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El Grito (1)

El Grito (1)
El Grito , Edvard Munch.
 
Munch describió así la experiencia de la que nació esta obra:
 
"Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la barra, indeciblemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza."
 
 
[Silencio]

Lecturas de 2005

De entre los libros que he leído durante el año 2005, he seleccionado los que más me han gustado en esta lista. El orden dentro de cada apartado es el de mis lecturas:

NARRATIVA MODERNA:
-Arturo PÉREZ-REVERTE, El Capitán Alatriste
-Varios autores, Artifex Segunda Época vol. 12. Antología de Literatura Fantástica
-Friedrich HÖLDERLIN, Hiperión
-Terry PRATCHETT, Mort
-Andrzej SAPKOWSKI, El último deseo (Geralt de Rivia I)
-Alfred BESTER, Las estrellas mi destino

CLÁSICOS:
-Diego de SAN PEDRO, Cárcel de Amor
-Fernando de ROJAS, La Celestina
-Dante ALIGHIERI, Divina Comedia
-Anónimo, Lazarillo de Tormes
-Anónimo, La búsqueda del Santo Grial

ENSAYO Y FILOSOFÍA:
-Ernst JÜNGER, La Emboscadura
-Hugo-M. ENOMIYA-LASSALLE, Zen y mística cristiana
-Régine PERNOUD, Para acabar con la Edad Media.

Brokeback Mountain

Brokeback Mountain

La anterior reflexión venía a cuento de un artículo de opinión sobre una película, Brokeback Mountain. Ahora que la he visto, comento algo ya relacionado con la peli en sí.

Para mí, el mérito de esta película es que muestra una historia de amor entre dos seres humanos. Por supuesto, ahí está la circunstancia de que son dos hombres, dos vaqueros, y en medio de una sociedad en la que un amor así está mal visto. Pero no es imposible, y por ahí apuntaba el artículo que leí: los protagonistas no se "integran" dentro de la incipiente cultura gay, transformando su forma de ser, sino que siguen con sus vidas, siendo quienes son y amándose sin cambiar sus identidades.

Lo cierto es que las circunstancias, pese a estar presentes y ejercer su innegable influencia, están en un segundo plano. Para mí, y ese es su mayor valor en mi opinión, no es una película gay sino, "simplemente", una historia de amor entre dos personas enamoradas a lo largo de sus vidas. Una bella historia de amor. Y, por supuesto, una bella historia de amor homosexual. Sencilla y valiosa por no centrarse en las polémicas circunstacias de los amantes sino ante todo en el amor, la pasión, los problemas de una pareja imposible.

Por cierto, me ha llamado la atención que el amor de estos dos vaqueros comience en la montaña, cuidando de las ovejas como dos personajes de la novela pastoril. Ahora que lo pienso, son como Elicio (el pastor poeta favorecido por la naturaleza y por la fortuna) y Erastro (el rústico, al que el amor convierte en poeta), de La Galatea de Cervantes. Sólo que, en esta ocasión, los pastores han visto a la hermosa Galatea el uno en el otro. Todo muy bucólico. :-)

Starship Troopers

Starship Troopers

Paul Verhoeven es un director peculiar. Sus películas pueden parecer a simple vista productos cocinados para las masas con ingredientes fáciles como el sexo y la violencia. Sin embargo, quienes se quedan en las apariencias no acaban de ver su gran talento: utiliza esa receta como un hábil juego para tratar temas mucho más profundos que tocan al ser humano donde más duele, obligándole a enfrentarse con la duda e invitándole a la reflexión sobre cuestiones muy serias. Detrás de la sangre y el sexo, laten con fuerza grandes preguntas disparadas con inteligencia a la capacidad crítica del espectador. Y es que Verhoeven es un gran director: subversivo, trasgresor y reflexivo, sin restar un ápice del entretenimiento. De hecho, quien ve una de sus obras tiene la diversión asegurada; si, además, presta una especial atención a lo que se le está presentando bajo el disfraz de la violencia, se dará cuenta de que ahí hay mucho más de lo que parece.

Este es el caso de Starship Troopers (1997), una película maltratada por la crítica que no cosechó mucho éxito en las taquillas y, sin embargo, cuenta con una legión de admiradores –entre los que, vaya por delante, se cuenta el que esto escribe– que la consideran ya todo un clásico. En ella, en el marco de una sociedad futura basada en la fuerza del ejército, se cuenta la historia de unos jóvenes que se alistan en el servicio federal por diversas razones. Johnny Rico lo hace para seguir a la chica de la que está enamorado, pero el duro entrenamiento acabará endureciéndole y, cuando estalla la guerra contra los “bichos” (alienígenas arácnidos originarios del lejano planeta Klendathu), la violencia de los acontecimientos le obligará a crecer al tiempo que lucha por la Federación.

La película está basada en la novela homónima de Robert Heinlein, escrita en 1959 y considerada una obra fundamental del género. El libro está marcado por la polémica, y es que algunos lo han tachado de “fascista”, mientras que otros señalan que Heinlein proponía una profunda reflexión.

Precisamente en ese punto huidizo entre el ensalzamiento y la crítica de un mundo gobernado por los valores militares se sitúa la cinta de Verhoeven, que juega con inteligencia a atrapar al espectador como si fuera un miembro más de esa sociedad manipulada. Y es que viendo Starship Troopers uno fluctúa constantemente entre el rechazo y el apoyo a los soldados, precisamente gracias al doble juego del director entre la sátira y la acción, que nos obliga, a la postre, a apoyar la lucha de los reclutas contra los bichos y al mismo tiempo constatar la locura de una sociedad basada en la violencia. En la contradicción se encuentra la clave para la verdadera comprensión, y es que es la duda lo que Verhoeven pretende despertar en nosotros, más allá de conclusiones fáciles en uno u otro sentido.

Se podrían señalar varias lecturas de la película, diferentes pero complementarias para hacerse una idea bastante completa y cabal sobre el mensaje que el director nos hace llegar:

La primera y la más obvia consiste en considerar Starship Troopers como una gran película de aventuras, repleta de acción y emoción, buenos efectos especiales, unas memorables escenas espaciales, algunos toques cómicos e incluso una historia de amor nada cursi que conoce el dolor de la pérdida y la muerte. Puede verse como tal, aunque sería un desperdicio no prestar atención a las demás lecturas, que por otra parte están muy claras desde el principio.

La segunda pasa por detenerse en la crítica satírica que Verhoeven hace de la manipulación a la que pueden verse sometidas las volubles masas, y del peligro que supone una sociedad donde, según los profesores que aleccionan a los adolescentes, la fuerza, la violencia, es “la suprema autoridad de la que procede cualquier otra autoridad”. Podemos hacer una lectura crítica hacia la sociedad actual, pues si cambiáramos la palabra “fuerza” por “dinero” o “consumo”, el escenario nos resultaría mucho más familiar. Como sigue diciendo el profesor Rasczak, “la fuerza ha resuelto más problemas a lo largo de la Historia que cualquier otro factor”. Efectivamente, se da a entender que el mundo de la Federación es el resultado de la toma del poder por la casta guerrera tras el fracaso de las democracias. Desde el principio de la película, se insiste en mostrar el triunfo de los valores guerreros, de la ética del honor y el deber, sin otros valores que los limiten por arriba (espiritualidad, religión) o por abajo (derechos civiles). “Cumplo con mi deber”, dicen los soldados en el noticiario que abre el film. “Yo también quiero cumplir”, dice un niño sonriente vestido con el traje reglamentario, a lo que siguen las risas de los soldados. Más adelante, en otro noticiario, con el titular de “un mundo que funciona”, aparecen unos soldados enseñando a usar armas a los entusiasmados niños y repartiéndoles balas con sonrisas de anuncio de pasta de dientes. “El poder de los ciudadanos, personas que crean un futuro mejor”. Más adelante, se anuncia la ejecución pública de un asesino sentenciado a la silla eléctrica, que será transmitida “en toda la red y en todos los canales”. Verhoeven deja claras las cosas, pues: estamos ante una sociedad totalitaria donde la fuerza es el poder supremo, las masas son constantemente aleccionadas y la información es sistemáticamente manipulada. La libertad está ahogada, pero nadie parece advertirlo, pues, según parece, esa sociedad funciona. Claro que los noticiarios sólo nos muestran lo que le interesa al poder, pues no hay que olvidar que Verhoeven juega a tratarnos como miembros de esa sociedad.

Es también importante e interesante la crítica algo velada al auge del interés por los fenómenos paranormales y las sectas modernas o pseudo religiones. El Estado promueve el desarrollo de las facultades parapsicológicas, tratándolas frívolamente, claro está, como un instrumento más al servicio de la Federación. Así, el hombre es un número dentro del sistema federal, no sólo en cuerpo sino también en alma. Por otra parte, en uno de los noticiarios se hace una alusión directa a los mormones y sus fantasías de colonizaciones interplanetarias. Esta secta tiene en su ideario el proyecto de habitar otros planetas, que suponen que son habitados por seres extraterrestres “divinos”. El noticiario nos muestra que “extremistas mormones, desoyendo las advertencias federales, fundaron Port Joe Smith (…) en plena zona de cuarentena arácnida. Cuando quisieron darse cuenta, ya se habían establecido otros colonos: los arácnidos.” Al espectador avisado, esta escena le puede sugerir que Verhoeven critica más o menos veladamente la falta de espiritualidad verdadera de las pseudo religiones modernas proselitistas que tanto abundan en EEUU, pues los Mormones de la película, tras fundar su colonia, se encuentran algo muy diferente de lo que esperaban: en lugar de una cálida bienvenida por parte de benévolos “dioses” extraterrestres, son víctimas de una masacre a manos de monstruos, los cuales, dicho sea de paso, pueden entenderse también como símbolos de los aspectos más bajos del psiquismo humano, en los que estas doctrinas pseudo espirituales suelen caer con frecuencia.

La película, al tiempo que nos hace permanecer vigilantes y tener en cuenta todo lo anterior, nos introduce de lleno en la historia de sus protagonistas, arrastrados por las circunstancias, que no se plantean en ningún momento si lo que hacen está bien o mal. Simplemente, luchan contra la amenaza, o al menos contra lo que los mandos militares consideran una amenaza, sea o no lo justo y necesario. En un principio esa guerra nos parece un sinsentido, pues vemos a cientos de soldados lanzados a morir sin piedad ni dignidad. Pero la cosa cambia en cuanto Rico y sus amigos pasan a formar parte del equipo de los Recios de Rasczac (excelente actuación, por cierto, la del siempre duro como el acero Michael Ironside). Entonces los individuos comienzan a cobrar protagonismo y a comportarse como héroes, al servicio de la Federación pero al mismo tiempo, gracias a sus propios actos, poseedores de una dignidad que les hace ser libres incluso en un terreno tan opresivo como es el de la Federación. Ahora, el espectador no puede evitar apoyar al héroe, pues ya no es sólo un número, un aspirante más a ciudadano en una sociedad totalitaria, sino un hombre que lucha conscientemente aun en medio del torbellino de las circunstancias.

Tras haber conocido el sufrimiento y la pérdida, Rico dice una frase que define muy bien el mensaje de la película si atendemos a una tercera lectura más profunda: “Una vez, alguien me preguntó la diferencia entre un ciudadano y un civil. Ahora puedo decirlo. Un ciudadano tiene el valor de proteger la raza humana como una responsabilidad personal.” Ahí está, en mi opinión, el meollo de la historia. Independientemente de si la sociedad es justa o no, de si es necesario desplazarse al otro lado de la galaxia para exterminar a la raza de los bichos, Verhoeven apunta a la responsabilidad del individuo para con su especie como un problema capital de nuestro tiempo. Sólo cuando el hombre asume su responsabilidad en lugar de atender sólo a su propio provecho puede llamarse ciudadano. Estamos, pues, no sólo ante una crítica al totalitarismo manipulador de las masas, sino también al individualismo egoísta que lleva al hombre a desentenderse de los problemas ajenos.

Esta idea se apoya además en una imagen simbólica con mucha fuerza: la de los humanos luchando contra los bichos. Y es que esta imagen nos recuerda a otra, antiquísima: el héroe que se enfrenta al dragón. Precisamente Rico, en una escena, tras haber destrozado con una granada a un enorme bicho que escupía fuego líquido, se yergue victorioso con la agonizante criatura en segundo plano. En ese momento en que el hombre vence a la bestia, poco importa que sea una victoria para la oscura Federación, porque es ante todo la victoria del hombre sobre la bestia. Sólo es importante la hazaña, el símbolo que late en ella, pues se trata de la eterna guerra del bien contra el mal, y la lucha del ser humano por erigirse en vencedor de sí mismo.

Siguiendo con esta línea y dejando de lado el aspecto satírico, es evidente que el espectador se siente irremediablemente atraído por el aspecto heroico y romántico de la guerra de la Humanidad contra los bichos. En efecto, ya no se trata de un enfrentamiento entre hombres, sino de algo que une a todo el mundo contra una amenaza común, monstruosa. Los dragones y demás criaturas malvadas, símbolos donde el ser humano ubicó la lucha contra el mal durante toda su Historia hasta hace relativamente poco, reviven a través de los bichos de la película. El hecho de ubicar el mal de nuevo en un lugar del universo es en cierto sentido una forma de recuperar la visión mítica y tradicional del mundo, avivando también el amor por lo humano y dando un lugar y un objetivo al hombre.

Ese sentimiento de empatía por los héroes, por cierto, es hábilmente alimentado por la excelente música de Basil Poledouris (una de las bandas sonoras más heroicas y emocionantes que he escuchado).

En resumen, Starship Troopers es una gran película que admite varias lecturas. Crítica al apático mundo actual, sátira sobre la manipulación informativa y la locura de un mundo guiado por la fuerza, crítica a las pseudo religiones y a los peligros del interés desmedido por los poderes psíquicos, ensalzamiento del valor y la dignidad del hombre, canto a la responsabilidad, a la gloria de los actos valientes y al heroísmo, reutilización del mito del dragón para devolver al hombre actual el sentido mítico… Verhoeven juega con todos estos elementos con una maestría insospechada para muchos, y ante todo consigue algo que ya por sí mismo es todo un triunfo: nos hace pasar un buen rato ante la pantalla.

[Artículo aparecido originalmente en Espada y Brujería.]

Lecturas

Este verano no he podido leer tanto como hubiera querido, ni probablemente meditar esas lecturas convenientemente, pero intentaré comentar brevemente los últimos libros que he leído.

Esoterismo islámico y taoísmo, de René Guénon, recoge comentarios del autor sobre diversos aspectos profundos de la vía Sufí, en la primera parte, y otros del Taoísmo, en la segunda. Interesante, pero a mi parecer el volumen necesitaría algún artículo más del autor en el que se explicara mejor la semejanza que él veía entre estas dos grandes tradiciones. Por otra parte, uno se pierde bastante si no tiene un conocimiento previo más general de ellas.

Zen y mística cristiana, del padre jesuita Hugo-M. Enomiya Lassalle (uno de los primeros introductores del Zen en Occidente) es un libro estupendo, de gran interés especialmente para cristianos que quieran vivir su espiritualidad de un modo más profundo, ya que el Zen y la mística cristiana, como se ve en el libro, apuntan a la misma realidad profunda del Ser que nos transfigura y nos ilumina para una vida más plena. En él se abordan por separado las características y la historia del Zen, luego las de las enseñanzas de los místicos cristianos y, al final del libro, la relación profunda que se puede establecer entre estas dos tradiciones de sabiduría (relación en lo espiritual, se entiende, pues todo camino auténtico lleva a los mismos fines). Me resultó muy provechoso, ante todo y aparte del conocimiento que aporta sobre el Zen, como aproximación a las distintas corrientes místicas cristianas. El estilo ameno y exhaustivo del autor es otro punto a favor. También expone en algunos momentos sus propias apreciaciones sobre ciertas corrientes modernas, apreciaciones bien delimitadas dentro del conjunto. En todo caso, el Padre Lassalle es fiel a las tradiciones que da a conocer y deja entrever su gran experiencia como practicante de Zen, sus grandes conocimientos, su profunda vivencia del cristianismo y su hondura espiritual como ser humano.

Jesús, el Hijo. Textos de los Padres de la Iglesia, un librito editado por Nello Cipriani, da una visión global de la rica tradición patrística a través de textos agrupados por temas y carentes de farragosas anotaciones, que Cipriani suple con una efectiva introducción que resume el desarrollo de los temas tratados por los Padres. Resulta una lectura fresca, profunda y bien estructurada.

Para acabar con la Edad Media, de Régine Pernoud, es un libro corto, ameno y exhaustivo en el que la autora, medievalista consagrada y amante de la Historia (y de la verdad, lo cual no siempre se da en los historiadores divulgativos), pasa revista a una serie de tópicos que durante mucho tiempo, y aun hoy, han convertido a la época medieval en una era de oscuridad, ignorancia, brutalidad y barbarie. Esos tópicos, aprendidos en la escuela y aceptados por todos desde la época neoclásica, se revelan falsos desde el estudio objetivo de los datos y, muchas veces, desde el simple sentido común. El estilo de la autora es ameno y aborda todos los temas que trata con una fina ironía y una contundente seguridad basada en el estudio serio de la Historia. Un libro imprescindible para apreciar con más justicia mil años de la historia de Occidente que han sido eliminados de un plumazo por los académicos de la era de la diosa Razón y sus desvaríos.

Aún no he terminado la lectura de la Divina Comedia de Dante, una obra increíblemente rica, fruto del saber medieval y que, por sus varias lecturas posibles, resulta muy grande como para comentarla en un párrafo. Más adelante, quizá me atreva a hablar más de ella. Me pasa un poco como con el Hiperión de Hölderlin, que leí antes del verano; ambas obras me parecen de una belleza sublime y me han aportado mucho, y sin embargo no encuentro palabras para hablar de ellas como lo hago sobre otros libros. Aparte de que me cuesta volver al teclado con soltura y lucidez. Poco a poco...

Lecturas

Acabaron las clases y por fin tengo algo más de tiempo para leer. Muy provechosa me resultó la lectura de la selección de tratados y sermones metafísicos del Padre Stéphane que hay recopilada en la web Contemplatio.

Luego me sumergí en una nueva experiencia: leer a Jünger. En realidad ya había leído un libro suyo (La Tijera), pero abordar La Emboscadura es toda una nueva experiencia, quizá demasiado grande para asimilarla de una vez, pero de cualquier forma muy grata y llena de lucidez, una lucidez extraña en un "filósofo profano"; si hubiera leído este libro hace unos años, me habría impactado sobremanera, para bien y para mal (llegó antes Guénon), o quizá no habría entendido realmente nada de nada (como me pasó con Nietzsche en una apresurada lectura de adolescencia).

Después vino la lectura rapidita y ligera de ¿En qué creen los que no creen?, un interesante intercambio de cartas entre Umberto Eco y el cardenal Carlo Maria Martini, donde los dos se preguntan y se responden mutuamente sobre temas candentes que giran en torno a la moral y la ética. Interesante, pero también algo decepcionante, ya que uno saca poco en claro. Queda claro, eso sí, que ambos personajes son educados y están abiertos a acercar posturas respetuosamente el uno al otro, y en ese sentido la lectura de las cartas me gustó. Menos afortunadas me parecen la mayoría de las intervenciones de otros personajes, casi todos tirando piedras al cardenal ("filósofos" con sus sutiles y vanos juegos conceptuales, periodistas y políticos). Finalmente Martini defiende su posición con suficiente acierto, y creo que sólo desde su punto de vista (aun siendo muy insuficiente) y desde la sincera voluntad de diálogo de Eco se puede entender bien el asunto que los demás sólo llegan a vislumbrar. Por otra parte, seguramente el Padre Stéphane le diría a Martini que dejara de intentar hablar con sordos y se dedicara a explicar la doctrina cristiana con claridad y precisión, y seguramente con parte de razón (pero también es enriquecedor el diálogo, claro).

Y ahora, en fin, maravillado estoy con la Poesía de Friedrich Hölderlin, dejándome acariciar por la brisa que recorre su Hiperión (sí, por fin puedo leer aquel regalo). Una joya. Por ahora poco más puedo decir; la lúcida sensibilidad que rezuman sus palabras me llevan de cielo en cielo.

"Agnosticismo" e inquietud espiritual en Borges

Hace poco me enteré de que Borges, que se declaraba agnóstico, quiso ser enterrado en un cementerio católico. Hace un tiempo, un amigo me contó lo mismo acerca de otro intelectual con inquietudes espirituales pero alejado durante su vida de la religión: Jünger. (Por cierto que tengo pendiente su libro La Emboscadura; ahora que llegan las vacaciones le hincaré el diente.)

Resulta curioso que personas que se declaran agnósticas expresen su deseo de ser enterradas por el rito católico. Sin embargo, quizá no sea tan extraño si recuperamos el verdadero sentido de la palabra agnóstico: «quiere decir en un sentido escricto que las realidades últimas (Dios, el alma, el significado del mundo) no son asequibles por la razón, pero pudiera ser que sí por otros medios. Por tanto, agnóstico no es necesariamente sinónimo de increyente o indiferente (que es la acepción que ha tomado hoy esta palabra). Así pues, Borges como agnóstico podría significar que le preocuparn o interesan vitalmente estos temas, aunque no tuviera un asentimiento definitivo de su razón a esos contenidos metafísicos. Se explicaría así la recurrencia de Borges a filósofos y doctrinas filosóficas: serían perspectivas, enfoques o respuestas potenciales a las cuestiones fundamentales planteadas por la inquietud existencial de Borges.» [Artículo de J. A. Antón Pacheco en LyE n.º 6.]

Así pues, filósofos (como Jünger) o literatos (como Borges) que por su terreno y su actividad pertenecen al mundo profano y moderno, resultan derivar, por sus inquietudes y sus aptitudes fuera de lo común, hacia una especie de "retorno a los orígenes" que les reconcilia de alguna forma con la espiritualidad tradicional. En efecto, cuando uno lee a Borges teniendo alguna noción de las tradiciones de sabiduría, no puede dejar de reconocer esquemas simbólicos que aluden a procesos interiores muy elevados, y termina el lector preguntándose si Borges era una especie de místico o si tocó alguna cuerda de lo místico a través de su magistral uso de las letras como arte simbólico que acabara apuntando a la Luna de la Sabiduría como arco de buena hechura.

Esta sospecha se ve confirmada en el hecho de que Borges, no sólo quiso ser enterrado por el rito católico, sino que su voluntad (frustrada por su enfermedad) en los últimos años de su vida fue entrar en un monasterio Zen. Además de los dos acontecimientos extraordinarios de su vida que su viuda María Kodama no duda en llamar experiencias místicas.

Arrepentimiento

Dice un poema de Juan Álvarez Gato (vivido entre los siglos XV y XVI):

Pídote, por tu venida,
que hagas esto por mí,
que llore lo que perdí.

Y que sea tal mi dolor
de haverte desconocido,
que iguale por lo perdido,
porque perdones, Señor;
que si lloro mi caída,
cierto só, Señor, de ti,
que me des lo que perdí.

Pues embía sin detener,
por honra del Nascimiento,
el triste arrepentimiento
que sin ti no puede ser;
y Josepe y la parida
me ganen, Señor, de ti
que llore lo que perdí.

Me gustaría poner ese arrepentimiento del que habla el poeta -valga el experimento- en relación con una estrofa del Zazen Wasan, el "Canto en alabanza del Zazen"[*] compuesto por el maestro Hakuin Zenji (1686-1769):

El zazen según lo enseña el Mahayana
no hay alabanza que agote sus méritos.
Las paramitas: dar limosna, guardar los preceptos...,
y otras obras buenas enumeradas de diferentes maneras,
invocación del nombre de Buda, arrepentimiento, etc.,
todo surge del zazen.

[*]: Zazen es la práctica del Zen, camino espiritual (o iniciático) surgido en Oriente de la confluencia del Budismo Mahayana y el Taoísmo.

Ese arrepentimiento del que se habla (al menos claramente en el canto de Hakuin) no es moral, no es derivado de un sentimiento de culpa, sino que es algo más profundo, una emoción que viene de muy adentro, que asalta a veces al ser humano dejándole la sensación de que algo le falta, de que está viviendo en un nivel superficial en el que es zarandeado por el mundo mientras que en el fondo y desde siempre lo que es en el fondo es amor puro, felicidad infinita, plenitud. Pero no se da cuenta, aunque algo intuye, y de ahí esa sensación (de origen desconocido, pero a veces muy fuerte) de "arrepentimiento" por la caída. En el poema de Juan Álvarez Gato, la voz poética implora a Dios ese arrepentimiento, desea "llorar lo que ha perdido", porque ese es el primer paso para iniciar la búsqueda de lo que nunca se ha ido. El hombre, en efecto, intuye que no es de este mundo, o dicho de otra forma, que vive en un sueño del que debe despertar. Es lo que mueve al hombre a buscar la solución. Bendito "arrepentimiento", pues.

Por cierto que también en un plano moral el arrepentimiento (sano y sin excesivas culpabilizaciones) es valioso, ya que resulta un acicate para avanzar en el camino de la vida y superar los muros que no nos dejan vivir ni ver la luz. Probablemente sin arrepentimiento (que, en lenguaje cristiano, llega precisamente debido al perdón de Dios), el hombre no tendría posibilidad de crecer, al menos en un plano moral.

La boda del Monzón

La boda del Monzón He visto La boda del Monzón, de la directora india Mira Nair. Una hermosa y divertida película que mantiene despierto y fascinado desde el principio hasta el final. Hace un tiempo ya hablábamos por aquí sobre otra película de amoríos: Mi gran boda griega, y comentábamos el valor que daba al matrimonio, al hecho de crear una familia por encima de los deseos personales o el típico amor romántico "contra el mundo". Era un inusual canto al amor en una dimensión más profunda, más real y más valiente que la habitualmente mostrada en las dulzonas pantallas. Más adelante, en otro post, copié un texto del maestro zen Aitken Roshi, que creo que merece la pena rescatar en su totalidad aquí:

«La verdadera pareja es libertad dentro de un compromiso expresado públicamente y de todas las expresiones de esta índole el matrimonio ofrece el contexto más seguro. Sin matrimonio también puede haber un acuerdo de establecer una relación y trabajar en ella. Muchas personas han quedado heridas por haber sido mal aconsejadas a casarse o han conocido a otras personas que han sido dañadas por ese motivo y por eso huyen de un compromiso decisivo que tenga un fundamento religioso difícil de deshacer. Forman relaciones de pareja, a menudo con éxito, pero la falta de un compromiso último siempre de alguna manera pesa en esa relación y, en momentos de dificultad, puede inducir la decisión de separarse. Un compromiso de vivir en pareja es ponerse de acuerdo en establecer una práctica de matrimonio juntos. La pareja llega a un entendimiento mutuo: "No es tanto el acuerdo de amar y honrarnos mutuamente, aunque eso es una parte muy importante, como el acuerdo de amar y honrar nuestra práctica matrimonial. Somos dos personas embarcadas en crear una obra de arte juntos".»*

(*): Robert Aitken, La mente de trébol, Árbol Editorial S.A. México 1990.

En La boda del Monzón, una mujer va a casarse con un hombre al que apenas conoce en un matrimonio concertado por sus familias, y ella todavía se está viendo con su amante casado en un amor corrupto y sin futuro. La película apuesta por una sociedad fundamentada en la familia y en la fidelidad matrimonial, apoyada en la sinceridad y en el cariño. Frente a la perversión de un supuesto amor romántico que se revela como egoísta y falso, se alza el sentido del compromiso y las ganas de vivir. La mujer es sincera con su futuro marido y así comienza a forjarse un pacto, un proyecto común que empieza a crecer gracias a un amor fundado en el respeto mutuo. Un canto al matrimonio como suprema manifestación social del amor.

Hay otras historias de amor paralelas en la película, y todas convergen naturalmente en la armonía de la familia como base indiscutible e insustituible de la sociedad. La familia es el lugar donde se aprende a amar (es decir, donde se aprende a vivir); Mira Nair, hija de una sociedad tradicional que aún conserva los valores humanos de siempre mientras va siendo inexorablemente occidentalizada y machacada por la modernidad, lo sabe y nos lo recuerda, apostando por la familia y por el amor que lleva al matrimonio con optimismo, alegría y belleza.

Por último, se nos muestra la belleza del ritual, la ceremonia del amor, la alegría y el cuidado en los preparativos de la boda. Y al mismo tiempo aparece la India en todo su esplendor y en toda su miseria. Hay personajes de clase alta y otros pobres, pero curiosamente al final todos participan de la fiesta, como expresando que el amor reconcilia y hace iguales a todos los hombres. La fractura no se produce a nivel social sino moral, pues el único excluido de la celebración será aquel que ha abusado de la confianza familiar.

Una película absolutamente recomendable, fascinante y deliciosa. Un canto al sacrificio, al matrimonio, a la familia: al amor en su alegre y colorida realidad vital.

El Final de los Tiempos. El Dolor

El Final de los Tiempos. El Dolor "Imaginemos un mundo en el que la técnica ejerce su dominio sobre los hombres. Un mundo en el que la democracia ha sido suplantada por el juego caciquil de los intereses industriales y financieros. Un mundo en el que la religión ha sido sustituida por una parodia de verborrea humanitaria. Un mundo en el que el libre pensamiento ha sido proscrito y la televisión se ha convertido en única referencia cultural de las muchedumbres. Un mundo cuya máxima aspiración es crear y reproducir artificialmente seres humanos."

El Final de los Tiempos. El Dolor, de José Javier Esparza (en ed. Áltera), es una novela donde la ciencia-ficción antiutópica, la reflexión filosófica y la sabiduría tradicional se dan la mano. Es un lamento por la miseria que traen los tiempos, y un canto al Espíritu que, aunque velado, nunca se perdió, pues sigue en el fondo de cada uno de nosotros, esperando ser reavivado por el hombre desde su apuesta por la autenticidad, que implica una fuga consciente del dominio de la miserable utopía que ha engendrado una razón desgajada.

Se describe un mundo -la ciudad de Cosmópolis- sin Espíritu, rendido al imperio de la técnica deshumanizada y sustentado en intereses financieros. No hay justicia verdadera ni espiritualidad real. El poder -falso y puramente nominal- descansa en la figura del Presidente, y la pretensión de un espíritu pertenece a la Iglesia de la Solidaridad, caricatura de institución religiosa que, habiendo matado a Dios, ensalza términos ambiguos como la solidaridad, que ocultan una simple sed de poder y una podredumbre que llega a todos los rincones, desde la hipócritamente moralista mirada del influyente Arcipreste.

Los ciudadanos de Cosmópolis están embargados por el Dolor de este mundo muerto, uno de cuyos efectos es la esterilidad, y esta conciencia del Dolor y la necesidad de aceptarlo y transmutarlo es la línea central de la novela. En este lugar tenebroso, antítesis del Paraíso Terrenal, existen disidentes que buscan o dan a conocer el Espíritu, con especial hincapié en la figura de la Diosa Madre, cuyo culto, se rumorea, es capaz de curar milagrosamente la esterilidad...

La novela me ha gustado mucho, especialmente algunas partes muy logradas, como el disidente discurso y posterior juicio público del Fráter León y la fuga final de los protagonistas, Román y Ayesha, en pos del sagrado Norte, el santuario de los sildavos, que viven en consonancia con el Espíritu y la Tierra.

Creo que la trama está bien llevada, los cabos se atan con brillante precisión, y la descripción de este mundo, que tanto recuerda al actual, es sencillamente genial. Se muestra con maestría un totalitarismo sutil, vilmente fundamentado en conceptos mutilados como la libertad, la democracia y la solidaridad, que carecen de todo buen sentido que hubieran podido tener en un principio. La hipocresía y la miseria que gobierna Cosmópolis, ciudad que se considera a sí misma como la culminación de un "progreso" histórico que al final se ha revelado como decadencia patética, es descrita por el autor con gran eficacia y coherencia.

La caracterización de los personajes también me parece loable. La podredumbre vestida de luz (luciferina, diríase) del Arcipreste, la ambigüedad del Fráter León, el espíritu de búsqueda fundado en los principios del consultor Román, la anhelada feminidad integral que se desarrolla en Ayesha, el carácter refinado del doctor Galés, que parece debatirse entre la disidencia consciente y la colaboración con el sistema...

En general, la novela descansa en una sólida argumentación filosófica y un profundo conocimiento de la sabiduría tradicional, que hacen fascinante su lectura y estremece al comprobar el parecido con la deriva que lleva nuestro mundo. El tratamiento del tema de la técnica es también especialmente remarcable, y el retrato del tecnólogo Untergehen, siempre drogado en su sueño monstruoso de crear vida artificial, me parece sublime. El sueño de la razón produce monstruos. Monstruos como Baphomet y Kobaka, los grotescos prototipos que engendra la ingeniería genética. También especialmente sagaz me parece la presentación de la Iglesia de la Solidaridad, con su hipocresía suprema y su carácter satánico disfrazado de luz y moralismo, siempre apelando a una "solidaridad" cuya ambigüedad y falta de fondo verdadero ya podemos constatar hoy a nuestro alrededor.

La novela deja abierta una continuación que se hace necesaria, pues tras la fuga debe haber un retorno y una restauración. La intención del autor es que la obra sea una trilogía, así que espero con avidez el segundo tomo.

Mi gran boda griega

Mi gran boda griega Bueno, por fin he visto Mi gran boda griega (My big fat greek wedding, Joel Zwick, USA, 2002), de la que me habían hablado muy bien. Y oye, no me ha decepcionado. Es más, me ha sorprendido gratamente. Aviso que voy a hablar del argumento. Y, como siempre, muy libremente voy a destacar lo que he visto personalmente. Y mi opinión, claro.

Veamos el escenario: una chica griega, cuya extensa familia es radicalmente (osea, desde la raíz) griega y naturalmente de religión ortodoxa, se enamora de un joven americano evidentemente no griego con familia corriente y típicamente occidental moderna. Uno esperaría, si esperara lo típico de las comedias románticas al uso, que los novios, hastiados de los obstáculos que la familia de la chica pone al inusual matrimonio, mandaran a todos a paseo y se fueran a Las Vegas a casarse en una deprimente y estatal ceremonia, animados por un "romántico" y hollywoodiense espíritu de "tú y yo contra el mundo".

Pues no. El chico, muy sensato, decide casarse con ella por la Iglesia Ortodoxa e integrarse con las costumbres de la familia, que lo recibe calurosamente en su seno, como uno más. "No vamos a casarnos a escondidas", le dice a su amada. Así que deciden luchar y seguir adelante, aceptando y no rechazando. Y al final, todos contentos. El amor reconcilia las diferencias. Ninguno de los dos es especialmente religioso, pero se casan por la Iglesia porque la familia de ella sí lo es; en una lectura superficial, esto parecería hipócrita, pero no lo es, pues es ante todo un sí al amor con todas sus consecuencias. En un principio, les chocan a ambos las costumbres arraigadas de los numerosos familiares de la chica, pero lo aceptan, porque no sólo están ellos, también está la familia. Esto sí es subversivo. Es un canto a la familia, un sí a la tradición. Lo típico habría sido el rechazo; aquí hay reconciliación.

Destaca el contraste entre la gran familia de ella, todo amor, calor y ante todo alegría, ¡vida!, y la pequeña familia de él, aburrida, sosa, vamos, una típica familia moderna americana. Al final, todos quedan perfectamente integrados. "Aquí hay manzanas y naranjas, pero en el fondo, todos somos frutos". Integrados ante todo desde el brillo de la gran familia griega enraizada en la tradición y la vida, y a través del nuevo brillo de la unión con la nueva familia. Lo más oscuro de ambas partes queda renovado por la unión. El resultado: ¡un nuevo árbol frutal bien enraizado y exultante de vida!

Una frase que el hermano de la chica le dice: "No dejes que tu pasado te dicte quién debes ser, pero deja que el pasado forme parte de quién vas a ser". Genial. Esto es subversión. No abandones la tradición, no abandones el tesoro que te han legado los tuyos, ni tampoco seas esclavo de ello; por el contrario, deja que su brillo te enriquezca, reintégrate con él y coge las riendas de tu vida bien asentado en la base.

Es una boda entre lo moderno y lo tradicional, entre lo gris y lo colorido, entre la falta de ritos y costumbres y el arraigo en ellas. ¡Una invitación a la reconciliación! Una invitación a re-aceptar el pasado y mirar hacia el futuro, para vivir en el presente, para SER y no sólo pasar en esta vida sin más, sin color, sin belleza. Porque belleza hay en el bautismo del futuro novio (que ojo, lo acepta de buen grado por amor, ¿y qué es el bautismo sino un sí al amor?) y belleza hay en la boda ortodoxa, una rica ceremonia cargada de rito con sentido, belleza, color, celebración de la nueva familia, de la nueva unión sagrada de Cielo y Tierra. ¡Música! Más adelante, cuando la pareja casada tiene hijos, en la casa en la que fundan la nueva familia (una casa regalada por el padre de ella, es decir, unos cimientos vitales puestos por la tradición), enseñan a sus hijos griego. Así, la transmisión continúa, el pasado no se ha perdido, se ha reintegrado.

Por todo ello, me parece una comedia romántica diferente. Muy recomendable y más profunda y subversiva de lo que parece a simple vista. En mi opinión, el "nosotros contra el mundo" está más vivo en esta película que en muchas otras comedias románticas al uso. Es un sí realista, amoroso y sensato a la vida, al mundo, un sí en contra de lo que esta sociedad tendente a la desunión y al olvido del pasado esperaría. Porque el amor no sólo está en la romántica unión de él y ella. Está en la unión de las familias, en el eterno canto a la unidad y al Paraíso que se refleja en los valores, en el Sentido, en la familia, en la integración en un todo, en este caso a través de la familia y la aceptación de lo que lo tradicional debe aportar. ¡No a la nada! ¡Sí a la vida!

Héroes y Caminos. Lectura espiritual de Spider-Man

Héroes y Caminos. Lectura espiritual de Spider-Man Hace poco he visto Spider-man 2. Estoy encantado con la película, la verdad. Me encantó la primera parte y la segunda no me ha decepcionado en absoluto, al contrario, hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una peli. A lo mejor no soy muy exigente, no lo sé. Pero no es mi intención hacer sesudas críticas; para eso están los críticos. A lo que yo voy más bien es a intentar expresar algunas de las impresiones que me ha producido la película, el personaje, la historia, desde una cierta lectura personal surgida con naturalidad.

Aclaro desde un principio que yo me crié con los tebeos de Conan, y no con los de los superhéroes de Marvel, aunque eso no significa que los desconociera, pero nunca profundicé en las historias de Spider-man, los X-Men y sus colegas, ni tampoco en las oscuras aventuras de Bat-Man, lo que significa que mi conocimiento del mito de Spider-man se reduce a los escasos escarceos con el personaje en mi infancia y a las dos películas de San Raimi que han sido estrenadas hasta ahora. Lo mío, en la adolescencia, eran los bárbaros, los monstruos, las civilizaciones antiguas como el mundo y los secretos escondidos en ciudades encantadas. En cuanto a Conan tengo que decir que es un héroe en apariencia más individualista que los superhéroes, en el sentido de que no lucha regido por códigos morales, sino que lleva su propio camino y se guía por su propia ética de honor y vitalismo. En realidad, creo que la verdadera diferencia entre Conan y los superhéroes es que el primero es más simbólico, y los segundos más morales. En el fondo, ambos viven entregados a la vida; Conan como un bárbaro (Edad de Oro, antes de la Caída, sin esquemas morales, simplemente viviendo, más allá del bien y del mal), los superhéroes como héroes civilizados que se sacrifican por los demás y luchan contra el mal (después de la Caída, con esquemas morales).

Bueno, y en cuanto a héroes de infancia no nos olvidemos del anime, pues para mí antes que Conan estuvieron los Caballeros del Zodíaco, a quienes agradezco desde aquí sus lecciones de humanidad y de mitología. ¡Gracias, Seiya, por levantarte siempre tras caer medio muerto; los demás no te apreciaban porque decían que eras tonto, pero yo vi tu grandeza! Sí, eso se llama perseverancia: que la vida te golpee una y otra vez y tú te levantes una y otra vez, diciendo sí a la vida y a la muerte, lo que toque. Y es que viendo a los Caballeros se aprendía lo que es el honor, la amistad, el espíritu de lucha, y sobre todo, ahora lo veo, la confianza, el vivir con fe en que, aunque mi cabeza me dice que al siguiente paso me muero, voy y doy el paso.

Pero me estoy yendo del tema de este post: Spider-Man, aunque mis últimas consideraciones también valen para este superhéroe. Viendo la película me he dado cuenta de que la trayectoria de Peter Parker (Spider-Man) se puede ver desde una perspectiva más profunda que la habitualmente abordada por la crítica; todo tiene muchas lecturas, y a veces me da la impresión de que la obra de arte supera habitualmente las expectativas de todos, espectadores y autor. La lectura moral del héroe suele ser el último paso que se da en la crítica. Se dice que el superhéroe se sacrifica por los demás, por salvar al mundo. Y esto es cierto. Me parece que se puede ir más allá: ¡Peter Parker, simbólicamente, anda todo un camino iniciático! Está dentro de ese camino, ha decidido renunciar a sus propios deseos y andar ese camino de entregarse a la vida (ver primera película), abandonarse a Su Voluntad, casi se podría decir en lenguaje cristiano. Ahora, en la segunda parte, comienzan a surgir las dudas. Y es que todo verdadero camino pasa por enormes desiertos y dificultades. El protagonista ve cómo todo se vuelve contra él, no recibe la consideración que desearía, ve desesperado cómo se le escapa todo lo que querría poseer, mientras él no hace más que dar su vida por el mundo.

¿Dije "por el mundo"? Aquí hay que aclarar algo. Nuestro héroe, en realidad, no se dedica a salvar el mundo en plan Supermán, deteniendo amenazas para toda la humanidad. Salva al prójimo. Se entrega al prójimo... ¡con auténtico amor! Con abandono de sí mismo. No lo hace simplemente porque sea "lo que está bien". Hacer lo correcto, para él, supone una prueba que va más allá de la simple moral, pues debe renunciar a sí mismo y entregarse plenamente al prójimo, que es el próXimo, el que está al lado, el ciudadano de la calle, el vecino. "Por cortesía de su amigo y vecino Spider-Man", dice la nota que deja siempre al ayudar a alguien. ¡Amor al prójimo! Esto es Evangelio puro. Pero no el de papel, no la letra, no. ¡Esto es Evangelio, Dharma, DARSE! La buena noticia: el Reino de Dios está cerca, está dentro, y se realiza en el Darse. Y Peter Parker no hace otra cosa que darse. Al prójimo. A la vida. Así es como se salva al mundo: asumiendo la responsabilidad de entregarse a la vida, dejando que se haga lo que se ha de hacer a través de ti. En la película, me pareció ver esto hasta en la forma de correr y "volar" del personaje: se mueve como abandonado, llevado por unas fuerzas que no son las suyas. Actúa movido por un viento que sopla donde quiere.

Cuando el camino de Peter Parker atraviesa el desierto y la penalidad (y al mismo tiempo que avanzan las dudas, va "perdiendo sus poderes"), tropieza y cae (también en sentido figurado, pues su poder ya no surge). Nada más natural. Se echa atrás, vuelve a las estructuras del ego, se vuelve a poner el verdadero disfraz, que no es el traje de superhéroe, sino esas gafas y esa actitud ante los problemas de los demás de "que lo haga otro". Vuelve a ser "una persona normal", pero ése es el verdadero disfraz, que oculta un egoísmo que es miedo ante la vida. Las cosas mundanas comienzan a irle aparentemente mejor, vuelve a ir bien en los estudios, pero algo le llama con más fuerza que nunca bajo la superficie, y en el fondo sabe que está fingiendo. Que por mucho que lo intente, no puede dejar de ser Spider-Man y Peter Parker al mismo tiempo. Se da cuenta, porque ya ha experimentado, ha saboreado lo que es entregarse a la vida y ser lo que es en el fondo. Y en ese caso, la consciencia de la realidad es ya muy fuerte como para olvidarse y volver a la mediocridad de una vida encerrada en las estructuras del ego.

Cuando Peter Parker empieza a darse cuenta de que así no va a ninguna parte, entonces es como el hombre que se arrepiente. En lenguaje cristiano, en cuanto uno se arrepiente de sus faltas, entonces ya ha sido perdonado. Y, entonces, la vida comienza a darte lo que necesitas. Es justo cuando Peter Parker se lamenta de estar en lo más bajo de su infierno interior y ha perdido toda esperanza, cuando se siente enormemente necesitado de amor, cuando al mismo tiempo reconoce su caída y ruega una salida, es entonces cuando la vida le da lo que necesita. Aparece una muchacha que vive en el edificio (y que aparentemente no pinta nada en toda la película) y se ofrece a darle de comer. Está recibiendo, porque para dar primero hay que recibir. Esta escena me conmovió, porque me di cuenta de que no se puede entender si no es desde este punto de vista. Es por estas cosas que creo que la buena obra de arte admite a menudo más lecturas que las que acaso el mismo autor imaginó (o quizá sí las previó, pero no las críticas que he leído, que consideran esta escena como absurda y sobrante). En mi opinión, esta escena que aparentemente no tiene sentido, en la que Peter Parker se come la comida que le ha preparado la vecina con dedicación entregada, es la escena central de la película, el punto de inflexión, desde la condenación hacia la salvación, desde la enfermedad (del ego) hacia la cura. ¿Y quién hace la curación? El amor. Peter Parker recibe, y a partir de entonces está de nuevo encauzado y capacitado para volver a DARSE.

Y eso es justo lo que hace. Poco a poco, en la medida en que se entrega y se decide a renunciar a sí mismo y darse a la vida, también recupera sus "poderes". Y al final, la vida le recompensa por su renuncia y su sacrificio. La chica que él ama y que también le ama a él comprende su decisión de renunciar a ella por su responsabilidad. Y ella acepta también su propia responsabilidad y elige permanecer a su lado.

En el fondo, todo se concreta en la elección. Es la Y de los pitagóricos, la encrucijada de Hércules (prueba por la que Peter Parker pasa en la primera película, en la que ha de elegir el camino que tomará en la vida), con un nuevo lenguaje. Todo hombre debe elegir entre ser lo que es en el fondo o no, entre darse o encerrarse. Puede ser una encrucijada moral en el sentido de hacer lo correcto o lo que uno quiere, pero es también más que eso. Es una cuestión espiritual, vital, esencial. Que arde como llama inextinguible en el corazón de todo ser humano. Todos podemos ser "héroes", porque todos somos "un héroe", además de nuestra "personalidad secreta" o mundana. No es nada nuevo. En lenguaje cristiano, todos somos "cuerpo de Cristo", todos podemos ser Cristo porque, además de quien somos, ya somos esa Luz en el fondo. Esa Luz cuyo nacimiento encarnado se celebra en el Solsticio de Invierno o Navidad. En lenguaje budista, dice Hakuin Zenji, desde su experiencia a través del Zen:

En este momento ¿qué te falta?
Se te manifiesta nirvana,
El lugar donde estás es la Tierra Pura.
TÚ ERES CUERPO DE BUDA.

El Fin de los Tiempos (V): Daniel

El Fin de los Tiempos (V): Daniel Acerquémonos ahora al complejo simbolismo de una de las visiones apocalípticas de Daniel: la visión de las cuatro bestias. Daniel es un profeta del Antiguo Testamento que siempre me ha fascinado, supongo que porque llevo su nombre, pero he llegado más lejos que a una simple simpatía, pues siento de alguna forma un vínculo. Yo no sería el mismo Daniel si no fuera por aquel primer Daniel. Siempre he considerado de una forma casi intuitiva que conocer el origen del propio nombre e intentar aprender lo que puedas del personaje al que se lo debes es casi un "deber" para con el Ser Humano como ente supraindividual, pues yo no sería nada sin los que me precedieron, y mi formación cultural, mi visión del mundo, no sería la misma sin la tradición. "Hacer mío" el nombre que llevo pasa por conocer y saborear lo que caracterizó al que llevó mi nombre. Lo veo casi como un acto de agradecimiento a nuestros antepasados.

Volviendo al tema. La palabra "profeta" deriva del griego prophétes: "hablar en nombre de", "ser portavoz". Y corresponde con el hebreo nabi, seguramente procedente del asirio nabû, "llamar". Es decir, el profeta es el "llamado", el "inspirado", el portavoz de Dios, que interpreta en un sentido sobrenatural la Historia, o más bien que posa una simbólica mirada en la Historia desde lo más profundo de su ser. Es el Espíritu el que habla a través del profeta, habitualmente mediante visiones simbólicas, para dar a conocer una visión cíclica del tiempo y el mundo. La riqueza y la profundidad de las profecías (y me refiero a las tradicionales y ricamente simbólicas, y no a las simples "predicciones" que pululan por ahí) es tal que permiten varias lecturas, aplicadas a la Historia del hombre, al desarrollo de las sociedades, al proceso iniciático, etc. Cualidad que por otra parte es característica de todas las escrituras sagradas y mitos en general, sea cual sea su tradición. No creo, como algunos, que el Espíritu sólo se manifieste en la tradición judía y luego en la cristiana, ni tampoco creo, desde luego, que no se manifieste en ninguna, como los que consideran a las religiones y mitologías simples cuentos para sostener a estructuras de poder. El poder está ahí, claro, pero volvamos con honestidad a mirar al principio, a la raíz: ¡Experiencia espiritual, Sabiduría! Y por supuesto, miremos las obras de los que beben de esa fuente que hay en el fondo: la Poesía y el Símbolo brillan, ¿no lo veis?

De nuevo: volviendo al tema, que me desvío del asunto. Daniel significa "juez es Dios". Dotado de una sabiduría extraordinaria, se reveló como intérprete prodigioso de sueños proféticos y visiones. Según el libro que lleva su nombre, parece que vivió durante el siglo VI a. de C.; era un joven deportado en Babilonia y residente en la corte de Nabucodonosor bajo el nombre de Baltasar.

La simbología de la visión de las cuatro bestias es muy compleja y, francamente, mis conocimientos de simbolismo son pequeños, tanto que me limitaré a señalar, como vengo haciendo en esta serie de textos sobre el Fin de los Tiempos, algunos aspectos concretos que me llaman la atención.

En primer lugar, quiero señalar la aparición del número cuatro relacionado con grandes etapas de la Historia. En Hesíodo eran cuatro Edades, en los Puranas son cuatro Yugas, y aquí aparecen las cuatro bestias. La última de ellas, la más terrible, se parece mucho en sus atributos a la Edad de Hierro o Kali-Yuga. "Tenía enormes dientes de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas; era diferente de todas las otras bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos." (7, 7).

En segundo lugar, me llama la atención la referencia a la renovación del ciclo, como la nueva Edad de Oro, el nuevo mundo tras el Ragnarök, etc.: "Y serán entregados a los santos del Altísimo el reino, el poder y la grandeza de los reinos que bajo todo el cielo existen; su reino será un reino eterno y todos los imperios le servirán y estarán sujetos a él." (7, 27) Estar sujetos al reino del Altísimo es, según me parece, estar en armonía con nuestra naturaleza esencial, ser lo que somos en el fondo, ver la realidad sin velos. Es decir, vivir en la Edad de Oro, en el Paraíso terrenal (valgan los símbolos), en un estado similar al de "antes de la Caída".

Sin más dilaciones, paso a presentar el texto de la primera visión profética de Daniel, extraído de La Santa Biblia, Ediciones Paulinas, 1976:


Visión de las cuatro bestias.

El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel, mientras se encontraba en el lecho, tuvo un sueño y pasaron por su espíritu unas visiones. En seguida puso por escrito su sueño.

Comienzo de la narración. Daniel tomó la palabra y dijo: Veía yo en visiones durante la noche que los cuatro vientos del cielo agitaban el mar grande. Y que cuatro bestias enormes, diversas una de otra, salían del mar. La primera era como un león, con alas de águila. Yo estaba mirando y vi que le arrancaron las alas, la levantaron de la tierra y la incorporaron como un hombre, y le dieron un corazón humano. Después de ésta apareció otra bestia, la segunda, semejante a un oso; iba levantada de un lado y tenía tres costillas en las fauces entre sus dientes; y se le decía: "¡Ea, devora mucha carne!" Después -yo seguía contemplando- vi otra bestia, como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; tenía también cuatro cabezas, y le fue dado el poder. A continuación y siempre en mi visión nocturna, vi una cuarta bestia terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte. Tenía enormes dientes de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas; era diferente de todas las otras bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos.

Yo miraba los cuernos y observé que de en medio de ellos despuntaba otro cuerno, y que tres de los diez precedentes le eran arrancados para dar cabida a aquél. Vi también que el nuevo cuerno tenía ojos como los de un hombre, y una boca que profería palabras insolentes.


El Anciano y el juicio.


Yo seguía observando:
unos tronos se aderezaron
y un Anciano se sentó.
Sus vestiduras eran
blancas como la nieve,
como lana pura
el cabello de su cabeza;
su trono era de llamas,
con ruedas de fuego ardiente.

Un río de fuego manaba
y salía de su presencia.
Miles de millares le servían,
y miríadas de miríadas
estaban de pie en su presencia.
El tribunal se sentó
y los libros se abrieron.

Yo seguía mirando atraído por el ruido de las palabras insolentes que aquel cuerno profería, cuando he aquí que, mientras contemplaba, la bestia fue muerta y su cuerpo destrozado y arrojado a las llamas ardientes. En cuanto a las otras bestias, fueron privadas del poder, si bien se les concedió un período de vida, durante un tiempo y una fecha determinada.


El hijo del hombre.


Yo seguía contemplando en mis visiones nocturnas:
En las nubes del cielo venía
uno como un Hijo de hombre;
se dirigió hacia el Anciano
y fue conducido a su presencia.

Se le dio poder, gloria e imperio,
y todos los pueblos,
naciones y lenguas le servían.
Su poder era un poder eterno,
que nunca pasará,
y su reino no será destruido jamás.


Explicación de la visión.


Yo, Daniel, quedé profundamente turbado en mi espíritu, y las visiones que contemplé me dejaron asustado. Me acerqué a uno de los que estaban allí de pie y les rogué me informara del sentido de todo aquello. Él me respondió y me indicó la interpretación de las visiones: "Estas cuatro bestias enormes son cuatro reyes que aparecerán sobre la tierra; pero después recibirán el reino los Santos del Altísimo y lo poseerán por siempre, eternamente." Entonces quise saber la verdad sobre la cuarta bestia, que era diferente de las otras, extraordinariamente terrible, con dientes de hierro y uñas de bronce, que comía y trituraba y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas. Pregunté también acerca de los diez cuernos que había en su cabeza y del cuerno que despuntó y ante el cual habían caído tres, de aquel cuerno que tenía ojos y una boca que profería palabras insolentes, y que aparecía mayor que los otros cuernos. Había observado además que este cuerno hacía la guerra contra los santos y los vencía, hasta que vino el Anciano y se hizo justicia a los santos del Altísimo, llegando finalmente el tiempo en que los santos tomaron posesión del reino.

Él me respondió: "La cuarta bestia significa que vendrá al mundo un cuarto reino, distinto de los otros, el cual devorará toda la tierra, la hollará y la triturará. Los diez cuernos significan que de este reino surgirán diez reyes, y que después de ellos surgirá otro, distinto de los precedentes, que derribará a tres de ellos. Proferirá palabras insolentes contra el Altísimo, perseguirá a los santos del Altísimo y tratará de cambiar festividades y leyes. El pueblo santo será entregado en su poder por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo. Pero al fin tendrá lugar el juicio. Será éste privado del poder, que quedará exterminado y aniquilado para siempre. Y serán entregados a los santos del Altísimo el reino, el poder y la grandeza de los reinos que bajo todo el cielo existen; su reino será un reino eterno y todos los imperios le servirán y estarán sujetos a él."

Aquí termina la relación. Yo, Daniel, quedé turbado por estos pensamientos y se me demudó el color del rostro. Pero lo guardé todo en mi corazón.

El Fin de los Tiempos (V): Daniel

El Fin de los Tiempos (V): Daniel Acerquémonos ahora al complejo simbolismo de una de las visiones apocalípticas de Daniel: la visión de las cuatro bestias. Daniel es un profeta del Antiguo Testamento que siempre me ha fascinado, supongo que porque llevo su nombre, pero he llegado más lejos que a una simple simpatía, pues siento de alguna forma un vínculo. Yo no sería el mismo Daniel si no fuera por aquel primer Daniel. Siempre he considerado de una forma casi intuitiva que conocer el origen del propio nombre e intentar aprender lo que puedas del personaje al que se lo debes es casi un "deber" para con el Ser Humano como ente supraindividual, pues yo no sería nada sin los que me precedieron, y mi formación cultural, mi visión del mundo, no sería la misma sin la tradición. "Hacer mío" el nombre que llevo pasa por conocer y saborear lo que caracterizó al que llevó mi nombre. Lo veo casi como un acto de agradecimiento a nuestros antepasados.

Volviendo al tema. La palabra "profeta" deriva del griego prophétes: "hablar en nombre de", "ser portavoz". Y corresponde con el hebreo nabi, seguramente procedente del asirio nabû, "llamar". Es decir, el profeta es el "llamado", el "inspirado", el portavoz de Dios, que interpreta en un sentido sobrenatural la Historia, o más bien que posa una simbólica mirada en la Historia desde lo más profundo de su ser. Es el Espíritu el que habla a través del profeta, habitualmente mediante visiones simbólicas, para dar a conocer una visión cíclica del tiempo y el mundo. La riqueza y la profundidad de las profecías (y me refiero a las tradicionales y ricamente simbólicas, y no a las simples "predicciones" que pululan por ahí) es tal que permiten varias lecturas, aplicadas a la Historia del hombre, al desarrollo de las sociedades, al proceso iniciático, etc. Cualidad que por otra parte es característica de todas las escrituras sagradas y mitos en general, sea cual sea su tradición. No creo, como algunos, que el Espíritu sólo se manifieste en la tradición judía y luego en la cristiana, ni tampoco creo, desde luego, que no se manifieste en ninguna, como los que consideran a las religiones y mitologías simples cuentos para sostener a estructuras de poder. El poder está ahí, claro, pero volvamos con honestidad a mirar al principio, a la raíz: ¡Experiencia espiritual, Sabiduría! Y por supuesto, miremos las obras de los que beben de esa fuente que hay en el fondo: la Poesía y el Símbolo brillan, ¿no lo veis?

De nuevo: volviendo al tema, que me desvío del asunto. Daniel significa "juez es Dios". Dotado de una sabiduría extraordinaria, se reveló como intérprete prodigioso de sueños proféticos y visiones. Según el libro que lleva su nombre, parece que vivió durante el siglo VI a. de C.; era un joven deportado en Babilonia y residente en la corte de Nabucodonosor bajo el nombre de Baltasar.

La simbología de la visión de las cuatro bestias es muy compleja y, francamente, mis conocimientos de simbolismo son pequeños, tanto que me limitaré a señalar, como vengo haciendo en esta serie de textos sobre el Fin de los Tiempos, algunos aspectos concretos que me llaman la atención.

En primer lugar, quiero señalar la aparición del número cuatro relacionado con grandes etapas de la Historia. En Hesíodo eran cuatro Edades, en los Puranas son cuatro Yugas, y aquí aparecen las cuatro bestias. La última de ellas, la más terrible, se parece mucho en sus atributos a la Edad de Hierro o Kali-Yuga. "Tenía enormes dientes de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas; era diferente de todas las otras bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos." (7, 7).

En segundo lugar, me llama la atención la referencia a la renovación del ciclo, como la nueva Edad de Oro, el nuevo mundo tras el Ragnarök, etc.: "Y serán entregados a los santos del Altísimo el reino, el poder y la grandeza de los reinos que bajo todo el cielo existen; su reino será un reino eterno y todos los imperios le servirán y estarán sujetos a él." (7, 27) Estar sujetos al reino del Altísimo es, según me parece, estar en armonía con nuestra naturaleza esencial, ser lo que somos en el fondo, ver la realidad sin velos. Es decir, vivir en la Edad de Oro, en el Paraíso terrenal (valgan los símbolos), en un estado similar al de "antes de la Caída".

Sin más dilaciones, paso a presentar el texto de la primera visión profética de Daniel, extraído de La Santa Biblia, Ediciones Paulinas, 1976:


Visión de las cuatro bestias.

El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel, mientras se encontraba en el lecho, tuvo un sueño y pasaron por su espíritu unas visiones. En seguida puso por escrito su sueño.

Comienzo de la narración. Daniel tomó la palabra y dijo: Veía yo en visiones durante la noche que los cuatro vientos del cielo agitaban el mar grande. Y que cuatro bestias enormes, diversas una de otra, salían del mar. La primera era como un león, con alas de águila. Yo estaba mirando y vi que le arrancaron las alas, la levantaron de la tierra y la incorporaron como un hombre, y le dieron un corazón humano. Después de ésta apareció otra bestia, la segunda, semejante a un oso; iba levantada de un lado y tenía tres costillas en las fauces entre sus dientes; y se le decía: "¡Ea, devora mucha carne!" Después -yo seguía contemplando- vi otra bestia, como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; tenía también cuatro cabezas, y le fue dado el poder. A continuación y siempre en mi visión nocturna, vi una cuarta bestia terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte. Tenía enormes dientes de hierro, comía y trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas; era diferente de todas las otras bestias que la habían precedido y tenía diez cuernos.

Yo miraba los cuernos y observé que de en medio de ellos despuntaba otro cuerno, y que tres de los diez precedentes le eran arrancados para dar cabida a aquél. Vi también que el nuevo cuerno tenía ojos como los de un hombre, y una boca que profería palabras insolentes.


El Anciano y el juicio.


Yo seguía observando:
unos tronos se aderezaron
y un Anciano se sentó.
Sus vestiduras eran
blancas como la nieve,
como lana pura
el cabello de su cabeza;
su trono era de llamas,
con ruedas de fuego ardiente.

Un río de fuego manaba
y salía de su presencia.
Miles de millares le servían,
y miríadas de miríadas
estaban de pie en su presencia.
El tribunal se sentó
y los libros se abrieron.

Yo seguía mirando atraído por el ruido de las palabras insolentes que aquel cuerno profería, cuando he aquí que, mientras contemplaba, la bestia fue muerta y su cuerpo destrozado y arrojado a las llamas ardientes. En cuanto a las otras bestias, fueron privadas del poder, si bien se les concedió un período de vida, durante un tiempo y una fecha determinada.


El hijo del hombre.


Yo seguía contemplando en mis visiones nocturnas:
En las nubes del cielo venía
uno como un Hijo de hombre;
se dirigió hacia el Anciano
y fue conducido a su presencia.

Se le dio poder, gloria e imperio,
y todos los pueblos,
naciones y lenguas le servían.
Su poder era un poder eterno,
que nunca pasará,
y su reino no será destruido jamás.


Explicación de la visión.


Yo, Daniel, quedé profundamente turbado en mi espíritu, y las visiones que contemplé me dejaron asustado. Me acerqué a uno de los que estaban allí de pie y les rogué me informara del sentido de todo aquello. Él me respondió y me indicó la interpretación de las visiones: "Estas cuatro bestias enormes son cuatro reyes que aparecerán sobre la tierra; pero después recibirán el reino los Santos del Altísimo y lo poseerán por siempre, eternamente." Entonces quise saber la verdad sobre la cuarta bestia, que era diferente de las otras, extraordinariamente terrible, con dientes de hierro y uñas de bronce, que comía y trituraba y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas. Pregunté también acerca de los diez cuernos que había en su cabeza y del cuerno que despuntó y ante el cual habían caído tres, de aquel cuerno que tenía ojos y una boca que profería palabras insolentes, y que aparecía mayor que los otros cuernos. Había observado además que este cuerno hacía la guerra contra los santos y los vencía, hasta que vino el Anciano y se hizo justicia a los santos del Altísimo, llegando finalmente el tiempo en que los santos tomaron posesión del reino.

Él me respondió: "La cuarta bestia significa que vendrá al mundo un cuarto reino, distinto de los otros, el cual devorará toda la tierra, la hollará y la triturará. Los diez cuernos significan que de este reino surgirán diez reyes, y que después de ellos surgirá otro, distinto de los precedentes, que derribará a tres de ellos. Proferirá palabras insolentes contra el Altísimo, perseguirá a los santos del Altísimo y tratará de cambiar festividades y leyes. El pueblo santo será entregado en su poder por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo. Pero al fin tendrá lugar el juicio. Será éste privado del poder, que quedará exterminado y aniquilado para siempre. Y serán entregados a los santos del Altísimo el reino, el poder y la grandeza de los reinos que bajo todo el cielo existen; su reino será un reino eterno y todos los imperios le servirán y estarán sujetos a él."

Aquí termina la relación. Yo, Daniel, quedé turbado por estos pensamientos y se me demudó el color del rostro. Pero lo guardé todo en mi corazón.