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Don Botellón

Los niños no saben vivir, por eso salen a beber.

Los niños borrachos son huérfanos. Sus papás no saben cómo educarlos. Su madrastra, la Sociedad, sonríe complacida; sus retoños hacen lo que se les manda: beber y vomitar la basura de la que se sustenta, y vuelta a beber, y a vomitar. Y a tiritar en esta noche oscura. Su padrastro, el Estado, se lleva dramáticamente las manos a la cabeza; sin embargo, su colaboración y permisividad con el nihilismo-hedonismo que naturalmente sustenta al capitalismo-consumismo le hace cómplice, si no artífice.

Asco.

Estado y Sociedad, ahora, pasarán a representar el papel que toca en la obra: la lucha contra el Mal. Hoy, el Mal se llama don Botellón. ¡Ja! Qué malo es don Botellón.

Etiquetando humanos

Etiquetando humanos

Si ya es negativo y antinatural etiquetar una obra artística, hacerla entrar en tal o cual estilo o subgénero (que en realidad no es más que una palabreja), cuánto más lo es etiquetar a las personas. Como plantear la cuestión de si eres heterosexual u homosexual como una pregunta crucial en tu vida que definirá lo que eres. Estas palabrejas, como en el caso de los estilos o subgéneros artísticos, no aluden a nada real; son invenciones, fantasmagorías, categorías creadas por la parte racional de nuestra mente, el portero, a quien le gusta tener bien contadas y agrupaditas a las ovejas. Son identidades impuestas por la patológica necesidad humana -acentuada en nuestros tiempos- de adquirir seguridades y tocar tierra para no tener que enfrentarnos al límite de lo conocido, al abismo, es decir, a la inseguridad de la vida real, a la temida libertad.

La naturaleza, el espíritu, el amor, no entienden de etiquetas.

Vale, entonces tanto la heterosexualidad como la homosexualidad son ideas, conceptos que no hacen sino coartar la verdadera sexualidad, libre en sí misma como infinitamente libre es el amor en sí. Entonces, ¿qué pasa? ¿Que en realidad todos somos bisexuales pero tiramos por un camino u otro? ¡Tampoco es eso! Esa es otra etiqueta. Está claro que cada uno tiene sus gustos, sus inclinaciones sexuales. Es natural, es así y ahí está. Cuáles son las causas en cada caso no me interesa. El problema viene cuando se llega a una dinámica en la que a muchos jóvenes confusos se les pone delante dos pastillas: la hetero y la gay; ha de tragar una de ellas, y su "elección" conllevará una serie de consecuencias de todo tipo que tienen que ver con su comportamiento y su "modo de vida", diseñado a imagen de la "cultura" correspondiente. El que asume que es gay y se adapta a los dictados, modas e identidad de la cultura gay, está matando en cierto modo su propia identidad, se está adaptando a un molde, negándose la libertad de ser como realmente es; es decir, como le plazca a él y sólo a él. Simplemente, ¡que viva! Algo parecido ocurre con el caso contrario, el que se dice a sí mismo: "soy heterosexual", lo que no es más que una negación de la opción contraria. La obsesión por las identidades y las diferenciaciones lleva a la deshumanización, al enfrentamiento y a la estrechez de miras.

Es lo mismo con cualquier asunto. Se trata de la alienación, que se adapta a todas las circunstancias y tiene montones de disfraces que va copiando de las propuestas que en un principio aparentan ser rompedoras de prejuicios y liberadoras. Aceptar el hecho (dictado por la sociedad) de que soy tal o cual cosa, va contra mi verdadera naturaleza, niega lo que soy en el fondo, porque lo que soy de verdad no conoce límites. Me convierte en una caricatura de ser humano. Somos infinitamente más ricos y libres que cualquier molde, identidad o ego que nos podamos imaginar. ¡El amor es infinito y es precisamente lo que nos hace libres! Que cada uno ame a quien quiera de forma sana y no se preocupe tanto de a qué bando pertenece. ¡Y ya está! (O, como dicen los japoneses, YA-TA!!). :-)

Como ha dicho una amiga mía sobre este asunto, ¿qué queremos ser? ¿Seres humanos o caricaturas? ¿Caricaturas de mujer, de hombre, de homosexual? ¿O bien mujeres, hombres, homosexuales de verdad?

El silencio de los pastores

Hacía mucho que no enlazaba un artículo de José Javier Esparza. Ahí queda éste, a tono con la Navidad... y el Solsticio.

El silencio de los pastores (postal de Navidad).

Siempre que llegan estas fechas oímos en medios católicos un lamento generalizado: la Navidad se paganiza. Ojalá fuera eso.

Me explico: lo pagano, después de todo, no deja de ser una religión o, mejor dicho, muchas religiones. Y precisamente la Navidad (lo que hoy llamamos así) era una de sus fiestas más sagradas. Por el contrario, lo que tenemos ahora enfrente no es cristiano ni pagano, sino una simple apoteosis del materialismo más aplastante. Quienes pretenden desterrar la religión –así de los planes de enseñanza como de la Navidad- no son sofisticados patricios que filosofan sobre el origen mientras sacrifican bueyes, ni joviales bárbaros que fornican en las fuentes a la salud de los genios del bosque. Quienes pretenden arrancar de nuestras sociedades lo espiritual, bajo todas sus formas, son los traficantes del materialismo primario, esa idolatría donde el dinero es un fin en sí –y el consumo, su liturgia. El enemigo de la Navidad no es el paganismo (que, por otra parte, ya no hay): es el despotismo de la economía. No conviene equivocarse de enemigo. (Más.)

Crisis

crisis: Mutación considerable que acaece en una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo.

La historia de cada persona está jalonada por determinados tiempos de crisis que, de una forma u otra, han resultado decisivos en el devenir de su existencia. Aceptando la definición del diccionario como válida, consideremos la vida de un individuo como el proceso de un enfermo que, consciente o inconscientemente, lucha por sanar. En ese supuesto, si una persona media, sin especiales problemas serios que agraven su enfermedad natural, tiene, digamos, un "enfriamiento psíquico", los diferentes tiempos de crisis que le asaltan a lo largo de los años son en cierta forma provocados desde su interior para que lo que tiene que sanar sane. Sin crisis no hay sanación.

Sin crisis no hay crecimiento. Por eso, si te da la impresión de que gozas de un envidiable estado de orden y estabilidad en tu vida, échate a temblar, pues sin duda hay sombras agazapadas tras esa fachada de paz. Y saldrán. Si no salieran, no te darías cuenta de que hay algo que anda mal en tu vida. Para que una enfermedad sane, hace falta una crisis. Hay ciertas ocasiones en que la crisis que surge es demoledora, le deja a uno por lo suelos, sin esperanza. Justo esas, las más fuertes, son también las más beneficiosas. Cuanta más fuerza tienen, mayor es el acicate para moverse, para reaccionar.

Las crisis nos ayudan a crecer. La vida te pone delante un problema y, de pronto, toda esa fachada de orden y estabilidad se derrumba. ¡Pues sí que tenía problemas, pero no me había dado cuenta! Toda crisis es una oportunidad para despertar un poco más. Es como si la vida nos dijera: No te acomodes. Sal de ese caparazón. Ábrete, aprende a vivir sin miedo, con confianza.

Ante la crisis, lo mejor que puede hacer uno es aceptar. Aceptar esas sombras que había ocultado en el pasado, aceptar que tiene miedo a vivir. Y, a continuación, reaccionar. Bienvenidas sean las crisis. Porque le hacen a uno reflexionar y preguntarse: ¿cuál es mi problema con la vida? ¿Por qué tengo miedo a vivir, si vivir es justo lo que estoy haciendo desde que nací?

Diálogo entre civilizaciones

Como la matriz de una civilización suele ser la religión, dudo que se pueda hablar seriamente de diálogo entre civilizaciones (y, mucho menos, de alianza de civilizaciones) si no se empieza por un diálogo entre religiones.

El drama de la Europa laicista es que pretende dialogar con otras civilzaciones, todas ellas de origen religioso, presentándose a sí misma como la pura irreligiosidad y haciendo burla pública del cristianismo.


(Comentario a una entrada del blog Mar Adentro, vía Hispalibertas, a raíz de esta noticia.)

Efectivamente, las bases de una civilización siempre han sido religiosas. (Si nos ponemos en plan guénoniano, diríamos "tradicionales"). El verdadero diálogo que puede haber entre civilizaciones tiene que ocurrir en el plano de los principios comunes a toda tradición, es decir, en el ámbito de la metafísica o de la espiritualidad profunda, que se esconde tras el simbolismo religioso; dicho de otra forma, en el terreno más esencial y fiel al origen que subyace, más o menos oculto por capas de polvo, poder y malentendidos, tras las apariencias exteriores propias de cada tradición.

Zapatero y los demás occidentales que pretenden entablar un diálogo e incluso una "alianza" entre civilizaciones, pretenden pasar por alto esos principios y basar los esfuerzos en unos elementos laicos nacidos en el contexto occidental. Ese proyecto, pues, no es más que otra forma de occidentalizar (yo dialogo contigo, pero que conste que soy superior a ti...). A los occidentales les encanta tratarlo todo bajo sus propios puntos de vista. Es posible, por otra parte, que sí se puedan encontrar puntos de contacto de esta forma, ya que hay cosas, como los "derechos humanos", que, sin entrar a discutir su planteamiento, claman al cielo se mire por donde se mire.

"Claman al cielo", he dicho. Qué curioso...

Vocaciones

"Cada vez hay menos vocaciones". Es algo que se dice mucho últimamente al constatar que el número de personas que deciden consagrar su vida a una orden religiosa desciende a pasos agigantados.

¿Es correcta esa sentencia? Al oírla, me sugiere algo así como si Dios alentara menos a los seres humanos a dedicarse a la vida espiritual. Realmente habría que decir, pienso, que el terreno de la vocación está cambiando. No es cierto que el anhelo de una profundización en la interioridad del ser humano esté descendiendo, sino más bien sucede todo lo contrario. Debido a la deshumanización progresiva de esta sociedad que aumenta el vacío existencial de los seres humanos, cada vez hay más personas que sienten que algo les falta, y que, interesadas en vivir una vida más plena, se acercan seriamente a vías contemplativas surgidas dentro del cristianismo (ejercicios espirituales, oración de Jesús...) o fuera de él (zen, yoga, etc.). Si entendemos, pues, vocación como la "inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de la religión" (así reza el diccionario), y lo traducimos a un lenguaje más general diciendo que es la inquietud que desde el fondo del ser humano llama a éste a buscarse a sí mismo entrando en un camino o una disciplina espiritual, lo cierto es que las vocaciones crecen a un ritmo cada vez mayor.

¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué los conventos y monasterios corren el peligro de quedarse vacíos en un plazo de cincuenta años? ¿Por qué cada vez es menor la afluencia de futuros sacerdotes a los seminarios? Todo parece indicar que el ámbito donde el ser humano busca la profundidad está cambiando. Esto ocurre desde hace mucho tiempo, pero es ahora cuando salta a la vista al aparecer en las noticias con cada vez mayor frecuencia un nuevo convento que cierra sus puertas. Se da la circunstancia de que muchos de los conventos que van viendo disminuir el número de sus integrantes, abren sus puertas a grupos de oración y de meditación. Grupos de personas que viven sus vidas en el mundo, pero que, debido a esa inquietud profunda que les lleva a buscar el sentido de la vida, andan un camino en su vida diaria y se reúnen para hacer retiros intensivos aprovechando sus vacaciones.

¿Por dónde irá el terreno de las "vocaciones" en el futuro? ¿Se compaginará bien la vida en el mundo con la experiencia espiritual? ¿Volverán a surgir monasterios en un nuevo contexto? Supongo que todo dependerá de las circunstancias de este mundo cambiante cuyo rumbo está envuelto en la oscuridad de un futuro no desvelado; y, ante todo, dependerá de lo que tenga planeado el Espíritu, que sopla donde quiere.

De lo que no me cabe duda es de que, sea cual sea el proyecto del Espíritu, será para bien, y que en cualquier circunstancia, el compromiso "vocacional" de los hombres y mujeres que viven una vida espiritual transformándose y andando el camino de la vida en este mundo con más luz, redunda y redundará en beneficio de todos. Creo que, hoy más que nunca, "el Espíritu gime con dolores de parto". Este mundo necesita urgentemente luz, aportada desde lo más íntimo del ser humano. Es la única manera de evitar la catástrofe. Y catástrofes hay de muchos tipos. La muerte del hombre no sólo puede venir por una guerra o un cataclismo natural, sino por el simple olvido de lo que somos en el fondo. Sólo desde la conciencia iluminada de un hombre construido por el Espíritu a través de la contemplación surge la respuesta adecuada a una situación de crisis. Por eso, hoy más que nunca, es necesario volver la mirada hacia dentro y constatar la naturaleza propia. O nos olvidaremos de la vida definitivamente para caer en una muerte que ya tiende su negro manto sobre el mundo.

Merece la pena creer en el ser humano, en una vida real y en un mundo con sentido. Y luchar por ello.

La verdad sí importa

"Se haya llegado o no a alcanzar el umbral de la fe, lo que no puede aceptarse es la pretensión de querer reducir el matrimonio y la familia a un mero 'producto cultural' susceptible de ser vivido y regulado como se le antoje a cada uno o a las corrientes y poderes más influyentes de la sociedad, prescindiendo e, incluso, yendo en contra de lo que está marcado por la estructura fundamental del ser humano".

"Si es la misma autoridad pública, el Estado, el que se dispone a establecer en el ordenamiento jurídico una fórmula que niega la esencia misma del matrimonio, el daño que se causaría al bien de la verdadera familia, a los hijos y a toda la sociedad sería incalculable".

"La familia sí importa. Importa tanto que de su estabilidad y prosperidad depende decisivamente el bien y la salvación de la persona y de toda la sociedad", asegura el cardenal arzobispo. Asimismo, explicó que "nuestros padres nos han dado la vida en un sentido que va mucho más allá de lo puramente biológico." (El cardenal Rouco Varela).

Esas últimas siete palabras en negrita contienen un tesoro. ¡Ah!, si ese tesoro fuera comprendido, tan sólo vislumbrado por los que arremeten contra la familia en pos de nuevos votos para afianzar el poder... ¿Y si fuera explicado el sentido profundo, fundamental para la humanidad, espiritual más que afectivo, que hay en ese sacerdocio que es el darse él a ella y ella a él (y no solamente una "persona" a otra "persona") y engendrar al niño nacido del amor? En fin, quizá ya sea bastante que se intente defender la verdad en un plano social, como para entrar en el plano metafísico. ¿Servirá de algo manifestarse? No lo sé, pero decir la verdad nunca ha sido negativo. La verdad es una semilla que, aun sumergida en las tinieblas del relativismo, acaba triunfando en un nuevo amanecer.

Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (2)

Respecto a las elecciones llenas de coacción que son retratadas en las primeras páginas de La Emboscadura de Ernst Jünger como condición opresiva del mundo actual, dice el autor:

«No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al "no".»

Me parece que esto se puede trasladar al tema de la "cultura" y el "arte" que el poder dispensa a los ciudadanos para mantenerlos en la ilusión de que vivimos en la perfecta polis. No creo tampoco que los poderosos sean conscientes de esta comida de plástico que están dando a sus ovejas, porque ellos son personas normalmente de lo más mediocre, y son manejadas por la Gran Ilusión lo mismo que los ciudadanos que se tragan la pastilla sin rechistar.

A lo que iba: ¿quién no ama la cultura y el arte?, se podría decir, como comenta Jünger respecto a las nociones manipuladas de "paz" y "libertad" que se nos venden. Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal (o por lo menos marginal) a criticar el "muro de las palabras", los incomprensibles y "artísticos" vendajes que sufren los árboles de la zona, y el carácter de supermercado de productos para el consumidor que se esconde tras el circo de la cultura o el modo de presentarse de la Feria del Libro.

Es por eso que, para muchas mentes superficiales y domadas por la televisión, iniciativas como la demolición simbólica del Cubo de Moneo son, simplemente, "fachas".

Explica Giovanni Sartori que si cien personas con conocimientos dicen que tres por tres es igual a nueve, y cien mil personas sin conocimientos aseguran que el resultado es siete, aceptar esto último en nombre de la democracia no es progreso; es tan sólo difundir un error matemático. Y tiene razón, aunque no comparto la excesiva reducción del asunto a términos racionales, pero da una imagen muy sencilla y muy certera de lo que está ocurriendo. El "progreso" sin duda sigue adelante gracias a una tal democratización que amenaza con relativizar incluso los principios más básicos de respeto a la dignidad humana, como tan bien expica hoy Oriana Fallaci en su artículo en contra de la investigación con embriones humanos (publicado hoy en El Mundo en su edición impresa). Por cierto que a Fallaci hay que leerla con tiento, porque no todo lo que defiende es a mi juicio correcto y a veces dice cosas muy fuertes, pero también dice con valentía grandes verdades como puños cuando defiende los principios fundamentales que hoy corren el peligro de ser barridos por el relativismo y el materialismo.

Como decía, el "progreso" sigue adelante, generando la ilusión de que los ciudadanos somos cada vez más libres, más dueños de nosotros mismos, estamos más "liberados" y vivimos en un espacio cada vez más "global", "abierto" y a nuestro servicio. Cuando la realidad es que el hombre está cada vez más esclavizado a sí mismo (a su ego) y más cerrado a la posibilidad de superar su propia individualidad y ser lo que es realmente, posibilidad que es precisamente su verdadero destino. ¿No merece la pena preguntarnos hacia dónde va ese "progreso"?

No obstante, es preciso ir más allá del "sí" o el "no" y, en lenguaje de Jünger, emboscarse. Es preciso refugiarse en el santuario de soledad y silencio donde simplemente somos y recuperar la verdadera libertad para poder luchar por ella con sentido y sin la vista nublada por este mundo más ilusorio que nunca, esta "nave" que se precipita hacia la aniquilación a una velocidad creciente. Y es precisamente en el borde del abismo donde crece la esperanza de salvación.

Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (2)

Respecto a las elecciones llenas de coacción que son retratadas en las primeras páginas de La Emboscadura de Ernst Jünger como condición opresiva del mundo actual, dice el autor:

«No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al "no".»

Me parece que esto se puede trasladar al tema de la "cultura" y el "arte" que el poder dispensa a los ciudadanos para mantenerlos en la ilusión de que vivimos en la perfecta polis. No creo tampoco que los poderosos sean conscientes de esta comida de plástico que están dando a sus ovejas, porque ellos son personas normalmente de lo más mediocre, y son manejadas por la Gran Ilusión lo mismo que los ciudadanos que se tragan la pastilla sin rechistar.

A lo que iba: ¿quién no ama la cultura y el arte?, se podría decir, como comenta Jünger respecto a las nociones manipuladas de "paz" y "libertad" que se nos venden. Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal (o por lo menos marginal) a criticar el "muro de las palabras", los incomprensibles y "artísticos" vendajes que sufren los árboles de la zona, y el carácter de supermercado de productos para el consumidor que se esconde tras el circo de la cultura o el modo de presentarse de la Feria del Libro.

Es por eso que, para muchas mentes superficiales y domadas por la televisión, iniciativas como la demolición simbólica del Cubo de Moneo son, simplemente, "fachas".

Explica Giovanni Sartori que si cien personas con conocimientos dicen que tres por tres es igual a nueve, y cien mil personas sin conocimientos aseguran que el resultado es siete, aceptar esto último en nombre de la democracia no es progreso; es tan sólo difundir un error matemático. Y tiene razón, aunque no comparto la excesiva reducción del asunto a términos racionales, pero da una imagen muy sencilla y muy certera de lo que está ocurriendo. El "progreso" sin duda sigue adelante gracias a una tal democratización que amenaza con relativizar incluso los principios más básicos de respeto a la dignidad humana, como tan bien expica hoy Oriana Fallaci en su artículo en contra de la investigación con embriones humanos (publicado hoy en El Mundo en su edición impresa). Por cierto que a Fallaci hay que leerla con tiento, porque no todo lo que defiende es a mi juicio correcto y a veces dice cosas muy fuertes, pero también dice con valentía grandes verdades como puños cuando defiende los principios fundamentales que hoy corren el peligro de ser barridos por el relativismo y el materialismo.

Como decía, el "progreso" sigue adelante, generando la ilusión de que los ciudadanos somos cada vez más libres, más dueños de nosotros mismos, estamos más "liberados" y vivimos en un espacio cada vez más "global", "abierto" y a nuestro servicio. Cuando la realidad es que el hombre está cada vez más esclavizado a sí mismo (a su ego) y más cerrado a la posibilidad de superar su propia individualidad y ser lo que es realmente, posibilidad que es precisamente su verdadero destino. ¿No merece la pena preguntarnos hacia dónde va ese "progreso"?

No obstante, es preciso ir más allá del "sí" o el "no" y, en lenguaje de Jünger, emboscarse. Es preciso refugiarse en el santuario de soledad y silencio donde simplemente somos y recuperar la verdadera libertad para poder luchar por ella con sentido y sin la vista nublada por este mundo más ilusorio que nunca, esta "nave" que se precipita hacia la aniquilación a una velocidad creciente. Y es precisamente en el borde del abismo donde crece la esperanza de salvación.

Sobre las artes marciales

Las artes marciales pueden servir para aprender ciertas cosas que son susceptibles de ser trasladadas a otros ámbitos, a la "vida cotidiana", por ejemplo. Pero sucede como con todas las actividades humanas, más si han sido legadas por la tradición; son susceptibles, como los buenos libros y el verdadero Arte, de dar lugar a varias lecturas.

Una de esas lecturas, en el caso concreto de las artes marciales, es la moral. Es bien sabido que uno aprende en el tatami ciertos valores –actitud digna, respeto al rival, compañerismo, disciplina...– que luego evidentemente le van a servir en el campo de batalla de la vida. En cierto sentido, uno se forma en el tatami para la vida, y desde luego esas cosas se notan, además de que se goza de un mejor estado de salud tanto corporal como anímica.

Pero no es eso lo más importante, el meollo de la práctica de las artes marciales, aunque es habitual que uno se acerque a ellas en busca de una forma de mejorar su salud y "sentirse mejor". En realidad, esas cosas vienen añadidas con la práctica.

¿Qué es lo más importante, entonces, en las artes marciales? Pues eso se va descubriendo con el entrenamiento. Lo importante es ser fiel a la práctica y entregarse a lo que se está haciendo, tratando de no detenerse en esos pensamientos, ideas y deseos con que uno se suele acercar a esto; me refiero precisamente al deseo de mejorar la salud, sentirse mejor, tener un buen estado físico, saber defenderse, "competir" y no hablemos de deseos oscuros como aprender a luchar para hacer daño a otros. Todo eso es alimento del ego. Y de lo que se trata en las artes marciales, si son bien entendidas, es de practicar y practicar hasta que ya no haya un yo que practica, sino únicamente la práctica. Para eso son útiles los valores "morales" de los que hablaba al principio y la disciplina, pero no son en absoluto el fin.

Cuando hago un kata, a medida que mi entrenamiento va madurando, voy tratando de simplemente hacer el kata, y poco a poco va ocurriendo lo verdaderamente importante en el kárate y en todas las artes marciales: que, en un momento dado, deje de estar yo haciendo el kata y pase a haber simplemente el kata haciéndose. Esto no se puede entender si no se ha vivido en alguna medida, y no sirve de nada hacerse ilusiones al respecto; lo importante es practicar, con olvido de sí, con entrega total al aquí y ahora. No hay otra cosa, en este momento, más que el aquí y el ahora. En la medida en que uno va aceptando esto, va creciendo una fuerza en su interior que no es suya, y esto no es lenguaje poético; se constata con la experiencia.

Por supuesto, no hay que olvidar varias cosas. Por ejemplo, que en la actualidad las artes marciales que se practican son en mayor o menor medida adaptaciones modernas, desvinculadas de la tradición integral en la que se desarrollaron. Esto conlleva que hoy ya no se entienden como lo que son en realidad, sino que se enseñan y se promueven por lo general con motivaciones orientadas al ego. En mi opinión la clave para hacerlo con sentido, si uno quiere practicar con seriedad, es hacerlo sin ninguna motivación.

Otra cosa que nunca hay que perder de vista es que las artes marciales, además de todo esto que estoy comentando, son técnicas para cortar cabezas. Creo que ese es un punto que hay que tener en cuenta, y que no se puede eliminar de un plumazo, pues es algo que a uno le interpela. Toda visión romántica de las artes marciales cae ante ese hecho.

Por último, algo muy importante: las artes marciales no son caminos espirituales, pese a que pueda parecer que yo lo creo por lo que he dicho. Sin ninguna vinculación con una tradición integral o sin ninguna práctica consciente y subordinada a un verdadero Camino de realización (como por ejemplo el Zen), no son más que deportes, ejercicios saludables para el cuerpo y el alma y sistemas de combate. Y aun en contacto con un Camino, no son sino aplicaciones, medios y prácticas complementarias, que pueden ayudar a ese crecimiento interior, pero no por sí mismas, sino por el Camino.

Occidente

Dijo René Guénon en su conferencia pronunciada en la Sorbona (publicada en un breve librito titulado La metafísica oriental):

«Entre estas civilizaciones tradicionales y una civilización que se ha desarrollado en un sentido puramente material, ¿cómo podría encontrarse una medida común? ¿Y quién, pues, a menos de estar cegado por no sé qué prejuicio, se atreverá a pretender que la superioridad material compensa la inferioridad intelectual? Intelectual, decimos, pero entendiendo con ella la verdadera intelectualidad, la que no se limita al orden humano ni al orden natural, la que hace posible el conocimiento metafísico puro en su absoluta trascendencia. (...)

La superioridad material del Occidente moderno es indiscutible; nadie se la discute tampoco, pero nadie la envidia. Hay que ir más lejos: a causa de este desarrollo material excesivo, Occidente corre el riesgo de perecer tarde o temprano si no se repone a tiempo, y si no pasa a considerar seriamente el "retorno a los orígenes" (...) En diversos lugares, se habla mucho hoy de "defensa de Occidente"; pero, por desgracia, no parece comprenderse que es de sí mismo de quien Occidente necesita ser defendido, que es de sus tendencias actuales de donde proceden los principales y más temibles de todos los peligros que le amenazan realmente. Estaría bien meditar sobre esto con cierta profundidad y nunca se podría rogar lo suficiente a todos aquellos que son todavía capaces de reflexionar.»

Estas palabras datan de 1925, pero me parece que tienen hoy tanta vigencia como entonces, o quizá más. Por supuesto que existen hoy graves y urgentes amenazas físicas para Occidente que provienen bien de periferias exteriores o bien de "periferias" interiores, pero creo que para no engañarnos hemos de tener cuidado en no dejarnos llevar por la retórica de la "defensa de Occidente" a tales extremos que creamos que la civilización occidental moderna en todos sus aspectos es la solución a todos los males de la Humanidad. Al fin y al cabo, pienso, las reacciones violentas del integrismo se deben a la propia decadencia espiritual de Occidente, a su desarrollo antinatural sobre bases exclusivamente económicas y técnicas. Está claro que eso no exime de culpa a los terroristas.

En el fondo, uno se siente inmerso en un juego del que parece imposible escapar. La corriente liberal globarizadora cree tener la completa verdad de su lado a la hora de extender por el mundo los valores modernos, la democracia, el consumismo, la muerte del Espíritu; incluso alguno de sus líderes pronuncia a menudo la palabra mágica: "Dios", y todo bajo la ondeante y demagógica bandera de la "Libertad" (en los últimos siglos esta palabra quizá haya sido escrita con sangre más que ninguna otra). Por otra parte, los que se oponen a esta invasión (progres, antiglobalización, integrismo islámico... simplificando) también creen contar con la verdad absoluta, y por supuesto que los últimos profieren a menudo la tan mancillada palabrita mágica. En boca de unos y de otros, vilmente mancillada, pero la realidad que expresa en absoluto se ve afectada. Sigue estando perfectamente claro que Dios no está de parte de unos ni de otros; tan obsceno me parece decir que Dios (o la Verdad) está de parte de los que asesinan como decir que está de parte de los que extienden un sistema injusto basado en el egoísmo y que promueve una vida humana completamente desnaturalizada y cerrada al Espíritu.

Niños sacrificados a los nuevos ídolos

José Javier Esparza:

«Niños estresados e histéricos, que se mueven al ritmo endiablado de los juegos de playstation. Niños no ya agresivos, sino violentos y hostiles, sumergidos en una especie de guerra permanente contra el entorno. Niños idiotizados por el bombardeo publicitario, empujados a desear cien veces todos los días un mundo de objetos que no pueden poseer. Niños sumergidos brutalmente en problemáticas adultas (sexo, espectáculo, dinero, etc.) desde las series de televisión o desde el propio sistema de enseñanza. Niños cuya adolescencia, forzada, comienza a los diez años y termina, igualmente forzada, a los veintitantos. Niños encerrados en sus casas porque ya no se puede jugar en la calle. Niños que desde los diez años disponen de la gentil píldora abortiva de Gallardón. Niños educados en la libertad sin que nadie los eduque en la responsabilidad. Niños incapaces de comprender un texto escrito porque el cerebro ya sólo les funciona para lo audiovisual.

Pero ¿qué estamos haciendo con los niños?» (Leer más...)

Sólo el Espíritu libera

Dicen algunos que, tras la segunda guerra mundial, "los únicos países liberados fueron aquellos ocupados por las potencias democráticas", refiriéndose a la desgracia de quienes cayeron en poder de la Unión Soviética.

Es cierto, si nos situamos en la oposición entre el "mundo libre" representado por Europa y abanderado por la potencia estadounidense, y las tiranías totalitarias y brutales de nazis y soviéticos. Los países ocupados por las potencias democráticas se liberaron de la tiranía brutal, de la tiranía visible, pero cayeron con suavidad, entre aletargadoras caricias de "bienestar", en la tiranía invisible de don Dinero.

Desde un punto de vista superior a las oposiciones, pues, el mundo ha ido librándose poco a poco de las tiranías brutales -que representaban un aspecto especialmente duro de un proceso mayor-, pero ha ido entrando poco a poco en una tiranía que no enseña los dientes, pero desgarra con crudeza en el corazón (previa anestesia para que no nos duela o ignoremos el dolor). Es una tiranía más avanzada en el proceso global de la decadencia.

"La Unión Soviética no liberó a nadie", sí, está claro. Pero, en realidad, tampoco el sistema triunfante ("liberal" o "progresista", dos caras de la misma moneda, dos funciones complementarias en el mismo proceso de degradación espiritual) libera a nadie. El consumismo no libera, sino que esclaviza, tanto a nivel colectivo como individual. Sólo el Espíritu libera.

Es muy fácil engañarse poniendo todas las esperanzas en el sistema, cualquiera que sea, por muy elaboradas que sean las teorías de la paz y la libertad que sus dirigentes mascullan mientras llevan adelante las estructuras de enriquecimiento, relativismo, consumismo. Esta sociedad está construida sobre cimientos puramente económicos y técnicos, y así no se va a ninguna parte. No creo que ningún esfuerzo humano -político, intelectual, etc.- pueda arreglar la situación; el proceso es demasiado complejo, está demasiado avanzado como para pararlo. Pero creo que sería un grave error poner la esperanza en este mundo que nos venden. La esperanza hay que ponerla en otro sitio: en el Espíritu, de donde todo surge, todo sana, todo se actualiza.

Trabajo

Hoy es el día del trabajo. Hay un artículo de la revista Symbolos que explica más o menos bien la concepción tradicional del trabajo, que puede ser muy interesante considerar en un día como hoy. Está muy bien reivindicar un trabajo más digno para todos, pero aún sería mejor replantearnos dónde está la raíz del problema. Quizá este artículo sirva al lector para reflexionar y para conocer la concepción del trabajo que toda civilización anterior a la modernidad conoció.


EL TRABAJO
(Artículo aparecido en el número 25-26 de Symbolos, Barcelona, 2003.)

En el tercer capítulo del Génesis se narra cómo Yahvé le dijo a Eva: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces", y a Adán: "Por ti será maldita la tierra, con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan."

Es importante destacar que esto sucede a consecuencia de la tentación de la serpiente y la ingestión del fruto prohibido, o sea, como una pena, inmediatamente antes de ser expulsados del Paraíso. [nota de Logan: en el Paraíso, vinculado a un "estado edénico" anterior a la Caída, todo esfuerzo resultaba innecesario; esto se entiende en relación con la experiencia espiritual, iniciática o mística, que comprende precisamente una restitución del estado primordial, de manera que todo surge espontáneamente y en verdad se puede decir: "Dios provee".]

(...) Nos referiremos en primer lugar a la primacía de la contemplación sobre la acción, idea presente en el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el islam y en general en todas las tradiciones. En el cristianismo esto resulta nítido. Cuenta Mateo (VI, 26-29) que Jesús dijo, en el célebre Sermón de la Montaña: "Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan. Pues yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos." Es conocida también la vinculación simbólica que las dos hermanas de Lázaro, Marta y María (la acción y la contemplación), tienen al respecto, y el juicio del Maestro sobre cuál de las dos lleva la mejor parte.

De otro lado podemos observar sin esforzarnos demasiado que esta preferencia por la contemplación es totalmente ajena al medio en que vivimos, signado por una incesante acción, por una proyección de deseos que por ser tales jamás podrán cumplirse, por una angustia e insatisfacción permanentes que desembocan en la ignorancia y necesariamente en la violencia y la destrucción. Pero lo que verdaderamente es alarmante es que esta acción -cualquiera que sea el sentido que ella tenga- es considerada como un bien en sí; a tal punto que discutirla o no practicarla es ser mal visto, o condenado por ese medio, pues el tema ha pasado a ser una cuestión moral nacida de la asociación trabajo-bondad. Sin embargo queremos aclarar que nada tenemos en contra de un trabajo que sería verdaderamente sagrado, y por lo tanto auténticamente dignificante, si estuviese guiado por la voluntad y el libre albedrío. Lo que se critica es el concepto moderno del trabajo por el trabajo mismo, es decir, sin ninguna finalidad de orden metafísico, y su equiparación a un fin y no a un medio vehicular. Si bien esta última crítica podría aplicarse a otras áreas de la actividad contemporánea (el arte por el arte, la ciencia por la ciencia, lo psíquico y lo emocional, simplemente por lo psíquico y emocional, etc.), el concepto moderno del trabajo -que en términos sociales sólo hace del hombre un factor de la producción económica, individual o colectiva- tiene una carga de alta potencia destructiva, en cuanto su obligatoriedad y necesidad generan en el alma una serie de turbaciones morales o impedimentos materiales en una sociedad tan injusta como la que vivimos.

En una sociedad tradicional o primitiva los "trabajos" no son tales pues no llevan implícita la insatisfacción de lo que sólo debe ser efectuado con sufrimiento, a desagrado, o bajo la presión de un peso arbitrario y alienante al que no se le encuentra finalidad última, sino apenas la mera subsistencia en un mundo sin sentido. Por el contrario, en las sociedades arcaicas los hombres realizaban sus trabajos de manera ritual y de acuerdo a sus funciones, nacidas de sus posibilidades, que los hacía más aptos para aquellas o estas labores, las que cumplían entonces con gusto, en perfecta relación e interdependencia con las otras del organismo social. Es paradojal que en ciertos manuales escolares y aun en ciertos textos universitarios se hable aún de la "esclavitud" como una etapa históricamente superada cuando una simple mirada al entorno en que habitamos, nos hace ver que nuestros contemporáneos no sólo son esclavos del trabajo, y como tales viven, sino de las funestas consecuencias de ese trabajo sin razón, comenzando por las cadenas de la acumulación de riqueza -individual y social- por la riqueza misma, a saber: nuevamente la sustitución de un medio por un fin. Queremos recordar aquí otro fragmento del Sermón de la Montaña: "No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón."

El trabajo es para el hombre, no el hombre para el trabajo. La vida es para el hombre, no el hombre es un deudor o un esclavo de la vida. "El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado" (Marcos II, 27).

(Fin del artículo.)



A lo dicho en el artículo quiero añadir otro punto de vista que a mi juicio no hay que olvidar. El trabajo en sí mismo es una maravilla si se realiza con plena presencia en lo que se está haciendo, con suma atención ante la vida, ante lo que toca en este momento, sea fregar un plato, barrer, dar una clase o cualquier otra actividad. Esto es especialmente contemplado en el Zen, donde el trabajo es un aspecto muy importante dentro del camino espiritual, y adquiere de esta forma su lugar. Igualmente es bien sabido que entre las órdenes contemplativas cristianas, en algunas más que en otras según su naturaleza, el trabajo ha sido considerado elemento esencial de la vida monástica. Es un trabajo pleno de sentido, que en cierto modo se podría decir que se hace "como un medio para un fin metafísico", pero igualmente se puede decir que se hace por sí mismo (sin la connotación negativa que a esta expresión se le da en el artículo precedente). Y es que cuando te pones a fregar un plato sin más pensamientos y sin más fines o conceptos en la cabeza, es posible que te des cuenta de que en ese simplemente fregar se está dando algo maravilloso: lo que hay en el momento presente (lo único), manifestación del Espíritu, forma de la no-forma.

Una boda de risa... para llorar

Una pareja se dispone a unirse en matrimonio. Decide casarse por la Iglesia. Hablan con el sacerdote, él les habla sobre el compromiso que supone la boda cristiana, a ellos les parece todo muy bien. Llega el día de la boda. Antes de la ceremonia, la mujer le dice al cura: "oye, a mí no me des la comunión, que paso". El párroco, extrañado, pregunta al novio si él desea comulgar; la respuesta es: "pues mira, casi que tampoco". El sacerdote ha sido siempre abierto y, en su deseo de llevar el mensaje cristiano a la comunidad desde abajo, nunca ha tenido inconveniente en salirse en ocasiones de las reglas más tradicionales; siempre ha sido un obrero más, un hombre del pueblo y para el pueblo. Sin embargo, esto es demasiado, pues la comunión (en Cristo, con todos los hombres) es el núcleo de la eucaristía, su razón de ser; no obstante, el cura acepta la decisión de la pareja. Pero lo peor estaba por llegar: los novios pasan la misa haciendo gracias (provocando las carcajadas de los familiares asistentes) y pasando olímpicamente del sacerdote y de los ritos; cuando llega el momento de decir los votos, se equivocan constantemente (más gracias y carcajadas), y es que ni siquiera se los habían leído. El cura, profundamente cabreado (y con razón), no da la comunión a nadie. Si hubiera estado yo en su lugar, los habría echado a todos del templo.

Esto sucedió de verdad este mismo sábado en la parroquia de mi barrio. No puedo sino admirar la paciencia de nuestro sacerdote, que siempre se ha dado por completo a la comunidad, y así le pagan. ¿Pero cómo se puede ser tan gilipollas e inconsecuente como para decidir casarse por la Iglesia y comportarse como en una guardería, despreciando el sacramento, ofendiendo profundamente al sacerdote y a todos los cristianos que creemos en lo sagrado? ¿Ésos son católicos? Está claro que sólo por tradición familiar; si decidieron casarse por la Iglesia fue por la costumbre, por "lo bonito" (aunque a mi entender chafaron incluso esa belleza estética del rito). En realidad, pues, no son católicos, no tienen ni el más mínimo deseo de formar parte de la Iglesia. Quieren casarse por la Iglesia, pero sin la Iglesia. Para ellos, la misa es un espectáculo circense y no significa nada, y el sacerdote un pobre idiota que debe representar su papel delante del público. ¿Por qué no son entonces honestos consigo mismos y se van a un juzgado a que un señor les case por lo civil?

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Debería la Iglesia atrincherarse y volver a posturas tradicionales para no fenecer diluida en una sociedad enemiga de lo sagrado? ¿O por el contrario debe aguantar el maltrato para que el mensaje cristiano siga llegando, aunque sea un poco, a la sociedad? Maltratos desde los intelectuales y políticos anticlericales hasta la gente común que usa los sacramentos como un simple entretenimiento social, para nada diferenciado del posterior banquete o del baile.

Si hubiera estado en esa boda, se me habría caído la cara de vergüenza ajena. No sé si me habría levantado para marcharme indignado o si me habría quedado, acompañando en la humillación a mi sacerdote, a nuestro sacerdote. Ése es el dilema.

Actualizado:
Interesante el debate que se ha iniciado sobre este tema [aquí].

Totalitarismo disfrazado de antitotalitarismo

Leyendo la columna de José Javier Esparza del 14 de marzo en El Semanal Digital, me encuentro estas interesantes reflexiones sobre el totalitarismo, extraídas de la lectura del nuevo libro de Alain de Benoist Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989). Copio y pego del artículo:

Primera: el totalitarismo no es una desviación del camino, sino que es producto directo de las ideologías de la modernidad, de ese voluntarismo que lleva al hombre a creerse capaz de modelar al propio hombre y a sus sociedades hasta lo más profundo, hasta su entraña.

Segunda: el totalitarismo no sería posible sin esa fatua presunción de veracidad que acompaña a las ideologías modernas, sin esa convicción (propiamente progresista) de hallarse en la vanguardia positivista de la verdad y la luz.

Tercera: lo esencial del totalitarismo no es una ideología (se llame lucha de razas o se llame lucha de clases), sino una praxis de poder que consiste en absorber de grado o por la fuerza todo el espacio disponible, tanto público como privado.

En consecuencia, es perfectamente posible imaginar un totalitarismo aparentemente pacificado y neutro, basado en abstracciones como, por ejemplo, la técnica o el dinero, que instale sobre todas las sociedades humanas un orden totalitario donde ya no haya espacio para nada que escape a lo que Heidegger llamaba "civilización tecnoeconómica". La gran Hannah Arendt, en la que De Benoist se apoya con frecuencia, decía que el siglo XX había alumbrado dos ideologías universales: el racismo y la lucha de clases. Hoy sabemos que existe una tercera ideología universal: la de la técnica, que para su expansión necesita unas sociedades desarmadas espiritualmente, donde la vida y la muerte no sean más que magnitudes intercambiables en el camino del progreso, y que perfectamente podría recurrir al discurso tópico del "antifascismo" para implantar un totalitarismo de nuevo cuño.

¿Suena familiar?

Fantasía

Estaba leyendo, en Espada y Brujería (web sobre la que habla detalladamente mi amigo Toni M. Jover en el post "El Retorno del Lobo" en su bitácora Mítica), una entrevista a D. Francisco García Lorenzana, director editorial de Ediciones Minotauro, y me ha parecido especialmente interesante este comentario:

«Desde que Menéndez Pidal pronunciara su lapidaria frase sobre el realismo y la literatura española, la intelectualidad patria se ha instalado en una defensa aferrizada del realismo frente a cualquier atisbo de fantasía y cuando no ha tenido más remedio que reconocer el valor de lo fantástico (dónde estaría si no el realismo mágico) lo ha separado de la fantasía calificándolo de "literatura", como si la literatura y lo fantástico fueran antagónicos. De hecho el grave problema es que mientras al realismo se le juzga por sus mejores exponentes, a la fantasía se la suele juzgar por sus peores ejemplos, lo que resulta totalmente injusto. En cualquier caso, en el año de Cervantes habría que recordar que el Quijote es muy poco realista y que la novela no es una crítica a lo fantástico sino a lo fantasioso.»

Totalmente de acuerdo. Aún más diría yo sobre la inseparable conexión entre fantasía y "realidad" en las grandes obras de la literatura universal. ¿Acaso la Ilíada, la Eneida o la Divinia Comedia no son "literatura" por contener una estética fantástica? Incluso acercándonos a la novela moderna: ¿se le negaría a Kafka la calidad de literato por sus oníricas y estéticamente nada realistas visiones? Son sólo algunos ejemplos. Y acercándonos a la fantasía pura y dura, qué decir sobre El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien: me cuesta pensar que no se reconozca su altísimo valor literario; de hecho, en mi opinión y en la de muchos, pocas novelas de nuestra época perdurarán como ésta.

Las "siete condiciones" en el mundo moderno (II)

Viene de aquí.

5) La tribu de los Vajji no coge ni confina niñas o mujeres.

Ciertamente parecería que la sociedad occidental se ha superado en este sentido, y no hay que negarle el indudable valor de los derechos humanos y la abolición de la esclavitud. Pero cabría preguntarse si de verdad ha desaparecido la esclavitud, o si se ha sustituido por una más sutil y más fatal: la del espíritu. Somos libres en teoría, pero estamos sometidos por innumerables métodos de control: el circo mediático, el circo político, el progresivo adoctrinamiento en unos nuevos "principios" diametralmente opuestos a los verdaderos valores humanos que tienen su raíz en la espiritualidad. El relativismo triunfa. La familia se desnaturaliza, y ya no se confinan niñas (aunque esto me recuerda poderosamente a la niña que quisiera morir antes que ser sencilla), pero se matan vidas humanas antes de que tengan oportunidad de nacer al mundo. Por otra parte, no se confinan mujeres, aunque habría mucho que discutir sobre si la supuesta liberación de la mujer la ha liberado o la ha enjaulado en nuevas estructuras y apegos, privándola de desarrollarse libre y sanamente en su rica feminidad.

6) La tribu de los Vajji respeta, reverencia y venera sus lugares sagrados y no olvida la costumbre de las ofrendas.

A algunos les encantaría convertir las iglesias en discotecas o centros de ocio, o ceder algunos templos cristianos a otras confesiones religiosas. Al desaparecer el vínculo con lo espiritual en una civilización, poco a poco van avanzando las fuerzas antitradicionales, como el anticlericalismo, que no ven en la Iglesia y en los templos sino vestigios atrasados de un poder despótico sobre las personas. Cuando la realidad es que los templos son lugares sagrados que conectan al hombre y a la sociedad con el fondo espiritual que renueva y vivifica. La vida ritual, la sacralidad, que daba sentido al mundo, no sólo en poética belleza sino ante todo como una profunda conexión con la Realidad, es rechazada, ya que Occidente ha abandonado a lo divino y en su ceguera se ha entregado a la ilusoria hegemonía del usurpador ego. Por otra parte, la misma forma de vida del ciudadano medio, al carecer de una visión sagrada de la realidad, se hunde en la mediocridad materialista y se cierra el acceso a la felicidad, que sin embargo nos sigue llamando con fuerza en todas las cosas del mundo, que en el fondo son una maravilla, pese a que infinidad de velos (hoy más que nunca) nos impidan darnos cuenta.

7) La tribu de los Vajji ofrece protección, defensa y ayuda a los santos, los sabios y los yoguis, esperando que aquellos que aún no se hayan establecido en su territorio vengan a hacerlo en el futuro y que los que ya residen en él continúen haciéndolo en paz y todo el tiempo que deseen.

Occidente se ríe de los santos, los sabios y los hombres de espíritu. El ciudadano medio moderno cree que vida contemplativa es sinónimo de vida ociosa, e ignora absolutamente el profundo valor de las órdenes monacales. La necesidad de la revivificación de las prácticas contemplativas es crucial en Occidente. En mi opinión, es ahí donde está la máxima esperanza de salvación de esta civilización, puesto que es en ese terreno donde vuelven a surgir los verdaderos principios que pueden vivificar y regular una sociedad humana, desde la experiencia espiritual y transformadora de cada persona. Es significativo el aumento del interés por las tradiciones orientales, aunque también es peligrosa y perniciosa su tergiversación basada en el egoísmo por parte de la modernidad. En efecto, la contemplación no es una "terapia" para satisfacerse a uno mismo, o para tener "autocontrol". Sino que es un camino para descubrir el ser humano que somos en realidad, y desde ahí actuar según la voluntad de Dios (en lenguaje cristiano), es decir, en consonancia con el Espíritu.

El Buda dijo: «Mientras observen estas siete condiciones, el pueblo de los Vajji prosperará y no habrá decadencia.» Al oírlo el rey de Magadha de boca de su ministro, desistió de su propósito y no atacó a los Vajji.

¿Sabrá Occidente reaccionar de la forma adecuada? ¿Vendrá el "rey de Magadha" a ocupar el vacío cultural, moral, espiritual de la civilización moderna? No nos engañemos: la fe en la preponderancia económica y militar de Occidente es una trampa, y no contiene la solución. El libre mercado es insuficiente; no salvará al hombre, y el vacío seguirá existiendo en la sociedad y en el alma de cada individuo. No es ahí donde hay que poner la fe. Lo que no significa, por supuesto, que haya que derrocar el sistema. Los occidentales poseemos una libertad de la que no gozaríamos en un sistema totalitario (de izquierdas o de derechas) basado en utopías racionalistas. En ese sentido, probablemente la democracia liberal es el menos malo de los sistemas sin espíritu de este período de crisis en que vivimos. Pero hace falta llenar el vacío, o en otras palabras, vaciarnos de todo lo que sobra. O la decadencia espiritual seguirá avanzando hasta el colapso, a pesar de la aparente prosperidad. ¡Recuperemos la fe en el Espíritu!