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Armonía universal

Armonía universal

Entonces Ilúvatar habló, y dijo: -Poderosos son los Ainur, y entre ellos el más poderoso es Melkor; pero sepan él y todos los Ainur que yo soy Ilúvatar; os mostraré las cosas que habéis cantado y así veréis qué habéis hecho. Y tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mí su fuente más profunda, y que nadie puede alterar la música a mi pesar. Porque aquel que lo intente probará que es sólo mi instrumento para la creación de cosas más maravillosas todavía, que él no ha imaginado.

(Del Ainulindalë, en: J.R.R. Tolkien, El Silmarillion, Minotauro, Barcelona, 1984.)

Esclavos del loto negro

Otro fragmento literario que me ha llamado poderosamente la atención. Pertenece al relato Xuthal del crepúsculo, de Robert E. Howard, publicado en septiembre de 1933. Aunque está ambientado en un contexto de fantasía heroica (el mundo de Conan), parece admitir ser trasladado al futuro o a nuestro presente aportándole un carácter distópico que lo acercaría a críticas próximas a la que hace Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz o a la del clásico cinematográfico La fuga de Logan.

Esta gente duerme durante la mayor parte del tiempo. El sueño es para ellos tan importante y tan real como su vida de vigilia. ¿Has oído hablar alguna vez del loto negro? Crece en algunos lugares de la ciudad. Lo han cultivado durante muchos años y lograron que su jugo, en lugar de producir la muerte, proporcione sueños agradables y fantásticos. La gente se pasa la mayor parte del tiempo soñando. Sus vidas son vagas, impredecibles y carecen de objeto. Sueñan, despiertan, beben, aman, comen y vuelven a soñar. Rara vez terminan lo que comienzan porque inmediatamente vuelven a sumirse en el sueño del loto negro.

¿Podría parecer que se trata de un destino envidiable? Quizás a primera vista (y según si prefieres la pastilla roja o la pastilla azul... je). Pero a menudo, tras una vida aparentemente feliz y sin preocupaciones, acechan las más terribles sombras que se puedan concebir:

Se trata de Thog, el Antiguo, el dios de Xuthal, que habita en la cúpula hundida del centro de la ciudad. Siempre ha vivido en Xuthal. Nadie sabe si llegó con los antiguos fundadores o si ya estaba aquí cuando se construyó la ciudad. Pero la gente de Xuthal lo adora. Casi siempre duerme bajo la ciudad, pero a veces, a intervalos, siente hambre, y entonces vaga por los corredores secretos y por las habitaciones mal iluminadas buscando una presa. Por lo tanto, nadie está seguro. [...] Se extinguirán dentro de unas pocas generaciones y Thog tendrá que ir por el mundo en busca de nuevas presas o regresar a las tinieblas de las que vino hace siglos. Se dan cuenta de que están condenados [...] pero su fatalismo les impide oponer resistencia o huir. Ni una sola persona de esta generación ha salido de estas murallas. [...] Se trata de una raza en vías de extinción, ahogada por sueños provocados por el loto, mientras que sus horas de vigilia son estimuladas por el vino dorado que cura heridas, prolonga la existencia y da fuerzas a los libertinos.

Así que los que aparentaban ser dioses liberados del mundo no son más que presas de las tinieblas que acaso ellos mismos, en su decadencia, han instalado en el centro de su existencia. Son esclavos de una realidad virtual donde el ocio y la autosatisfacción ahogan cualquier atisbo de amor a la vida y a la verdadera libertad. Son muertos vivientes encadenados a sus propios deseos. Deshumanizados. Pasto de los demonios.

Sólo viven para sus placeres sensuales. Soñando o despiertos, sus vidas están llenas de éxtasis exóticos, muy superiores a los del resto de los hombres.

–¡Malditos degenerados! –exclamó Conan.

–Es cuestión de opiniones –repuso Thalis con ironía.

Esas dos aserciones podrían ser interpretadas como dos actitudes de nuestro tiempo ante la profunda crisis espiritual y moral que nos afecta: por un lado, la del rechazo tradicionalista (en boca de Conan); por otro, la del relativismo de Thalis que, tras analizar la muerte del Espíritu que ha acabado con la gente de Xuthal (pues ha sido ella la narradora de los males de su pueblo), responde con cínica complacencia ante su propio destino. Pero hay una tercera frase, pronunciada por Conan tras su primera reacción, la reacción de un bárbaro ajeno a la decadencia de la civilización. Una mucho más ambigua y que admite ser vista como una apertura a un nivel distinto, como una respuesta surgida desde otro ámbito:

–Bueno –murmuró el cimmerio–, creo que estamos perdiendo el tiempo. Veo que este no es un lugar adecuado para simples mortales. Nos iremos antes de que tus degenerados despierten o Thog nos devore. Sospecho que el desierto es un lugar mucho más acogedor.

La opción del desierto es la opción de la emboscadura que propusiera Ernst Jünger. Refugiarse allí es situarse en el lugar inhóspito, salvaje y peligroso en que nos enfrentamos a nosotros mismos escapando de la deriva del mundo, de la nave o el Leviatán. Supone, al mismo tiempo, conectar con aquello que nos hace humanos y nos enriquece para salir, renovados y libres, a la tierra que espera nuestro regreso y nuestra bendición. Nuestra acción transformadora, que no es otra –si salimos vivos del desierto o el bosque, o emergemos regenerados de nuestro paso por los infiernos– que la acción del Espíritu.

En el fondo, se trata de una opción que, dejando aparte interpretaciones alusivas a nuestro momento histórico, pertenece al ser humano en su totalidad: al de ayer, al de hoy y, con un poco de esperanza, al de mañana.

Monstruos y monstruosidades

Leyendo El último deseo de Andrzej Sapkowski, me topé hace poco con un diálogo muy interesante, de esos que resaltan con un brillo especial en la conciencia y te obligan a volver a leerlos despacio, con atención, pues comunican algo importante, una verdad que derriba muros de ideas preconcebidas.

Geralt de Rivia, un brujo que se dedica a cazar monstruos en un mundo fabuloso, es interpelado por su compañero de viajes sobre el extraño fenómeno que lleva a los hombres a sumar otros nuevos e imaginarios a los ya existentes. A lo que responde así:

–A la gente –Geralt volvió la cabeza– le gusta inventarse monstruos y monstruosidades. Entonces se parecen menos monstruosos a sí mismos. Cuando beben como una esponja, engañan, roban, le dan palos a su mujer, matan de hambre a su vieja abuelilla, golpean con un hacha a la raposa atrapada en el cepo o acribillan a flechazos al último unicornio del mundo, les gusta pensar que sin embargo todavía es más monstruosa que ellos la Muaré que entra en las casas a la aurora. Entonces, como que se les quita un peso de encima. Y les resulta más fácil vivir.

–Lo recordaré –dijo Jaskier al cabo de un rato de silencio–. Sacaré unas rimas y compondré un romance sobre ello.

–Componlo. Pero no cuentes con grandes aplausos.

Sin tener en cuenta el contexto literario, la alusión al unicornio resultaría paradójica: ¿la Muaré no existe pero sí el unicornio? Me parece que el autor, desde su juego con el género fantástico, hace un guiño al lector moderno expresando que no sólo es monstruosa la maldad de los hombres dirigida hacia sus semejantes, sino también –y acaso resulte tanto o más trágica por apuntar al espíritu– la que "acribilla" la fantasía, el símbolo, el Arte (representados por el unicornio), en estos tiempos de pulcra racionalidad.

Por cierto que también en el mundo real tenemos monstruos. Y monstruosidades. Como la que cuenta magistralmente el escritor Rafael Marín en Un payaso arrepentido, recomendable relato breve con que nos obsequia en su blog Crisei. Es evidente que el romance de Jaskier sí podría provocar aplausos en la posmodernidad. Pero... ¿hasta qué punto estarían los hombres de hoy más dispuestos que los de ayer a asumir que son ellos los verdaderos monstruos?

Muad'dib habla

Muad'dib habla –Las constituciones son el último grado de la tiranía –dijo Paul–. Organizan el poder a tal escala que no pueden ser derrocadas. La constitución es la movilización del poder social y no tiene consciencia. Puede aplastar tanto al más grande como al más pequeño, barriendo toda dignidad e individualidad. Tiene un punto de equilibrio inestable y no conoce limitaciones. Yo, por el contrario, tengo mis limitaciones. En mi deseo de proporcionar una protección efectiva a mi pueblo, prohíbo cualquier constitución.

(Frank Herbert, El Mesías de Dune, Debolsillo, Barcelona, 2003.)

Paul Atreides, también llamado Muad'dib, es un joven excepcional destinado a convertirse en mesías y rey del pueblo de Arrakis y de todo el Imperio galáctico. En esta segunda novela de la saga, ya ha derrocado al corrupto Emperador y rige los destinos de miles de planetas colonizados por el ser humano, desde el Trono del León, acosado por los intereses y las intrigas de los grupos de poder económico y político.

Muy recomendable es la película Dune, del genio David Lynch. (Por si alguien está interesado, el webmaster de Amnesia se ofrece en la web a enviar esta película, entre otras de fantasía, por su gran interés desde una óptica filosófica o tradicional.)

Respecto al párrafo que he copiado, evidentemente no lo he hecho con la intención de criticar la constitución y alabar la dictadura. Pero me parece que las palabras de Paul Atreides en ese párrafo dan lugar a una interesante reflexión. Sobre todo teniendo en cuenta que el Emperador al que Paul derrocó gobernaba sobre un Imperio en plena decadencia, repleto de constituciones, leyes y burocracias, donde los intereses políticos y económicos, la intriga y la traición, primaban sobre la verdad y la vida.

Cabe preguntarse si poner todas las esperanzas de un pueblo en una constitución (una "movilización del poder social" sin consciencia) es algo para alegrarse o para temer. O ambas cosas.

Esperando despertar

Me duermo, envuelto en sueños aterciopelados que me llevan de un mundo a otro en un respiro. Mi conciencia está aletargada, y los dioses y demonios aprovechan para lanzarme mensajes, susurrarme historias, despertar impulsos que creía olvidados pero ahí siguen, como semillas guardadas en un silo desde hace eones. Los sueños de este mundo intermedio en el que floto arrastrado por corrientes subterráneas son como presos que pugnan por salir al exterior. Son como espejos distorsionados en los que me miro, creyendo contemplar mi rostro, cayendo en la trampa, y al mismo tiempo abriendo la posibilidad de ver más allá...

Por unos momentos, en medio de este viaje nocturno en que mi alma se deja llevar por vientos inaprehensibles, caigo a lo más profundo. El fondo del pozo absorbe mi conciencia y entro en un estado de sueño sin sueños, una muerte en vida o un retorno al útero materno, a la nada, al vacío pleno en que toda forma desaparece. Las voces callan, las imágenes se desvanecen. Dioses y demonios ya no tienen forma real. Estoy en casa, Padre. He vuelto. Al menos por un rato. Aunque no soy consciente de este retorno, la Luz que hay en el fondo me sana, reestructura mi alma, me nutre y vivifica. Por unos momentos, está ocurriendo en parte algo que deberá suceder estando despierto. En cierta forma, virtualmente quizás y por un breve tiempo en el no-tiempo, ya no hay yo.

Pero al fin vuelvo a ascender hacia la superficie. Los seres innumerables toman forma y bailan en sueños aterciopelados; yo mismo soy uno de ellos, soy todos ellos. Vuelve a haber una conciencia aletargada, ahora descansada, renovada, lista para despertar. La noche pasa y llega el momento de volver a la vida.

Despierto. Cuando era pequeño, antes de dormirme, tenía la sensación de que, por la noche, sin ser consciente, visitaría reinos lejanos donde esta vida no es más que un sueño. Ahora, sé que algo de verdad había en ello. Pero mi reino, el hogar en que nací, es sólo Uno, y sólo a él deseo llegar desde lo más profundo de mi corazón. Amanece y despierto, sí. Pero, afligido, comprendo que sigo dormido, que aún hay un yo, que los dioses y demonios me arrastran en este mundo y ponen velos ante mis ojos, que me impiden ver la realidad. Oh, Padre, ayúdame a volver, que mis deseos se desvanezcan y sólo quede el vacío. Sólo así podré ser, sólo así se podrá decir... que estoy despierto.

Dijo Hakuin Zenji, maestro Zen:

Perdidos por los caminos oscuros de la ignorancia
vamos vagando por los seis mundos,
de camino oscuro en camino oscuro.
¿Cuándo llegaremos a estar libres del nacer y morir?


Aunque claro, también dijo esto otro, y no debería olvidarse:

El País del Loto está en este lugar. Este cuerpo es vida del ser superior.

Amén.