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Simplemente ser

El hecho de que un árbol es un árbol es muy importante para nosotros. Nos beneficiamos un montón de que el árbol es árbol. De la misma manera, una persona debería ser una persona. Si una persona es verdaderamente persona, viviendo feliz, sonriente, entonces todos nosotros, todo el mundo, se beneficiará de esta persona. Una persona no tiene que hacer un montón de cosas para salvar el mundo. Una persona ha de ser una persona. Esto es el fundamento de la paz.

Thich Nhat Hanh.

La biología del Amor

Muchas veces he sostenido que la mayor parte de las enfermedades que vivimos los seres humanos, si no todas, surgen desde el desamor, y se curan desde el amor en el amar. Esta afirmación mía ha sido criticada u objetada bajo el argumento de que no involucra una operacionalidad, pues no parece decir qué habría que hacer para aplicar el amar en terapia. A estas objeciones he respondido diciendo: "Es sencillo: lo que hay que hacer es amar. El amar es lo que ocurre en el vivir en las conductas relacionales a través de las cuales el otro, la otra o uno mismo surge como legítimo otro en convivencia con uno". *

[*]: Humberto Maturana Romesin.

Maturana es un biólogo chileno cuyas investigaciones, desde su campo científico, le han llevado a ver que el hombre crece como individuo y como especie en tanto que ama. La lectura de su obra resulta compleja, pero asombra ver hasta qué punto coincide en sus constataciones científicas con las mismas premisas del saber experiencial de las grandes tradiciones de sabiduría. No es de extrañar que la comunidad científica le ignore, pese a que nadie ha sido capaz de refutar sus tesis.

En otra ocasión hablaré más de Maturana y de sus investigaciones en torno al amor, lo que es tanto como decir en torno al ser humano.

"Paz y Seguridad"

Dijo San Pablo sobre la Parousía o Segunda Venida de Cristo:

En cuanto al tiempo preciso, no tenéis, hermanos, necesidad de que se os escriba. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Andarán diciendo: "Paz y Seguridad", y entonces, de improviso, les sorprenderá la perdición, como los dolores del parto a la mujer encinta, y no podrán escapar. Mas vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto no durmamos, como los otros, sino vigilemos y seamos sobrios.

(Tes. 5:1-6).

Sobre la poesía de amor cortés

Ahora que estoy leyendo la antología Poesía de Cancionero (ed. de Álvaro Alonso en Cátedra), me viene especialmente bien este fragmento del artículo de Pedro Vela "Dante y el esoterismo de los Fieles de Amor", publicado en el n.º 5 de la revista de estudios tradicionales Letra y Espíritu. Me viene bien para leer las canciones españolas del siglo XV herederas de la tradición del amor cortés desde una óptica más profunda para captar el sentido espiritual, que brilla y late como un sol en las palabras y el arte de la Edad Media, aunque los profesores de la Universidad, como de costumbre, sólo expliquen el aspecto más exterior y juzguen el asunto desde un punto de vista exclusivamente moderno e incluso derivando en interpretaciones puramente sexuales. Leyendo los poemas con el corazón abierto se intuye el camino espiritual que simbólicamente se expresa a través de los versos. Ahí va el texto del que hablaba:

(La tradición caballeresca del amor cortés) representa una de las manifestaciones más genuinas del esoterismo medieval. (...) Se podría decir que dos son las características fundamentales de la tradición caballeresca: la exaltación del principio femenino encarnado por la Dama (o también la Madonna o Nôtre-Dame), que representa la transposición simbólica de la Sabiduría Divina y, por otra parte, la fuerza irresistible del Amor que se adueña del caballero y lo conduce inexorablemente al encuentro de su Dama. Ahora bien, hay que entender que no es tanto la unión con la Dama lo que se persigue en última instancia, sino la superación de la dualidad entre ambos que representa la realización perfecta del Amor, el cual se revela así no sólo como fuerza intermediaria (tal y como la entendía Platón en El Banquete) sino como verdadero principio rector y señor del Universo[*], tal como explica Dante en el último verso de la Divina Comedia cuando contempla: L'Amor che muove il Sole e l'altre stelle, es decir, "el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas", situado por tanto encima de la Manifestación Cósmica. (...) resulta evidente que todo esto debe entenderse de un modo completamente alejado de cualquier tipo de sentimentalismo o romanticismo al uso, interpretación que, en todo caso, recubre y persigue una realidad de orden trascendente asimilable al modo de realización espiritual hindú denominado Bakhti-yoga, es decir, la unión por la devoción al Principio Supremo, propia de la casta kshatriya o guerrera, análoga al estamento de la nobleza en la Cristiandad medieval europea, a la que Dante perteneció.

[*]: Cfr. 1.ª carta de San Juan, 4:16.

A propósito de Letra y Espíritu, me pregunto si la revista sigue viva, ya que el último número del que tengo noticia es el 19, que salió en abril de 2004. En los últimos tiempos la frecuencia era cada vez menor, pero ya ha pasado un año y la ausencia de un nuevo número empieza a hacerse preocupante. Espero que esta magnífica revista de cultura y espiritualidad tradicional, prácticamente única en España (que yo sepa) pero al mismo tiempo de altísima calidad, sea un proyecto vivo y dure por muchos años.

El Fin de los Tiempos (VIII): Ovidio

En el último capítulo de esta serie de textos y comentarios sobre el tema del fin de los tiempos en diversas tradiciones, los Ases se enfrentaban a las huestes de Muspell en el Ragnarök, el "destino de los dioses".

En esta ocasión he optado por regresar a las agradables (por familiares) tierras de la cultura grecorromana. No es que me resulte ingrato pasearme por los misteriosos poemas de la Edda nórdica, en absoluto. Pero es que leer a Ovidio es una delicia. Es como descansar, tras la batalla en las frías tierras del norte, en un jardín de árboles frutales y brisa con aroma a flores de primavera. Un día de éstos, cuando el tiempo lo permita, volveré a leer sus Metamorfosis, un viaje extasiante por los dominios de lo mítico, una sublime mirada al mundo encantado, pleno de belleza y drama, que tanto añoramos en este escenario en penumbra en que vivimos.

Precisamente de esta obra he extraído el texto que presento a continuación. Como ya hice en el caso de Hesíodo (ver capítulo II), transcribo sólo la parte correspondiente a la Edad de Hierro, la última época del mundo, en la que vivimos desde los tiempos de los antiguos. Brevemente diré por si no conoces el mito que en la tradición grecorromana se habla de una idílica Edad de Oro en que los hombres "vivían como dioses"; tras la Caída (huy, se me ha colado el término cristiano, pero es válido), comienza una decadencia en todos los órdenes a través de la Edad de Plata, Bronce y Hierro; después el mundo tal como lo conocemos "acaba", y comienza un nuevo ciclo con los frutos de las semillas del anterior. Esta visión cíclica de la Historia es común a todas las tradiciones que han servido al hombre de medio para hallarse a sí mismo (oh, retorno al hogar del Padre) y para organizarse civilizadamente. El ejemplo más paradigmático y probablente el mejor conservado de esta "doctrina de los ciclos cósmicos" es la versión india (ver capítulo III), donde las cuatro edades son: Krita-Yuga (o Satya-Yuga), Trêta-Yuga, Dwâpara-Yuga, Kali-Yuga ("Edad Oscura"), equivalentes a las griegas.

En la versión ovidiana falta la habitual alusión a la renovación que acaecerá tras la decadencia y el fin. Hesíodo apuntó a ese aspecto cuando en su poema Trabajos y días se disponía a abordar la Edad de Hierro: «Y luego, ya no hubiera querido estar yo entre los hombres de la quinta generación (la nuestra) sino haber muerto antes o haber nacido después».

En la tradición cristiana, esa renovación del mundo ocurre tras la Parousía o Segunda Venida de Cristo. Entonces aparecerá un nuevo cielo y una nueva tierra, "y Su Reino no tendrá fin". Una nueva Edad de Oro, que aparece en los textos míticos y sagrados de las más diversas culturas. Pero conviene apuntar que no se trata de un tiempo de totalitaria paz y risueña imbecilidad al estilo "nueva era"; no es la "Era de Acuario" de hombres felices y sin problemas conseguida gracias a las maravillas del progreso y de la técnica o de la simple voluntad de los hombres o de una evolución ni nada parecido. No; eso son ideas modernas. Según la tradición, que es lo que nos ocupa en esta serie, lo que hay a lo largo del ciclo no es un progreso hacia un hombre más evolucionado sino una decadencia espiritual que desembocará en el "final" de este mundo (que no se entienda lo de "final" al pie de la letra). Y, de acuerdo con la sabiduría tradicional, nada puede el hombre (caído) por sí solo; en cambio, todo lo puede Dios. El hombre ha de poner la tierra y la semilla para que el sol haga brotar los frutos, claro.

Bueeeno, que me voy del tema. Me callo y te dejo con Ovidio. Que lo disfrutes.


OVIDIO, Metamorfosis, I, vv. 128-150:

(...) de duro hierro es la última (edad). Al punto irrumpió en la época del peor metal toda iniquidad, huyeron el pundonor y la verdad y la lealtad; su lugar lo ocuparon los engaños, las mentiras, las emboscadas y también la violencia y el criminal deseo de poseer. El marinero desplegaba las velas al viento y todavía no los conocía bien y las quillas, que durante mucho tiempo habían permanecido fijas en la cima de los montes, saltaron entre olas desconocidas, y la tierra, antes común como la luz del sol y las brisas, la marcó con una larga linde el precavido agrimensor. Y la rica tierra no sólo recibía la exigencia de las cosechas y los alimentos debidos, sino que se penetró en las entrañas de la tierra, y las riquezas que había escondido y había conducido a las sombras estigias fueron excavadas, acicate de desgracias; y ya había surgido el dañino hierro y el oro más dañino que el hierro; surge la guerra, que lucha por uno y otro y agita con mano ensangrentada las armas que rechinan. Se vive de lo robado; el huésped no está seguro de su huésped, no el suegro del yerno, también es inusual la armonía de los hermanos. El marido es una amenaza de muerte para su esposa, ella para su marido; las horribles madrastras mezclan amarillentos venenos; el hijo se interesa por los años de su padre antes de tiempo. Yace vencida la piedad y la Virgen Astrea (Dike, la Justicia) ha abandonado, la última de los dioses, las tierras humedecidas de matanza.


Nota: este texto corresponde a la edición de Consuelo Álvarez y Rosa Mª. Iglesias en Cátedra, Madrid, 1999.

El Fin de los Tiempos (VII): Völuspá

El Fin de los Tiempos (VII): Völuspá Continúo la serie de artículos dedicados a recopilar y comentar textos procedentes de diversas tradiciones cuyo tema común es el fin del mundo. El último fue el dedicado al Chilam Balam de Chumayel, dentro de la tradición precolombina. Al inicio de aquel artículo, además, enlazaba todas las entregas de esta serie. Por cierto: agradecimientos expresos a mi colega Toni M. Jover por el artículo que publicó en su bitácora Mítica, hace ya unos meses, titulado El Santuario del Fin de los Tiempos y dedicado a anunciar la presente serie que hoy continúo. En el post, a modo de muy acertado complemento al tema del fin del mundo, Toni incluía la serie de grabados apocalípticos de Durero. Desde entonces, tiene la amabilidad de seguir enlazando las entregas de esta serie al final de dicho artículo.

En una de las entregas anteriores, ya abordé el Ragnarök, la visión apocalíptica de la tradición escandinava, presentando el texto en prosa de la Edda de Snorri. En esta ocasión, el relato propuesto, esta vez en verso, pertenece a la misma tradición, y está contenido en la Edda Poética o Edda Mayor, una colección de poemas tradicionales de tema mitológico y heroico. Para una introducción (breve y ciertamente superficial) y unos comentarios personales a las Eddas y al Ragnarök nórdico, se puede leer mi artículo de la Edda en prosa. Para más información sobre la mitología nórdica, es provechosa la consulta de Encyclopedia Mythica.

Incluyo a continuación las estrofas 40 a 66 de la Völuspá (la "Profecía de la Vidente"). Es éste quizás el más hermoso e interesante de los poemas éddicos, y una joya de la poesía medieval europea. Fue escrita en Islandia en el siglo X o a principios del XI, cuando la antigua religión pagana comenzaba a retroceder ante la expansión del cristianismo. Es de suponer que se trata de la puesta por escrito de un poema oral transmitido de generación en generación. Y, como poema tradicional que es, transmite un conocimiento cultural, probablemente con fondo esotérico, en este caso sobre el principio y el fin del mundo, por boca de una volvä (palabra que suele traducirse por "vidente"). Aunque no conozco las lenguas germánicas, me atrevo a aventurar que esta palabra no debe entenderse con el sentido que hoy se le suele aplicar, es decir, en relación con poderes psíquicos o brujería; sino que ante todo la volvä es alguien "que ve" más allá de lo que puede verse desde el punto de vista profano. Ella está situada desde el punto de vista metafísico y amparada en la tradición, y por tanto "conoce" el proceso cíclico del mundo y la humanidad. Un poco como Beg mac Dé, el "vidente" ciego irlandés.

Como en todas las tradiciones, aquí también aparece una concepción cíclica de la Historia. Tras un proceso de degradación desde una mítica edad de oro hasta las postrimerías de la edad oscura, sobreviene el final del ciclo en una época de crisis en la que, en este caso, se produce una gran batalla entre los dioses y las fuerzas de la oscuridad (¿las "hordas de Gog y Magog" de las que hablara Guénon?). Después, todo es renovado, llega "un nuevo cielo y una nueva tierra", y los hombres vuelven a vivir en una especie de estado edénico. En las siete últimas estrofas de la Völuspá se describe este punto de inflexión tras el cataclismo, en el que comienza una nueva edad de oro. La tradición germánica tiene un sabor especialmente guerrero, épico, y aunque sin duda se intuye un profundo simbolismo en los nombres parlantes, en algunos números y en otros elementos que escapan a mi comprensión, es una delicia leer el poema dejándose bañar por la poética luz de sus evocadores versos.

He seleccionado las últimas 26 estrofas, pues parece que es desde la cuadragésima que se empieza a aludir al fin del mundo. A continuación de algunos nombres incluyo una breve traducción o explicación entre corchetes. El texto en sí está tomado del libro Textos Mitológicos de las Eddas, edición de Enrique Bernárdez, Miraguano, 1998.


LA PROFECÍA DE LA VIDENTE (fragmento)

Al este, la anciana estaba, en Járnvid;
y allí alumbró hijos de Fenrir;
de ellos surgirá de todos, uno,
destructor de la luna, en forma de trol.

Bebe la vida de hombres muertos.
Se tiñe el Ásgard con roja sangre;
negro será el sol en el verano,
y el clima, espantoso.
¿Sabéis aún más, o qué?

Sobre una loma tocaba el arpa
el guardián de las brujas, el alegre Eggthér ["guardián de la espada"];
cantaba junto a él en el bosque de aves
un gallo rojo, Fjalar se llama.

Cantaba a los Ases "Cresta de Oro",
despierta a los hijos de Herjafödr;
y otro más canta bajo la tierra:
un gallo granate en las salas de Hel.

Garm ["perro"] aúlla ante Gripahell ["roca aulladora", la entrada al infierno],
romperá los nudos, y correrá el lobo;
sé muchos conjuros, más allá veo aún
el duro destino de los dioses triunfantes.

Lucharán los hermanos, y se habrán de matar,
los primos hermanos cometen incesto,
terrible es el mundo, hay gran adulterio;
días de lanzas y espadas, se raja el escudo,
días de tormenta y lobos, se hunde el mundo,
no habrá hombre ninguno que a otro respete.

Retozan los trols, la muerte se avisa
en el canto del Gjallarhorn:
Heimdall sopla fuerte, el cuerno está alzado,
interroga Odín la testa de Mím.

Tiembla Yggdrasil [el fresno del mundo], mas el fresno está firme,
gime el viejo árbol al soltarse el trol;
sufren todos en las sendas de Hel,
hasta que lo trague el pariente de Surt [el fuego].

¿Qué es de los Ases? ¿Qué es de los Elfos?
Ruge el Jötunheim, los Ases se reúnen;
gimen los gnomos ante las puertas,
los sabios de las simas [los gomos, seres subterráneos].
¿Sabéis aún más, o qué?

Garm aúlla ante Gripahell,
romperá los nudos, y correrá el lobo;
sé muchos conjuros, más allá veo aún
el duro destino de los dioses triunfantes.

Hrym llega del este llevando su escudo,
se encrespa Jörgmungard [la "serpiente del mundo", que rodea la tierra en el mar que la circunda] con furor de trol,
la sierpe azota el mar, el águila gañe,
desgarra los muertos, se suelta Naglfar.

Llega un barco del este, vendrán por el mar
las huestes de Muspell, Loki es el piloto;
llegan los trols con el lobo,
el hermano de Býleist [Loki] marcha el primero.

Surt llega del sur, abrasa las ramas,
fulgura la espada del dios de los muertos:
las montañas chocan, los monstruos se derrocan,
pisan las vías de Hel, y el cielo se raja.

Sufre entonces Hlín [Freyja] otro gran dolor
cuando marcha Odín a luchar con el lobo,
y el radiante asesino de Beli [Beli es un gigante], con Surt.

Garm aúlla ante Gripahell,
romperá los nudos, y correrá el lobo;
sé muchos conjuros, más allá veo aún
el duro destino de los dioses triunfantes.

Ahora llega el noble hijo de Sigfödr [Sigfödr: "padre de la victoria", Odín],
Vídar, a luchar con el carroñero [el lobo Fenrir];
hunde en el hijo de Hvedrung [Loki, padre de Fenrir] hasta las guardas
la hoja en el corazón. venga así a su padre.

Ahora llega el famoso hijo de Hlódyn [es decir, Thor, hijo de la "tormentosa"],
va el hijo de Odín a luchar con la sierpe,
la mata rabioso el guardián de Midgard;
abandonan los hombres todos su hogar;
nueve pasos atrás da el hijo de Fjörgyn [sigue siendo Thor, hijo de la "tierra"]
rehúye a la sierpe sin temer la deshonra.

El sol se oscurece, se hunde la tierra en el mar,
se agitan del cielo las brillantes estrellas;
surge vapor furioso, el fuego se alza,
y llega el calor hasta el mismo cielo.

Garm aúlla ante Gripahell,
romperá los nudos, y correrá el lobo;
sé muchos conjuros, y más allá veo aún
el duro destino de los dioses triunfantes.

Pero ve surgir por segunda vez
la tierra del mar, para siempre verde;
caen cascadas, se remonta el águila
que en las montañas cazará los peces.

Se encuentran los Ases en Ídavellir,
y de la sierpe del mundo poderosa charlan,
recuerdan allí los grandes sucesos,
y las runas antiguas de Fimbultýr [el "dios supremo"].

Allí, después, maravillosos
escaques de oro hallarán en la hierba,
los que en días antiguos tenían las estirpes.

Y sin plantarlos crecerán los campos,
todo mejora, Baldr llegará,
habitarán Hödr y Baldr los hogares de Hropt [Odín],
el santuario divino.
¿Sabéis aún más, o qué?

Ve alzarse una sala más bella que el sol,
tejada con oro, allá en el Gimlé [en la Edda en prosa, se dice que el palacio de Gimlé está en el cielo];
las huestes leales allí habitarán
y para siempre serán felices.

Vendrá entonces el reino en el juicio final,
llegará poderoso quien todo lo rige [según algunos, estos dos versos serían una interpolación cristiana; de todas formas, creo que el sentido de esta alusión al Reino no resulta contradictoria con el resto del poema].

Llegará volando el oscuro dragón,
la sierpe brillante, desde Nídafjöll;
llevará en sus plumas los muertos a Nidhögg.
Allí se hundirá.

Guerra y paz

Muy recomendable el artículo "La paz perpetua, la amenaza continua", de José Javier Esparza (autor de El Final de los Tiempos). A raíz de la declaración de Zapatero en la que dijo que la Constitución Europea significa "la paz perpetua", Esparza hace alusión al origen kantiano de esa idea de "paz perpetua", que desde la sentencia de que la paz es buena y la guerra no, y de que las guerras se deben a los Estados antagónicos y renuentes a la paz, se construye un ideal de paz que pasa por el establecimiento de un orden nuevo y pacífico sobre la base de repúblicas ilustradas. Los grandes totalitarismos (abiertos o velados), las guerras más cruentas de la Historia, han derivado de esa idea moderna, siempre con el sueño de perpetrar la guerra o revolución definitiva que pondrá fin a todas las guerras. Caminando hacia el Estado Mundial. Y como dice Esparza, la única "paz perpetua" es la paz de los cementerios.

Ahora bien, vista la ineficacia de ese ideal, tampoco hay que caer en la suposición de que las guerras son buenas, o de que la paz es algo imposible. Las guerras son muerte, y vienen del poder, que va casi siempre ligado a la corrupción. ¿Hay que resignarse a la realidad de un mundo que, por ser tal, está condenado a la violencia y al sufrimiento?

Según Guénon y otros, la concepción tradicional sobre la guerra es que ésta sólo es admisible cuando su objetivo es restaurar el orden de los principios y la justicia en el plano de lo humano. Esta idea resulta sugerente, pero, al menos para mí, no del todo convincente. ¿Hay guerras justas y guerras injustas? Suponiendo que esa idea tradicional sea aceptable, entonces habría que considerar injusta toda guerra que surja de la sed de poder, del fanatismo o del dinero. Pero ¿hasta qué punto estaría una "guerra justa" libre de intereses mundanos?

Volviendo a la oposición moderna de guerra y paz, quizá el problema resida en que la proposición inicial de Kant es errónea. Quizá el camino de la paz no deba surgir de los Estados, sino de los hombres. Las grandes tradiciones de sabiduría apelan al individuo, a que descubra su naturaleza propia, que es sabiduría y amor, y desde esa conciencia de unidad profunda es imposible que surja violencia. Jesucristo señaló el camino haciendo hincapié en el amor: amar al enemigo corta la cadena del sufrimiento, es un acto más que humano, o verdaderamente humano. El Buda hizo hincapié en la sabiduría, en el despertar: desde la conciencia profunda del vacío pleno, el hombre se sitúa fuera del karma, fuera del mundo. Y así, el mundo es iluminado.

La verdadera paz debe venir de la experiencia de los hombres y mujeres que renuncien a las "cosas de este mundo". Ignoro si la guerra en sí es un problema o si es una condición inevitable de la existencia en este mundo, o si el problema es la concepción moderna de guerra y paz. Pero, si tiene que llegar un "mundo mejor", o un verdadero orden regulado por unos principios reales, el camino es el del individuo despierto y abierto al mundo. Nunca debe tratarse de una falsa paz impuesta desde lo totalitario (mediante armas o mediante ideas), ni de una "paz perpetua" basada en la muerte moral y la existencia drogada por el consumo y la divinización del apego, sino de una paz surgida del corazón; es decir, desde el espíritu, desde la raíz. Tal vez, mejor que de paz, haya que hablar de silencio interior, y desde ahí: amor, entrega, compasión.

Siete condiciones

Siete condiciones Se cuenta que en tiempos de Shakyamuni Buda, el rey de Magadha estuvo condiderando la posibilidad de atacar a la tribu de los Vajji, pero no estaba muy seguro de que eso le fuera a salir bien. Entonces mandó un ministro suyo al Buda, que estaba acampando en el Pico de los Buitres, para averiguar qué pensaba él de los Vajji. El Buda estuvo deliberando con su primo Ananda y llegó a las siguientes conclusiones:

-La tribu de los Vajji se reúne con frecuencia para discutir sus asuntos y participa mucha gente en estos encuentros.
-La tribu de los Vajji se reúne al unísono y actúa al unísono para llevar a cabo sus tareas tribales.
-La tribu de los Vajji no establece leyes sin que haya precedentes ni rompen las leyes existentes, sino que viven según las leyes tradicionales establecidas en el pasado.
-La tribu de los Vajji respeta, reverencia y venera a sus mayores y considera que es valioso su consejo.
-La tribu de los Vajji no coge ni confina niñas o mujeres.
-La tribu de los Vajji respeta, reverencia y venera sus lugares sagrados y no olvida la costumbre de las ofrendas.
-La tribu de los Vajji ofrece protección, defensa y ayuda a los santos, los sabios y los yoguis, esperando que aquellos que aún no se hayan establecido en su territorio vengan a hacerlo en el futuro y que los que ya residen en él continúen haciéndolo en paz y todo el tiempo que deseen.

El Buda dijo: «Mientras observen estas siete condiciones, el pueblo de los Vajji prosperará y no habrá decadencia.» Al oírlo el rey de Magadha de boca de su ministro, desistió de su propósito y no atacó a los Vajji.

(Digha Nikaya 2).

Orígenes de Roma (II)

Entrando en el simbolismo, dejando de lado por el momento la figura de Eneas, hay un aspecto de los orígenes míticos de Roma que me llama sumamente la atención:

Los siete reyes legisladores de Roma (Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio) parecen corresponder en número y función con los siete Rshi de la tradición hindú, seres míticos encargados de conservar y transmitir la Sabiduría y el Conocimiento en cada nuevo ciclo de la humanidad. Quizá sea esto lo que representan los siete reyes con respecto a Roma: transmiten a ésta las ideas tradicionales que permitirán el desarrollo de su civilización. Por ejemplo, Numa (el primer rey tras la muerte del fundador Rómulo), crea el colegio sacerdotal y el primer calendario, y me parece significativo (o por lo menos sugerente) el hecho de que su nombre esté invertido silábicamente con respecto al de Manu, que en la tradición hindú simboliza al Ancestro y Legislador primordial. Considerando que tanto Roma como la cultura india son de ascendencia indoeuropea, ¿es posible que esta relación sea algo más que una azarosa coincidencia?

Actualización: En una nota al pie del libro de René Guénon El Rey del Mundo (ed. Paidós), se dice: «(...) ahora bien, la tradición habla también de siete reyes de Roma y el segundo de estos reyes, Numa, que está considerado como el legislador de la ciudad, lleva un nombre que es el giro silábico exacto del de Manú, y que puede al mismo tiempo estar relacionado con la palabra griega nomos, "ley". Hay por consiguiente razón para pensar que estos siete reyes de Roma no son otra cosa que, desde cierto punto de vista, una representación particular de los siete Manús de una civilización determinada, del mismo modo que los siete sabios de Grecia son por otro lado, en similares condiciones, una representación de los siete Rishis, en la que se sintetiza la sabiduría del ciclo inmediatamente anterior al nuestro.» Guénon relaciona también en este sentido el nombre de Minos (rey de Creta) y el de Menes (faraón de Egipto).

Orígenes de Roma (I)

A raíz de la noticia de la que me he hice eco en el post anterior, me he puesto a buscar datos y visiones sobre el tema de los orígenes de Roma. Como en toda civilización, el origen histórico suele estar entretejido con el legendario. Me interesa esa relación, y lo simbólico que pueda haber en ella.

De entrada, es conveniente un paseo por la historia oficial, con los datos que tenemos. Por ejemplo, en el artículo "Roma: la Monarquía" de la excelente web de arteHistoria, de donde extracto este fragmento:

«Para los griegos el concepto de origen de los pueblos se identificaba generalmente con acontecimientos precisos y personalizados. Imaginaban emigraciones marítimas a Italia de pueblos procedentes de Oriente, como los arcadios, pelasgos, lidios, troyanos, cretenses y de héroes civilizadores como Enotro, Hércules, Minos, Eneas y Ulises, entre otros. Así, la historiografía griega helenística concedió un origen divino y griego a la fundación de Roma, versión que ésta, a su vez, posteriormente asumió. Tales migraciones se situaban generalmente en torno a la época de la guerra de Troya.»

El hecho de que, en el plano de lo mítico, Roma fuera fundada por Rómulo, descendiente del héroe oriental y solar Eneas, perteneciente a las leyendas helenas, me sugiere que en lo simbólico Roma pasa a convertirse en el nuevo "centro del mundo" (de la tradición occidental), que antes había sido la Hélade, asumiendo y renovando la cultura griega.

Francisco Villar dice en su fundamental obra Los indoeuropeos y los orígenes de Europa (Gredos, 1996):

«Sobre la fundación de Roma hay diversos mitos y leyendas, de entre las cuales se puede inferir una cierta información fidedigna. La leyenda literaria, deseosa de entroncar con el mundo helénico, declaraba que el troyano Eneas habría llegado en su huida hasta el Lacio, donde habría fundado la ciudad de Lavinium. Un hijo suyo habría fundado a su vez otra ciudad latina: Alba Longa, que habría sido gobernada durante trescientos años por una dinastía real, uno de cuyos monarcas, Numitor, habría sido el abuelo de Rómulo, que fundaría Roma el año 753 a. de C.»

Es importante el hecho de que Eneas era troyano, y no griego, con lo que el asunto de la transmisión del "espíritu helénico" a Roma a través del héroe no queda nada claro. Es una idea que me ronda la cabeza desde hace tiempo, en relación con la posible presencia micénica en el Lacio, pero es evidente que es un tema difícil y terreno adecuado para todo tipo de elucubraciones alejadas de la realidad. Pero no deja de ser un asunto sugerente, que merecería la pena investigar.

Confusiones dialógicas (III)

Del libro Carne de zen, huesos de zen. Antología de historias antiguas del budismo zen, EDAF, 2000.


Con tal que proponga a sus moradores, y lo gane, un debate sobre cualquier aspecto del budismo, todo monje vagabundo tiene derecho a quedarse en un monasterio zen. Si, por el contrario, sale derrotado, deberá marcharse.

Dos hermanos, ambos monjes, vivían solos en un monasterio en el norte del Japón. El hermano mayor era muy docto, mientras que el pequeño era estúpido y le faltaba un ojo.

Un monje vagabundo llegó cierto día al monasterio en busca de alojamiento. Según la costumbre, desafió a los hermanos a entablar una discusión sobre la sublime enseñanza. El mayor, que se encontraba bastante cansado de tanto estudiar, pidió al más joven que ocupara su puesto. "Ve y arréglatelas para que el diálogo se haga en silencio", le aconsejó, pues conocía su escasa habilidad con las palabras.

El joven monje y el recién llegado se dirigieron al oratorio y tomaron asiento.

Poco después, el forasterio llegaba corriendo hasta el lugar donde se encontraba el hermano mayor. "Puedes sentirte satisfecho", le dijo. "Tu joven hermano es un eminente budista. Me ha derrotado."

"Cuéntame cómo se desarrolló el diálogo", le rogó el hermano mayor.

"Al sentarnos", explixó el viajero, "yo levanté un dedo, representando al Buda, el Iluminado. Él replicó levantando dos dedos, dando a entender que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Tras lo cual yo alcé tres dedos, simbolizando al Buda, sus enseñanzas y sus seguidores, llevando una vida armoniosa. Pero él me lanzó entonces un puño a la cara, indicándome que las tres cosas proceden de una comprensión única. Fue así como ganó, y por lo tanto yo no tengo derecho a quedarme". Dicho esto, reemprendió su camino.

"¿Dónde se ha metido ese tipo?", preguntó el hermano menor, que salía entonces del monasterio.

"Tengo entendido que ganaste el debate."
"No gané nada. Vengo a darle una paliza a ese monje."

"Cuéntame cuál fue el tema de la discusión", dijo el hermano mayor.

"¡El tema!... Pues bien: Nada más sentarnos, ese tipo levantó un dedo, insultándome al insinuar que sólo tengo un ojo. No obstante, puesto que se trataba de un forastero, pensé que era mi obligación portarme cortésmente, así que le mostré dos dedos, felicitándolo por su buena suerte, que le había permitido conservar ambos ojos. Pero entonces, el muy miserable alzó impunemente tres dedos, sugiriendo que entre él y yo no sumábamos más que tres ojos. Esto me sacó de mis casillas y empecé a darle de puñetazos, pero él logró escapar y así acabó todo."

Confusiones dialógicas (III)

Del libro Carne de zen, huesos de zen. Antología de historias antiguas del budismo zen, EDAF, 2000.


Con tal que proponga a sus moradores, y lo gane, un debate sobre cualquier aspecto del budismo, todo monje vagabundo tiene derecho a quedarse en un monasterio zen. Si, por el contrario, sale derrotado, deberá marcharse.

Dos hermanos, ambos monjes, vivían solos en un monasterio en el norte del Japón. El hermano mayor era muy docto, mientras que el pequeño era estúpido y le faltaba un ojo.

Un monje vagabundo llegó cierto día al monasterio en busca de alojamiento. Según la costumbre, desafió a los hermanos a entablar una discusión sobre la sublime enseñanza. El mayor, que se encontraba bastante cansado de tanto estudiar, pidió al más joven que ocupara su puesto. "Ve y arréglatelas para que el diálogo se haga en silencio", le aconsejó, pues conocía su escasa habilidad con las palabras.

El joven monje y el recién llegado se dirigieron al oratorio y tomaron asiento.

Poco después, el forasterio llegaba corriendo hasta el lugar donde se encontraba el hermano mayor. "Puedes sentirte satisfecho", le dijo. "Tu joven hermano es un eminente budista. Me ha derrotado."

"Cuéntame cómo se desarrolló el diálogo", le rogó el hermano mayor.

"Al sentarnos", explixó el viajero, "yo levanté un dedo, representando al Buda, el Iluminado. Él replicó levantando dos dedos, dando a entender que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Tras lo cual yo alcé tres dedos, simbolizando al Buda, sus enseñanzas y sus seguidores, llevando una vida armoniosa. Pero él me lanzó entonces un puño a la cara, indicándome que las tres cosas proceden de una comprensión única. Fue así como ganó, y por lo tanto yo no tengo derecho a quedarme". Dicho esto, reemprendió su camino.

"¿Dónde se ha metido ese tipo?", preguntó el hermano menor, que salía entonces del monasterio.

"Tengo entendido que ganaste el debate."
"No gané nada. Vengo a darle una paliza a ese monje."

"Cuéntame cuál fue el tema de la discusión", dijo el hermano mayor.

"¡El tema!... Pues bien: Nada más sentarnos, ese tipo levantó un dedo, insultándome al insinuar que sólo tengo un ojo. No obstante, puesto que se trataba de un forastero, pensé que era mi obligación portarme cortésmente, así que le mostré dos dedos, felicitándolo por su buena suerte, que le había permitido conservar ambos ojos. Pero entonces, el muy miserable alzó impunemente tres dedos, sugiriendo que entre él y yo no sumábamos más que tres ojos. Esto me sacó de mis casillas y empecé a darle de puñetazos, pero él logró escapar y así acabó todo."

Confusiones dialógicas (II)

Disputa de los griegos y los romanos.
Del Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita:


Ansí fue que romanos las leyes non avién,
fuéronlas demandar a griegos que las tenién;
respondieron los griegos que las non meresçién
nin las podrién entender, pues que tan poco sabién.

Pero que si las querién para por ellas usar,
que ante les convenié con sus sabios disputar
por ver si las entendién e mersçían levar:
esta respuesta fermosa davan por se escusar.

Respondieron romanos que les plazía de grado:
para la disputaçión pusieron pleito firmado;
mas, porque non entendrién el lenguaje non usado,
que disputasen por señas, por señales de letrado.

Pusieron día sabido todos por contender;
fueron romanos en coita, non sabién qué se fazer
porque non eran letrados nin podrían entender
a los griegos dotores ni a su mucho saber.

Estando en su coita, dixo un çibdadano
que tomasen un ribald, un vellaco romano;
segund Dios les desmostrase fazer señas con la mano
que tales las feziese: fueles consejo sano.

Fueron a un vellaco muy grand e muy ardid;
dixiéronle: "Nós avemos con griegos nuestro conbid
para disputar por señar; lo que tú quisieres pid
e nós dártelo hemos; escúsanos d'esta lid."

Vistiéronlo muy bien paños de grand valía
como si fuese dotor en la filosofía;
subió en alta cathreda, dixo con bavoquía:
"D'oy mais vengan los griegos con toda su porfía."

Vino aý un griego, dotor muy esmerado,
escogido de griegos, entre todos loado;
sobió en otra cathreda, todo el pueblo juntado,
e començó sus señas como era tratado.

Levantóse el griego, sosegado, de vagar,
e mostró solo un dedo que está çerca el pulgar,
luego se assentó en ese mismo lugar;
levantóse el ribald, bravo, de malpagar.

Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos:
el pulgar con otros dos que con él son contenidos,
en manera de arpón los otros dos encogidos;
assentóse el neçio, catando sus vestidos.

Levantóse el griego, tendió la palma llana
e assentóse luego con su memoria sana;
levantóse el vellaco con fantasía vana,
mostró puño cerrado: de porfía avié gana.

A todos los de Greçia dixo el sabio griego:
"Meresçen los romanos las leys, non gelas niego."
Levantáronse todos con paz e con sosiego;
grand onra ovo Roma por un vil andariego.

Preguntaron al griego qué fue lo que dixiera
por señas al romano e qué le respondiera.
Diz: "Yo dixe que es un Dios; el romano dixo que era
uno en tres personas, e tal señal fiziera,

Yo dixe que era todo a la su voluntad;
respondió que en su poder tenié el mundo, e diz verdad.
Desque vi que entendién e creién la Trinidad,
entendí que meresçién de leyes çertenidad."

Preguntaron al vellaco quál fuera su antojo;
diz: "Díxom' que con su dedo que m' quebrantaría el
ojo; d'esto ove grand pesar e tomé grand enojo,
e respondíl' con saña, con ira e con cordojo

que yo le quebrantaría ante todas las gentes
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes;
díxom' luego após esto que le parase mientes;
que m' daría grand palmada en los oídos retinentes.

Yo'l respondí que l' daría a él una tal puñada
que en tienpo de su vida nunca la vies vengada;
desque vio que la pelea tenié mal aparejada,
dexóse de amenazar do non gelo preçian nada."

Lo supraconsciente y lo subconsciente

Del discurso del Fráter León, en la magnífica novela de ciencia-ficción El final de los tiempos. El Dolor, de José Javier Esparza, donde se muestra un mundo futuro deshumanizado y embargado por el Dolor:


Atendedme a esta verdad: en la diferencia entre lo subconsciente y lo supraconsciente se halla la base de toda disputa religiosa. Pues todo fenómeno que escapa a las categorías racionales de la consciencia puede, en efecto, ser concebido de dos maneras: o como fruto de un estrato inferior e incontrolado de nuestra propia conciencia, sólo accesible al terapeuta o a las drogas del chamán, o como producto de una conciencia superior a nosotros e instalada en las cosas del mundo, conciencia sólo accesible al poeta y al hombre de fe. ¿Cuál es el riesgo del principio subconsciente? Que el hombre mire sólo a sí mismo. ¿Cuál es el riesgo del principio supraconsciente? Que el hombre mire sólo fuera de sí. De ahí la milagrosa alquimia interior de aquellos místicos que consiguieron reconducir lo subconsciente y lo supraconsciente a un mismo plano, mediante la fusión total de los componentes macrocósmicos y microcósmicos del Universo, que son los mismos que configuran la esencia del hombre. Durante siglos se pensó, erróneamente, que todo cuanto escapara a lo consciente había de ser necesariamente subconsciente, pues el hombre no soportaba la existencia de algo superior a él. Mas ello no ha conducido sino a guerras y a muertes. Por el contrario, la existencia de lo supraconsciente es una garantía de paz, pues en este plano no son los hombres quienes se enfrentan, sino los dioses, y las fuerzas que cada uno de éstos representa, dirige o encarna. De ahí que, para el hombre de lo supraconsciente, la tragedia y la contradicción del mundo no sean sinónimo de Dolor, pues él sabe que, en el plano de lo más general, tales fuerzas contradictorias responden a una misma esencia. Y en esta fuente bebe el viejo aforismo según el cual, cuando los dioses hacen la guerra, los hombres están tranquilos.

Sobre esta caverna, santuario

Sobre esta caverna, santuario Dice Jean Hani:

Se entrevé así el sentido profundo del icono de la Natividad. El Niño-Dios en la caverna cósmica, representando el mundo terrestre, el eje luminoso del rayo estelar descendiendo a lo largo de la montaña para horadar las paredes de la caverna e iluminarla, son una poderosa síntesis del misterio de la Encarnación. Es el descenso del Verbo Divino en "las partes inferiores de la tierra", como dice el Apóstol, hasta el centro oscuro de la Naturaleza, a fin de iluminarla, pues "Él debe llenarlo todo", conforme a la palabra de la Escritura: Lux in tenebris lucet, "La Luz (del Verbo) brilla en las tinieblas" (San Juan, I, 5). El Verbo retoma la Creación toda entera, penetrándola, involucrándose Él mismo en lo más profundo de la materia, y en la encarnación de todo hombre que, él también, "cae" en la materia y el cuerpo, a fin de que en lo más profundo de todas las cosas y de todos los seres brille de nuevo la Luz del Verbo, que es también la vida (San Juan, I, 4). "La caverna, -canta una oda litúrgica bizantina para la fiesta de Navidad-, se ha convertido en un cielo".

El simbolismo del Belén



Esta fotografía la tomé hace unos días en el Belén de Monzón. El montaje, diferente cada año, es uno de los más grandes de España, con reconstrucciones impresionantes de paisajes, ciudades, castillos e iglesias de la zona, y por supuesto el tema central, que es el Nacimiento, las anunciaciones, los Reyes Magos, etc. Su belleza lo ha convertido ya en visita tradicional navideña para miles de personas.

La diversidad de los belenes y el amor que muchos artesanos y aficionados ponen en esta actividad me parecen encomiables. Es un arte y una tradición que afortunadamente están más vivos que nunca, pese a los integrismos laicistas y las mojigaterías modernas de algunos. Es increíble hasta qué extremos de estupidez se puede llegar en nombre de la modernidad, hasta qué punto se puede ser un meapilas en estos tiempos de multiculturalidad mal entendida y desprecio por la propia cultura. Se busca "no ofender" a los que vienen de fuera por sus creencias religiosas, y sin embargo se excluye a nuestra propia cultura, se ofende a la cultura mayoritaria en este país y en este continente. Pero así funciona esta falsa multiculturalidad: hay que ser "tolerante" con lo de los demás, pero no con lo nuestro. Como decía Mujerárbol en un post de hace unos días, hoy se lleva el "gilipollismo ilustrado". Y es que ahora resulta que según los laicistas, para no ofender sensibilidades, ya no hay que montar belenes, sino "paisajes de invierno", con musguito, riachuelillos, vamos lo típico, pero sin nacimiento. Y es que claaaro, eso de que aparezca un paaadre, una maaadre y un niiiño (osea, una familia), debe de ser al parecer algo muy "excluyente" para los pobres gays discriminados (y para los pobres y discriminados polígamos musulmanes, supongo). ¡Un poco de sentido común, por favor!

Muy lúcidas y necesarias en medio de toda esta locura me parecen las reflexiones sensatas desde lo religioso y también desde lo laico.

Después de esta "declaración de principios", pasemos al tema principal de este post: el simbolismo del Belén. Y es que, sí, amigos laicistas, el Belén tiene un sentido simbólico muy profundo y antiguo, aunque qué digo, ¿acaso pretendo que esta gente otorgue valor alguno a lo tradicional, cuando precisamente persiguen su abolición? Y luego se llaman progresistas y defensores de la cultura...

Bien, he elegido un texto claro y conciso que resume el simbolismo del pesebre, un tema que ha dado lugar a múltiples representaciones artísticas a lo largo y ancho del mundo y la Historia. El autor es el Padre Henri Stéphane, un sacerdote católico francés, profundamente estudioso y conocedor de la metafísica, la mística y el simbolismo cristianos. Incomprendido por todos, fue acusado de «modernista» antes del Concilio Vaticano II a causa de su interés por el simbolismo, por la metafísica y por las doctrinas orientales, y marginado por ello. Después del Concilio se le acusó de «integrista» dada su fidelidad a la liturgia latina y a la espiritualidad tradicional y también fue marginado por ello. Sus estudios y enseñanzas se encuentran contenidas en unos tratados y sermones, uno de los cuales es el que a continuación incluyo. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.


EL SIMBOLISMO DEL BELÉN

Abbé Hénri Stéphane


El misterio de la Natividad comporta un doble aspecto: el nacimiento del Verbo en el mundo (punto de vista macrocósmico) y el nacimiento del Verbo en el alma (punto de vista microcósmico). Quizás es difícil representar estos dos puntos de vista a la vez, y algunas figuraciones se referirán más bien a un aspecto que al otro. Pero en los dos aspectos, el Niño Jesús debe ocupar una situación central; debe ser lo más pequeño posible para figurar «el Reino de los Cielos semejante a un grano de mostaza» (Mat, XIII, 3l-32). La Virgen debe ocupar igualmente una situación central, pero en un plano de fondo; ella no debe ocupar en ningún caso una posición simétrica a la de San José, que no es el verdadero padre del Niño Jesús; contrariamente a la mayoría de las figuraciones vulgares, ella no debe tener una actitud de plegaria o de adoración semejante a la de los otros personajes. Debe estar en la función de Virgo genitrix, lo que supone que está situada, como ya lo hemos dicho, detrás de Cristo, pero en la misma situación «axial», lo que significa que es a la vez «Madre de Dios» y «Esposa del Espíritu Santo». Su actitud debe ser jerárquica, perfectamente impasible, lo cual simboliza su virginidad, su inmaculada concepción, su perfecta sumisión o «pasividad» con respecto al Espíritu Santo.

Todo lo que precede se aplica igualmente al punto de vista «microcósmico», es decir, al nacimiento del Verbo en el alma. La Virgen representa entonces al alma en estado de gracia. Desde un punto de vista pasivo, el alma debe identificarse a la Virgen realizando las perfecciones mariales, para que el Verbo pueda encarnarse como en el seno virginal de María, esposa del Espíritu Santo; desde un punto de vista activo, el alma se identifica a la Virgen Madre. El primer aspecto se refiere a la Comunión del alma recibiendo al Cristo, el segundo a la Invocación del Nombre de Jesús: el alma profiere el Verbo como la Virgen da a luz a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, generador supremo. Es aquí donde interviene San José, así como el asno y el buey. San José simboliza la presencia invisible del Maestro espiritual en la invocación, siendo éste el Espíritu Santo; el buey representa al «guardián del santuario», es decir, el espíritu de sumisión, de fidelidad, de perseverancia y el esfuerzo de concentración; el asno, animal «profano», es el testigo «satánico» en la invocación, representando el espíritu de insumisión y de disipación.

Pero esto es también susceptible de una aplicación en el orden «macrocósmico», en el que el buey y el asno representan respectivamente el mundo celestial y el mundo infernal. Puede uno entonces preguntarse por qué este último es admitido en el nacimiento del Verbo, tanto en el mundo como en el alma; la explicación se encuentra claramente indicada en la Epístola a los Filipenses (II,10) donde San Pablo declara: «... a fin de que en el Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra, en los infiernos...», texto que se refiere tanto al nacimiento de Cristo en el mundo como a la invocación del Nombre de Jesús.

Por todos estos motivos, San José debe figurar al lado de la Virgen, pero no en el eje indicado precedentemente, y, puesto que es el símbolo del Maestro Invisible, debe estar en una actitud puramente pasiva de manera que no obstaculice la acción del Espíritu. El buey y el asno deben colocarse a la derecha y a la izquierda (lado siniestro) del Niño Jesús.

Nos queda hablar de los Reyes magos y de los pastores. Los Tres Reyes magos representan el poder sacerdotal y real. El primer rey representa el poder real; él ofrece a Cristo oro y le saluda como «Rey»; el segundo rey representa el poder sacerdotal; le ofrece incienso y saluda a Cristo como «Sacerdote»; por último, el tercero representa la síntesis de los dos poderes en el estado indiferenciado; le ofrece mirra (el bálsamo de incorruptibilidad) y saluda a Cristo como «Profeta» o Maestro espiritual por excelencia.

La función de los Reyes magos tiene por tanto un carácter aristocrático que los distingue de la «plebe», representada por los pastores. Se deben colocar frente al Niño Jesús, mientras que los pastores pueden ser dispuestos en semicírculo alrededor de los Reyes magos.

Finalmente, el nacimiento del Verbo o el «renacimiento espiritual» del alma debe realizarse durante la «noche»; es por eso que tiene lugar en la «gruta» a medianoche y en el solsticio de invierno, fecha de la Navidad. La gruta no es de ningún modo una pobre chabola con un techo de paja. Su simbolismo se refiere al de la Caverna o al del Domo (situado, en nuestras iglesias, encima del santuario donde se cumple el misterio eucarístico). La Caverna debe tener una forma hemisférica (propiamente un cuarto de esfera); el interior debe ser sombrío, iluminado solamente por la Estrella, símbolo de la Luz divina, pudiéndose colocar ésta encima de la Caverna. Por último, el pesebre donde reposa el Niño Jesús puede tener una forma hemisférica, complementaria a la de la Caverna, simbolizando las dos mitades del «Huevo del Mundo».*


(*) Sobre los diversos símbolos evocados aquí, ver los capítulos de R. Guénon recogidos en Simbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, en particular: capítulo XXX, El Corazón de la Caverna; capítulo XXXII, El Corazón y el Huevo del Mundo; capítulo XXXIII, La Caverna y el Huevo del Mundo; capítulo. XXXIX, El Simbolismo del domo.



Tratado 11.4 del tomo II del libro de Abbé Hénri Stéphane Introduction à l'ésotérisme chrétien, Paris, Dervy-Livres, 1983.