen de una gran fuerza, que me recuerda en cierta forma a las tentaciones de Jesús y a la renuncia a Maya (la ilusión) por parte de Siddharta Gotama. Cuando uno no se centra en las nubes, aparece el sol en todo su esplendor.

Por otra parte, es sorprendente la cantidad de papeles que asume la figura de Alejandro. Aunque la escena de Diógenes no fuera histórica, habría que decir, con asombro: la leyenda, como el arte, teje sabiamente con los hilos de la Historia.

Una boda para el Amor

Retomemos la pluma. Pues si bien todas las palabras sobran, no es menos cierto que también hacen falta las palabras. En lenguaje zen, el vacío es forma y la forma es vacío.

Sobre las relaciones, el maestro zen casado Aitken Roshi dice:

«La verdadera pareja es libertad dentro de un compromiso expresado públicamente y de todas las expresiones de esta índole el matrimonio ofrece el contexto más seguro. Sin matrimonio también puede haber un acuerdo de establecer una relación y trabajar en ella. Muchas personas han quedado heridas por haber sido mal aconsejadas a casarse o han conocido a otras personas que han sido dañadas por ese motivo y por eso huyen de un compromiso decisivo que tenga un fundamento religioso difícil de deshacer. Forman relaciones de pareja, a menudo con éxito, pero la falta de un compromiso último siempre de alguna manera pesa en esa relación y, en momentos de dificultad, puede inducir la decisión de separarse. Un compromiso de vivir en pareja es ponerse de acuerdo en establecer una práctica de matrimonio juntos. La pareja llega a un entendimiento mutuo: "No es tanto el acuerdo de amar y honrarnos mutuamente, aunque eso es una parte muy importante, como el acuerdo de amar y honrar nuestra práctica matrimonial. Somos dos personas embarcadas en crear una obra de arte juntos".»*

Lo cual viene a cuento de lo que hablábamos en el post (y en los comentarios a que dio lugar) sobre la película Mi gran boda griega.

(*): Robert Aitken, La mente de trébol, Árbol Editorial S.A. México 1990.

Silencio

Me agrada el silencio que reina en este blog desde hace una semana. Ahora lo estoy rompiendo, un poco a regañadientes. ¿Las razones del silencio? Una es la falta de tiempo. La otra, aunque no la menos importante: es una especie de ayuno. Es bueno, de vez en cuando, privarse de lo que nos atrapa aunque habitualmente no nos demos cuenta, para ir librándonos un poco de los apegos. Escribir un blog conlleva el riesgo de alimentar al ego, y además es una actividad adictiva y absorbente, mientras uno no es libre. El mucho hablar puede tornarse una actividad mecánica, un autoengaño y un engaño. Bueno es, pues, para un servidor dejarlo por un tiempo; que las ideas descansen y todo surgirá con mayor pureza más tarde.

No diré que no habría deseado verter aquí algunos balbuceos. Como la diferencia e importancia de libertad e igualdad en la Historia y en la actualidad, o las consignas supuestamente libres de unos y de otros respecto al referéndum, o el Camino de Santiago y el peregrinar...

Pero el ayuno es el ayuno. Volvamos, de momento, al silencio, pues tanta palabra sobra. En realidad, toda palabra sobra.

Oración amerindia

Oh, Gran Espíritu
cuya voz oigo en el viento
y cuya respiración da vida al universo entero,
¡escúchame!
Soy pequeño y débil; necesito de tu fuerza y tu sabiduría.

Haz que camine en la belleza
y haz que mis ojos contemplen siempre
el rojo púrpura de la puesta del sol.
Haz que mis manos respeten las cosas que has creado
y agudiza mi oído para oír tu voz.
Hazme sabio para entender
las cosas que has enseñado a mi pueblo.
Haz que aprenda las lecciones que has escondido
en cada hoja y cada roca.

Pido fuerza, no para ser más grande que mi hermano,
sino para combatir a mi mayor enemigo -yo mismo.
Hazme estar siempre dispuesto para ir a ti
con manos limpias y mirada franca,
de modo que cuando la vida se apague,
como cuando se pone el sol,
mi espíritu llegue a ti sin tener que avergonzarme.

Luces del olvido

Luces del olvido Luces de discoteca, proyectos de fanzines, cubata, suena Suede. Más tarde, ritmos electrónicos. Los altavoces dictan la precisión y la locura de un espacio-tiempo aislado, diferente, para soñar. Es la poética visión de un adolescente sediento. Aún ignorante de que vivir es algo más que beber vida y bucear en ilusiones y emociones. Pero vida, al fin y al cabo. Descender al Inframundo, aun a ciegas, siempre reporta algo de experiencia. Después, siempre llegaba la resaca. Tiempos que no volverán, pues más allá de pasajeras nostalgias, cada mundo tiene su momento en el camino.

Sí, mundos oscuros y a menudo fatales. Pero, con cierta precaución y también un arrojo que bebe en la fuente de los sueños, no deja de ser una experiencia con cierta belleza. La exuberante y desgarrada belleza de una juventud desorientada que, en medio del paisaje urbano, busca las luces que, aun artificiales, prometen otros mundos, otras realidades más intensas.

Sin olvidar el peligro de arrastrarse por los arrabales. Sin base, la mayoría se arriesga a perderse en el olvido. Pues es necesario volver a casa con la lección aprendida. A fuerza de decepciones, uno acaba viendo que esos mundos extraños están vacíos. Lo que buscas está en tu interior.

Ola de frío

Ola de frío
Bóreas, dios del Viento del Norte, hijo de Astreo y Aurora


El viento del NORTE trae frío blanco y puro como la nieve. Me gusta su tacto, su dureza diamantina, tonificante, especialmente cuando hay SOL. Me recuerda a la alta montaña, el lugar terrenal donde más cerca del cielo parecemos estar. Es una especie de Paraíso. El país de los hiperbóreos.

Aunque no olvidemos que Cielo y Sol siempre están, aunque no los percibamos, aquí y ahora, en el suelo que pisamos, en el fondo del pozo, en el corazón, en lo alto, en todo.

Como dijo un amigo mío: «¿Y si amanece con lluvia, con niebla?: es el sol; la lluvia y la niebla las trae el sol; son trajes suyos muy especiales. No nos invita así el sol a estar tristes, sino a JUGAR en todo caso a estar tristes, que no es lo mismo. "(Mientras tanto las placas solares, con niebla o con lluvia siguen trabajando generando energía: las baterías se cargan así)". Brille o no brille el sol hay siempre luz del DÍA. ¿Triste luz del día?, pues triste, ¿y qué?»

Amén.

Esperando despertar

Me duermo, envuelto en sueños aterciopelados que me llevan de un mundo a otro en un respiro. Mi conciencia está aletargada, y los dioses y demonios aprovechan para lanzarme mensajes, susurrarme historias, despertar impulsos que creía olvidados pero ahí siguen, como semillas guardadas en un silo desde hace eones. Los sueños de este mundo intermedio en el que floto arrastrado por corrientes subterráneas son como presos que pugnan por salir al exterior. Son como espejos distorsionados en los que me miro, creyendo contemplar mi rostro, cayendo en la trampa, y al mismo tiempo abriendo la posibilidad de ver más allá...

Por unos momentos, en medio de este viaje nocturno en que mi alma se deja llevar por vientos inaprehensibles, caigo a lo más profundo. El fondo del pozo absorbe mi conciencia y entro en un estado de sueño sin sueños, una muerte en vida o un retorno al útero materno, a la nada, al vacío pleno en que toda forma desaparece. Las voces callan, las imágenes se desvanecen. Dioses y demonios ya no tienen forma real. Estoy en casa, Padre. He vuelto. Al menos por un rato. Aunque no soy consciente de este retorno, la Luz que hay en el fondo me sana, reestructura mi alma, me nutre y vivifica. Por unos momentos, está ocurriendo en parte algo que deberá suceder estando despierto. En cierta forma, virtualmente quizás y por un breve tiempo en el no-tiempo, ya no hay yo.

Pero al fin vuelvo a ascender hacia la superficie. Los seres innumerables toman forma y bailan en sueños aterciopelados; yo mismo soy uno de ellos, soy todos ellos. Vuelve a haber una conciencia aletargada, ahora descansada, renovada, lista para despertar. La noche pasa y llega el momento de volver a la vida.

Despierto. Cuando era pequeño, antes de dormirme, tenía la sensación de que, por la noche, sin ser consciente, visitaría reinos lejanos donde esta vida no es más que un sueño. Ahora, sé que algo de verdad había en ello. Pero mi reino, el hogar en que nací, es sólo Uno, y sólo a él deseo llegar desde lo más profundo de mi corazón. Amanece y despierto, sí. Pero, afligido, comprendo que sigo dormido, que aún hay un yo, que los dioses y demonios me arrastran en este mundo y ponen velos ante mis ojos, que me impiden ver la realidad. Oh, Padre, ayúdame a volver, que mis deseos se desvanezcan y sólo quede el vacío. Sólo así podré ser, sólo así se podrá decir... que estoy despierto.

Dijo Hakuin Zenji, maestro Zen:

Perdidos por los caminos oscuros de la ignorancia
vamos vagando por los seis mundos,
de camino oscuro en camino oscuro.
¿Cuándo llegaremos a estar libres del nacer y morir?


Aunque claro, también dijo esto otro, y no debería olvidarse:

El País del Loto está en este lugar. Este cuerpo es vida del ser superior.

Amén.

Esperando al deshielo


Charles Ephraim Burchfield, The Coming of Spring, 1917-43


Me gusta el frío, la niebla, el invierno, la nieve, el Norte...

Pero hoy añoro la Primavera.


El triunfo de Brunhilde

El triunfo de Brunhilde El héroe ha muerto traicionado, engañado, envuelto en la ilusión de la mentira. Pero la verdad ha sido revelada al fin, y BRUNHILDE habla, en el momento postrero...

Y así... ¡lanzo esta antorcha en honor del glorioso Valhalla!
Grane, caballo mío. ¿Sabes adónde vamos, amigo? ¡Allí! ¡Allí, en el fuego, yace tu señor, SIGFRIDO, mi héroe divino! ¿También quieres seguirle? ¿Te atraen las llamas sonrientes? Siente cómo mi corazón también arde por abrazarle. Por tenerlo entre mis brazos... "Por unirme para siempre a él en el gran poder de nuestro amor." ¡Heia ho! ¡Grane, saluda a tu amo!
¡Sigfrido! ¡Sigfrido! ¡Mira! Brunhilde... tu esposa... ¡ya viene!


¡El dolor arde en el fuego! ¡Prevalece la risa del triunfo! Amado y amada, reunidos. Después, silencio. ¡El oro del Rin! ¡El oro del Rin! El anillo al fin vuelve a las Hijas del Río. El círculo se cierra. Llega el fin...

Sigfrido, renacido, alza su espada, vertical por siempre, apuntando al cielo cual árbol, cual rayo. Y Brunhilde vuelve a sus brazos. Se han reencontrado y, con limpia mirada, ¡viven! Se confunden con el Sol... el Sol se refleja en la gota de agua, que cae a la tierra y... ¡Milagro!

El árbol renace.

Nochevieja

Y se acerca la Nochevieja. Jano se dispone a abrirnos las puertas del nuevo año. Se vive en esa noche una suerte de carnaval, y lo dionisíaco se asoma con fuerza por unas horas, como diciendo: aquí estoy yo, no os olvidéis de mí.

Bueno, también Dionisos debe ser honrado, y no sólo Apolo. Que se lo digan a la madre de Penteo, que en un principio lo rechazó y ¡ay pena, qué dolor! el destino cruel que en sus manos cayó, cuando lo dionisíaco volvió con más fuerza y ya sin posible mesura ni control. O que se lo digan al propio Penteo, ¡horror!, que perdió la cabeza por no reconocer a Baco como dios en su momento.

Esquilo en su tragedia Bacantes nos advirtió. Hombres sensatos como Tiresias y Cadmo nos hablaron de equilibrio y mesura. Hay que aceptar y no negar, hay que tener cuidado de no rechazar con violencia lo dionisíaco. Pues lo que viene, se va.

Como dijo Louis Cattiaux: "Aceptemos igualmente lo bueno y lo malo, y dejemos a la meditación del tiempo el cuidado de separarlos en nosotros, pues los sabios han dicho: «La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la puerta de su jardín secreto»."

Nacimiento

Nacimiento
Se ha encarnado la Luz, ha vencido el Sol, ha nacido el Niño. En la oscuridad de una caverna, para iluminar el mundo, para hacer que todo brille como al principio, para que el hombre se dé cuenta de que nunca ha dejado de brillar.

La misma Luz que nació en el Buda cuando, habiendo descubierto el Misterio, contemplando el mundo con una luz nueva, exclamó: ¡Maravilla de las Maravillas!

Encárnese en cada uno de nosotros esa Luz, venza el Sol, nazca el Niño.

En nuestras manos queda la tarea de aceptarlo.