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Poesía salvadora

Esta mañana, de camino a la Universidad en autobús, la vida era de tonos grises, como el día otoñal en la ciudad. Una vez más me había levantado con el pie izquierdo, pensaba. ¿Por qué me faltaba esa fuerza interior que otras veces, al igual que la luz enfocada hacia un objeto, revelaba belleza en la forma y el color? Sabía la respuesta: por mi propia obcecación; esa desidia que nos hace tan difícil levantarnos tras caer. Nos decimos que la oscuridad es agradable, que el esfuerzo por salir es superior a nosotros; incluso, si dejamos correr el tiempo en este estado, casi nos convencemos de que no hay luz.

Pero hay. Y no viene de fuera sino de dentro, de lo profundo. Cuando quedaban un par de minutos para bajar del autobús, llevado por un impulso, he abierto el libro de poemas que hasta entonces dormía abandonado entre las sombras de mi cartera. Y he leído, justamente, el soneto que tocaba, esperando a mis ojos desde la última vez que cerrara el volumen. Éste era, de la pluma de Herrera:

Cual oro era el cabello ensortijado
y en mil varas lazadas dividido;
y cuanto en más figuras esparcido,
tanto de más centellas ilustrado;

tal, de lucientes hebras coronado,
Febo aparece en llamas encendido;
tal discurre en el cielo esclarecido
un ardiente cometa arrebatado.

Debajo el puro, proprio y sutil velo
amor, gracia y valor, y la belleza
templada en nieve y púrpura se vía.

Pensara que se abrió esta vez el cielo,
y mostró su poder y su riqueza,
si no fuera la Luz de la alma mía.


Y he aquí que he descubierto de nuevo que la Luz, que nunca falta en el alma, nos socorre sin dilación cuando aceptamos su dulce consuelo. Atrapado por la belleza del poema, lo he releído saboreando cada palabra. Con el tiempo justo para bajar del autobús, el libro ha vuelto a las sombras de mi cartera. Pero la mañana, aunque gris otoñal, brillaba ahora con nuevos colores.

Reconocerse en la flor

Reconocerse en la flor

Reconocerse en la flor es el anhelo más sagrado del hombre. Aquello que la hace crecer es también lo que nos hace crecer a nosotros. Ver eso es ser iluminado, ser besado por el cielo, retornar al Edén.

Quizá Bertolt Brecht intuía esto cuando escribió el siguiente poemita:

El jardín.

Cerca del lago, entre álamos y abetos,
hay un jardín cercado en la espesura,
por mano tan experta cultivado
que está florido de marzo a octubre.

Al alba allí me siento algunas veces,
que yo también quisiera,
con tiempo bueno o malo,
poder siempre ofrecer algo agradable.

(1953. De sus Poemas y canciones.)

Starship Troopers

Starship Troopers

Paul Verhoeven es un director peculiar. Sus películas pueden parecer a simple vista productos cocinados para las masas con ingredientes fáciles como el sexo y la violencia. Sin embargo, quienes se quedan en las apariencias no acaban de ver su gran talento: utiliza esa receta como un hábil juego para tratar temas mucho más profundos que tocan al ser humano donde más duele, obligándole a enfrentarse con la duda e invitándole a la reflexión sobre cuestiones muy serias. Detrás de la sangre y el sexo, laten con fuerza grandes preguntas disparadas con inteligencia a la capacidad crítica del espectador. Y es que Verhoeven es un gran director: subversivo, trasgresor y reflexivo, sin restar un ápice del entretenimiento. De hecho, quien ve una de sus obras tiene la diversión asegurada; si, además, presta una especial atención a lo que se le está presentando bajo el disfraz de la violencia, se dará cuenta de que ahí hay mucho más de lo que parece.

Este es el caso de Starship Troopers (1997), una película maltratada por la crítica que no cosechó mucho éxito en las taquillas y, sin embargo, cuenta con una legión de admiradores –entre los que, vaya por delante, se cuenta el que esto escribe– que la consideran ya todo un clásico. En ella, en el marco de una sociedad futura basada en la fuerza del ejército, se cuenta la historia de unos jóvenes que se alistan en el servicio federal por diversas razones. Johnny Rico lo hace para seguir a la chica de la que está enamorado, pero el duro entrenamiento acabará endureciéndole y, cuando estalla la guerra contra los “bichos” (alienígenas arácnidos originarios del lejano planeta Klendathu), la violencia de los acontecimientos le obligará a crecer al tiempo que lucha por la Federación.

La película está basada en la novela homónima de Robert Heinlein, escrita en 1959 y considerada una obra fundamental del género. El libro está marcado por la polémica, y es que algunos lo han tachado de “fascista”, mientras que otros señalan que Heinlein proponía una profunda reflexión.

Precisamente en ese punto huidizo entre el ensalzamiento y la crítica de un mundo gobernado por los valores militares se sitúa la cinta de Verhoeven, que juega con inteligencia a atrapar al espectador como si fuera un miembro más de esa sociedad manipulada. Y es que viendo Starship Troopers uno fluctúa constantemente entre el rechazo y el apoyo a los soldados, precisamente gracias al doble juego del director entre la sátira y la acción, que nos obliga, a la postre, a apoyar la lucha de los reclutas contra los bichos y al mismo tiempo constatar la locura de una sociedad basada en la violencia. En la contradicción se encuentra la clave para la verdadera comprensión, y es que es la duda lo que Verhoeven pretende despertar en nosotros, más allá de conclusiones fáciles en uno u otro sentido.

Se podrían señalar varias lecturas de la película, diferentes pero complementarias para hacerse una idea bastante completa y cabal sobre el mensaje que el director nos hace llegar:

La primera y la más obvia consiste en considerar Starship Troopers como una gran película de aventuras, repleta de acción y emoción, buenos efectos especiales, unas memorables escenas espaciales, algunos toques cómicos e incluso una historia de amor nada cursi que conoce el dolor de la pérdida y la muerte. Puede verse como tal, aunque sería un desperdicio no prestar atención a las demás lecturas, que por otra parte están muy claras desde el principio.

La segunda pasa por detenerse en la crítica satírica que Verhoeven hace de la manipulación a la que pueden verse sometidas las volubles masas, y del peligro que supone una sociedad donde, según los profesores que aleccionan a los adolescentes, la fuerza, la violencia, es “la suprema autoridad de la que procede cualquier otra autoridad”. Podemos hacer una lectura crítica hacia la sociedad actual, pues si cambiáramos la palabra “fuerza” por “dinero” o “consumo”, el escenario nos resultaría mucho más familiar. Como sigue diciendo el profesor Rasczak, “la fuerza ha resuelto más problemas a lo largo de la Historia que cualquier otro factor”. Efectivamente, se da a entender que el mundo de la Federación es el resultado de la toma del poder por la casta guerrera tras el fracaso de las democracias. Desde el principio de la película, se insiste en mostrar el triunfo de los valores guerreros, de la ética del honor y el deber, sin otros valores que los limiten por arriba (espiritualidad, religión) o por abajo (derechos civiles). “Cumplo con mi deber”, dicen los soldados en el noticiario que abre el film. “Yo también quiero cumplir”, dice un niño sonriente vestido con el traje reglamentario, a lo que siguen las risas de los soldados. Más adelante, en otro noticiario, con el titular de “un mundo que funciona”, aparecen unos soldados enseñando a usar armas a los entusiasmados niños y repartiéndoles balas con sonrisas de anuncio de pasta de dientes. “El poder de los ciudadanos, personas que crean un futuro mejor”. Más adelante, se anuncia la ejecución pública de un asesino sentenciado a la silla eléctrica, que será transmitida “en toda la red y en todos los canales”. Verhoeven deja claras las cosas, pues: estamos ante una sociedad totalitaria donde la fuerza es el poder supremo, las masas son constantemente aleccionadas y la información es sistemáticamente manipulada. La libertad está ahogada, pero nadie parece advertirlo, pues, según parece, esa sociedad funciona. Claro que los noticiarios sólo nos muestran lo que le interesa al poder, pues no hay que olvidar que Verhoeven juega a tratarnos como miembros de esa sociedad.

Es también importante e interesante la crítica algo velada al auge del interés por los fenómenos paranormales y las sectas modernas o pseudo religiones. El Estado promueve el desarrollo de las facultades parapsicológicas, tratándolas frívolamente, claro está, como un instrumento más al servicio de la Federación. Así, el hombre es un número dentro del sistema federal, no sólo en cuerpo sino también en alma. Por otra parte, en uno de los noticiarios se hace una alusión directa a los mormones y sus fantasías de colonizaciones interplanetarias. Esta secta tiene en su ideario el proyecto de habitar otros planetas, que suponen que son habitados por seres extraterrestres “divinos”. El noticiario nos muestra que “extremistas mormones, desoyendo las advertencias federales, fundaron Port Joe Smith (…) en plena zona de cuarentena arácnida. Cuando quisieron darse cuenta, ya se habían establecido otros colonos: los arácnidos.” Al espectador avisado, esta escena le puede sugerir que Verhoeven critica más o menos veladamente la falta de espiritualidad verdadera de las pseudo religiones modernas proselitistas que tanto abundan en EEUU, pues los Mormones de la película, tras fundar su colonia, se encuentran algo muy diferente de lo que esperaban: en lugar de una cálida bienvenida por parte de benévolos “dioses” extraterrestres, son víctimas de una masacre a manos de monstruos, los cuales, dicho sea de paso, pueden entenderse también como símbolos de los aspectos más bajos del psiquismo humano, en los que estas doctrinas pseudo espirituales suelen caer con frecuencia.

La película, al tiempo que nos hace permanecer vigilantes y tener en cuenta todo lo anterior, nos introduce de lleno en la historia de sus protagonistas, arrastrados por las circunstancias, que no se plantean en ningún momento si lo que hacen está bien o mal. Simplemente, luchan contra la amenaza, o al menos contra lo que los mandos militares consideran una amenaza, sea o no lo justo y necesario. En un principio esa guerra nos parece un sinsentido, pues vemos a cientos de soldados lanzados a morir sin piedad ni dignidad. Pero la cosa cambia en cuanto Rico y sus amigos pasan a formar parte del equipo de los Recios de Rasczac (excelente actuación, por cierto, la del siempre duro como el acero Michael Ironside). Entonces los individuos comienzan a cobrar protagonismo y a comportarse como héroes, al servicio de la Federación pero al mismo tiempo, gracias a sus propios actos, poseedores de una dignidad que les hace ser libres incluso en un terreno tan opresivo como es el de la Federación. Ahora, el espectador no puede evitar apoyar al héroe, pues ya no es sólo un número, un aspirante más a ciudadano en una sociedad totalitaria, sino un hombre que lucha conscientemente aun en medio del torbellino de las circunstancias.

Tras haber conocido el sufrimiento y la pérdida, Rico dice una frase que define muy bien el mensaje de la película si atendemos a una tercera lectura más profunda: “Una vez, alguien me preguntó la diferencia entre un ciudadano y un civil. Ahora puedo decirlo. Un ciudadano tiene el valor de proteger la raza humana como una responsabilidad personal.” Ahí está, en mi opinión, el meollo de la historia. Independientemente de si la sociedad es justa o no, de si es necesario desplazarse al otro lado de la galaxia para exterminar a la raza de los bichos, Verhoeven apunta a la responsabilidad del individuo para con su especie como un problema capital de nuestro tiempo. Sólo cuando el hombre asume su responsabilidad en lugar de atender sólo a su propio provecho puede llamarse ciudadano. Estamos, pues, no sólo ante una crítica al totalitarismo manipulador de las masas, sino también al individualismo egoísta que lleva al hombre a desentenderse de los problemas ajenos.

Esta idea se apoya además en una imagen simbólica con mucha fuerza: la de los humanos luchando contra los bichos. Y es que esta imagen nos recuerda a otra, antiquísima: el héroe que se enfrenta al dragón. Precisamente Rico, en una escena, tras haber destrozado con una granada a un enorme bicho que escupía fuego líquido, se yergue victorioso con la agonizante criatura en segundo plano. En ese momento en que el hombre vence a la bestia, poco importa que sea una victoria para la oscura Federación, porque es ante todo la victoria del hombre sobre la bestia. Sólo es importante la hazaña, el símbolo que late en ella, pues se trata de la eterna guerra del bien contra el mal, y la lucha del ser humano por erigirse en vencedor de sí mismo.

Siguiendo con esta línea y dejando de lado el aspecto satírico, es evidente que el espectador se siente irremediablemente atraído por el aspecto heroico y romántico de la guerra de la Humanidad contra los bichos. En efecto, ya no se trata de un enfrentamiento entre hombres, sino de algo que une a todo el mundo contra una amenaza común, monstruosa. Los dragones y demás criaturas malvadas, símbolos donde el ser humano ubicó la lucha contra el mal durante toda su Historia hasta hace relativamente poco, reviven a través de los bichos de la película. El hecho de ubicar el mal de nuevo en un lugar del universo es en cierto sentido una forma de recuperar la visión mítica y tradicional del mundo, avivando también el amor por lo humano y dando un lugar y un objetivo al hombre.

Ese sentimiento de empatía por los héroes, por cierto, es hábilmente alimentado por la excelente música de Basil Poledouris (una de las bandas sonoras más heroicas y emocionantes que he escuchado).

En resumen, Starship Troopers es una gran película que admite varias lecturas. Crítica al apático mundo actual, sátira sobre la manipulación informativa y la locura de un mundo guiado por la fuerza, crítica a las pseudo religiones y a los peligros del interés desmedido por los poderes psíquicos, ensalzamiento del valor y la dignidad del hombre, canto a la responsabilidad, a la gloria de los actos valientes y al heroísmo, reutilización del mito del dragón para devolver al hombre actual el sentido mítico… Verhoeven juega con todos estos elementos con una maestría insospechada para muchos, y ante todo consigue algo que ya por sí mismo es todo un triunfo: nos hace pasar un buen rato ante la pantalla.

[Artículo aparecido originalmente en Espada y Brujería.]

Diálogo entre civilizaciones

Como la matriz de una civilización suele ser la religión, dudo que se pueda hablar seriamente de diálogo entre civilizaciones (y, mucho menos, de alianza de civilizaciones) si no se empieza por un diálogo entre religiones.

El drama de la Europa laicista es que pretende dialogar con otras civilzaciones, todas ellas de origen religioso, presentándose a sí misma como la pura irreligiosidad y haciendo burla pública del cristianismo.


(Comentario a una entrada del blog Mar Adentro, vía Hispalibertas, a raíz de esta noticia.)

Efectivamente, las bases de una civilización siempre han sido religiosas. (Si nos ponemos en plan guénoniano, diríamos "tradicionales"). El verdadero diálogo que puede haber entre civilizaciones tiene que ocurrir en el plano de los principios comunes a toda tradición, es decir, en el ámbito de la metafísica o de la espiritualidad profunda, que se esconde tras el simbolismo religioso; dicho de otra forma, en el terreno más esencial y fiel al origen que subyace, más o menos oculto por capas de polvo, poder y malentendidos, tras las apariencias exteriores propias de cada tradición.

Zapatero y los demás occidentales que pretenden entablar un diálogo e incluso una "alianza" entre civilizaciones, pretenden pasar por alto esos principios y basar los esfuerzos en unos elementos laicos nacidos en el contexto occidental. Ese proyecto, pues, no es más que otra forma de occidentalizar (yo dialogo contigo, pero que conste que soy superior a ti...). A los occidentales les encanta tratarlo todo bajo sus propios puntos de vista. Es posible, por otra parte, que sí se puedan encontrar puntos de contacto de esta forma, ya que hay cosas, como los "derechos humanos", que, sin entrar a discutir su planteamiento, claman al cielo se mire por donde se mire.

"Claman al cielo", he dicho. Qué curioso...

Vocaciones

"Cada vez hay menos vocaciones". Es algo que se dice mucho últimamente al constatar que el número de personas que deciden consagrar su vida a una orden religiosa desciende a pasos agigantados.

¿Es correcta esa sentencia? Al oírla, me sugiere algo así como si Dios alentara menos a los seres humanos a dedicarse a la vida espiritual. Realmente habría que decir, pienso, que el terreno de la vocación está cambiando. No es cierto que el anhelo de una profundización en la interioridad del ser humano esté descendiendo, sino más bien sucede todo lo contrario. Debido a la deshumanización progresiva de esta sociedad que aumenta el vacío existencial de los seres humanos, cada vez hay más personas que sienten que algo les falta, y que, interesadas en vivir una vida más plena, se acercan seriamente a vías contemplativas surgidas dentro del cristianismo (ejercicios espirituales, oración de Jesús...) o fuera de él (zen, yoga, etc.). Si entendemos, pues, vocación como la "inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de la religión" (así reza el diccionario), y lo traducimos a un lenguaje más general diciendo que es la inquietud que desde el fondo del ser humano llama a éste a buscarse a sí mismo entrando en un camino o una disciplina espiritual, lo cierto es que las vocaciones crecen a un ritmo cada vez mayor.

¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué los conventos y monasterios corren el peligro de quedarse vacíos en un plazo de cincuenta años? ¿Por qué cada vez es menor la afluencia de futuros sacerdotes a los seminarios? Todo parece indicar que el ámbito donde el ser humano busca la profundidad está cambiando. Esto ocurre desde hace mucho tiempo, pero es ahora cuando salta a la vista al aparecer en las noticias con cada vez mayor frecuencia un nuevo convento que cierra sus puertas. Se da la circunstancia de que muchos de los conventos que van viendo disminuir el número de sus integrantes, abren sus puertas a grupos de oración y de meditación. Grupos de personas que viven sus vidas en el mundo, pero que, debido a esa inquietud profunda que les lleva a buscar el sentido de la vida, andan un camino en su vida diaria y se reúnen para hacer retiros intensivos aprovechando sus vacaciones.

¿Por dónde irá el terreno de las "vocaciones" en el futuro? ¿Se compaginará bien la vida en el mundo con la experiencia espiritual? ¿Volverán a surgir monasterios en un nuevo contexto? Supongo que todo dependerá de las circunstancias de este mundo cambiante cuyo rumbo está envuelto en la oscuridad de un futuro no desvelado; y, ante todo, dependerá de lo que tenga planeado el Espíritu, que sopla donde quiere.

De lo que no me cabe duda es de que, sea cual sea el proyecto del Espíritu, será para bien, y que en cualquier circunstancia, el compromiso "vocacional" de los hombres y mujeres que viven una vida espiritual transformándose y andando el camino de la vida en este mundo con más luz, redunda y redundará en beneficio de todos. Creo que, hoy más que nunca, "el Espíritu gime con dolores de parto". Este mundo necesita urgentemente luz, aportada desde lo más íntimo del ser humano. Es la única manera de evitar la catástrofe. Y catástrofes hay de muchos tipos. La muerte del hombre no sólo puede venir por una guerra o un cataclismo natural, sino por el simple olvido de lo que somos en el fondo. Sólo desde la conciencia iluminada de un hombre construido por el Espíritu a través de la contemplación surge la respuesta adecuada a una situación de crisis. Por eso, hoy más que nunca, es necesario volver la mirada hacia dentro y constatar la naturaleza propia. O nos olvidaremos de la vida definitivamente para caer en una muerte que ya tiende su negro manto sobre el mundo.

Merece la pena creer en el ser humano, en una vida real y en un mundo con sentido. Y luchar por ello.

Aunque es de noche

Es de noche, pero luz hay; esa es nuestra esperanza y fe. El ojo de la carne nos engaña y el ojo de la razón sólo ve oscuridad. Pero la Fe, ese instrumento de conocimiento más que humano, que implica renunciar a uno mismo ante la evidencia de nuestra incapacidad para saborear la realidad, nos acerca al despertar del ojo del Espíritu, aquel que ve la luz en la que vivimos y nos sustentamos. Vivimos con los ojos cerrados en medio del Paraíso. Nos debatimos en mil guerras sin conocer la Paz en que moramos. Es de noche, pero hay luz. Y quién mejor que el maestro San Juan de la Cruz para expresar ese profundo sentimiento, esa salvadora intuición, con palabras vivas e inspiradas:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche
.

Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente, que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque de noche.

Fantasía moderna y relatos tradicionales

En ocasiones he visto en foros de literatura fantástica interesantes discusiones acerca de si es buena la subdivisión del género en subgéneros, por un lado, y sobre si hay que diferenciar entre la fantasía moderna y las historias con elementos fantásticos surgidas en otras épocas y culturas. La última, ésta.

Sobre la primera cuestión, opino que las etiquetas tienen su lugar para diferenciar estilos dentro del género, como "espada y brujería", "fantasía heroica", "fantasía épica" o "alta fantasía", etc. Quiero decir que pueden resultar más o menos útiles para la crítica y para el lector, pero realmente suelen ser bastante desafortunadas y en ocasiones pierden más que orientan. Ya que, por ejemplo, ¿qué diferencia hay entre la espada y brujería (término acuñado por Fritz Leiber para sus relatos, si no me equivoco) y la fantasía heroica, que se suele aplicar a los relatos de Conan y sus sucedáneos? Mínima, en mi opinión, a no ser la natural entre estilos diferentes surgidos cada uno de la pluma de sus respectivos autores. Esto de las etiquetas es algo muy propio de la mentalidad occidental y su excesivo desarrollo del discernimiento y la separación, algo que surge naturalmente de una civilización con base exclusivamente racionalista. Y al mismo tiempo, son la expresión lógica de un estado de cosas que afecta a todas las expresiones artísticas: todo se subdivide y va tendiendo a la dispersión y diferenciación cada vez mayor; el siguiente paso es, curiosamente, la fusión entre estilos, el derribo de fronteras entre géneros. Este último fenómeno también está afectando a la literatura fantástica, ya que surgen obras a las que cada vez es más difícil etiquetar. Incluso la diferenciación básica que me parece más aceptable (fantasía, ciencia-ficción y terror) tiende a desaparecer poco a poco. Es un proceso curioso que merecería la pena observar más a fondo, para poder juzgar, a través de él, los procesos menos visibles aparentemente que afectan a toda la civilización moderna y su mentalidad.

La segunda cuestión, sobre si es correcto o no asimilar el género fantástico a las historias "no realistas" nacidas en otras épocas y culturas, mi opinión es la siguiente: la fantasía moderna no está en el fondo emparentada con esas historias, porque el origen y la finalidad de ambas literaturas son bien distintos. Me explico:

Los relatos tradicionales (religiosos, mitológicos, simbólicos, etc.) en los que algunos ven sólo "fantasía", son en realidad el resultado de la aplicación de ciertos principios metafísicos que rigen toda manifestación artística en una civilización tradicional. Así, un mito, una leyenda, un relato sagrado, expresan esos principios mediante el lenguaje simbólico, que es el que predominaba en esas culturas y épocas, al contrario de lo que ocurre en la modernidad, en la que el símbolo se desdeña en favor del lenguaje racional. Es decir, que lo que cuentan esas "manifestaciones literarias" no surge de la fantasía de un autor, sino que el autor juega con los símbolos establecidos y con su propia creatividad para dar lugar a un relato que exprese la realidad adecuadamente. La profundidad de la mitología y los relatos simbólicos religiosos va mucho más allá de lo que muchos creen, pero esto es consecuencia inevitable de la estrecha visión que esta cultura racionalista y materialista impone a sus vástagos.

La fantasía moderna, en cambio, surge directamente de la capacidad que tiene el autor para fantasear, para imaginar mundos y situaciones que, si bien expresan una realidad, esa realidad es la que el autor y su época quieren expresar. Es precisamente por esta dependencia de las ideas personales del autor que la fantasía moderna (y toda literatura y todo arte de esta época) tiende a la subdivisión y separación tan querida por esta mente nuestra tan racional. En cambio, la "fantasía tradicional" (si se me permite este término tan inadecuado), bebe de unas imágenes establecidas por la sabiduría y la costumbre y conocidas por todos los miembros de la civilización para expresar el entramado de la realidad e incluir la historia del hombre en el contexto de la armonía cósmica.

Así, es altamente inadecuado decir que el Génesis, la Ilíada o el Mahabharata son "fantasía". Antes bien habría que hablar de "literatura simbólica" (incluyendo ahí el ciclo artúrico o la Divina Comedia, por ejemplo) o aún mejor utilizar el término legítimo que les corresponde: escrituras sagradas. Pero ¿cómo esperar una coherencia así de una sociedad que lo mira, juzga y manipula todo desde su propio y estrecho punto de vista?

Lecturas

Este verano no he podido leer tanto como hubiera querido, ni probablemente meditar esas lecturas convenientemente, pero intentaré comentar brevemente los últimos libros que he leído.

Esoterismo islámico y taoísmo, de René Guénon, recoge comentarios del autor sobre diversos aspectos profundos de la vía Sufí, en la primera parte, y otros del Taoísmo, en la segunda. Interesante, pero a mi parecer el volumen necesitaría algún artículo más del autor en el que se explicara mejor la semejanza que él veía entre estas dos grandes tradiciones. Por otra parte, uno se pierde bastante si no tiene un conocimiento previo más general de ellas.

Zen y mística cristiana, del padre jesuita Hugo-M. Enomiya Lassalle (uno de los primeros introductores del Zen en Occidente) es un libro estupendo, de gran interés especialmente para cristianos que quieran vivir su espiritualidad de un modo más profundo, ya que el Zen y la mística cristiana, como se ve en el libro, apuntan a la misma realidad profunda del Ser que nos transfigura y nos ilumina para una vida más plena. En él se abordan por separado las características y la historia del Zen, luego las de las enseñanzas de los místicos cristianos y, al final del libro, la relación profunda que se puede establecer entre estas dos tradiciones de sabiduría (relación en lo espiritual, se entiende, pues todo camino auténtico lleva a los mismos fines). Me resultó muy provechoso, ante todo y aparte del conocimiento que aporta sobre el Zen, como aproximación a las distintas corrientes místicas cristianas. El estilo ameno y exhaustivo del autor es otro punto a favor. También expone en algunos momentos sus propias apreciaciones sobre ciertas corrientes modernas, apreciaciones bien delimitadas dentro del conjunto. En todo caso, el Padre Lassalle es fiel a las tradiciones que da a conocer y deja entrever su gran experiencia como practicante de Zen, sus grandes conocimientos, su profunda vivencia del cristianismo y su hondura espiritual como ser humano.

Jesús, el Hijo. Textos de los Padres de la Iglesia, un librito editado por Nello Cipriani, da una visión global de la rica tradición patrística a través de textos agrupados por temas y carentes de farragosas anotaciones, que Cipriani suple con una efectiva introducción que resume el desarrollo de los temas tratados por los Padres. Resulta una lectura fresca, profunda y bien estructurada.

Para acabar con la Edad Media, de Régine Pernoud, es un libro corto, ameno y exhaustivo en el que la autora, medievalista consagrada y amante de la Historia (y de la verdad, lo cual no siempre se da en los historiadores divulgativos), pasa revista a una serie de tópicos que durante mucho tiempo, y aun hoy, han convertido a la época medieval en una era de oscuridad, ignorancia, brutalidad y barbarie. Esos tópicos, aprendidos en la escuela y aceptados por todos desde la época neoclásica, se revelan falsos desde el estudio objetivo de los datos y, muchas veces, desde el simple sentido común. El estilo de la autora es ameno y aborda todos los temas que trata con una fina ironía y una contundente seguridad basada en el estudio serio de la Historia. Un libro imprescindible para apreciar con más justicia mil años de la historia de Occidente que han sido eliminados de un plumazo por los académicos de la era de la diosa Razón y sus desvaríos.

Aún no he terminado la lectura de la Divina Comedia de Dante, una obra increíblemente rica, fruto del saber medieval y que, por sus varias lecturas posibles, resulta muy grande como para comentarla en un párrafo. Más adelante, quizá me atreva a hablar más de ella. Me pasa un poco como con el Hiperión de Hölderlin, que leí antes del verano; ambas obras me parecen de una belleza sublime y me han aportado mucho, y sin embargo no encuentro palabras para hablar de ellas como lo hago sobre otros libros. Aparte de que me cuesta volver al teclado con soltura y lucidez. Poco a poco...

Logan se fuga a las montañas

El autor de este blog huye a partir de ya del mundanal ruido y se va a las montañas a trabajar durante dos meses. La vida del estudiante: las vacaciones no son para descansar sino para trabajar y ganar un dinerillo. Pero no me quejo, en absoluto. Pasar una temporada desenchufado de la virtualidad (urbana e internáutica) y confinado entre oscuros bosques, montañas eternas y espíritu visible en cada piedra es algo que viene realmente bien. La sensación que uno tiene cuando se va a un pueblo de montaña con firme intención de renunciar a los entretenimientos-esclavitudes de la ciudad y simplemente adaptarse a una vida más sencilla es de algún modo semejante a la que se experimenta en un retiro espiritual, en un monasterio por ejemplo, aunque evidentemente en un grado muy inferior. Sin duda esto se debe a que en tal situación desaparecen multitud de elementos que nos atrapan habitualmente sin darnos cuenta, y aparecen por el contrario ayudas para el espíritu como son el silencio, la soledad, la quietud.

Por otra parte, es sabido que, en la montaña, son frecuentes las experiencias de tipo espiritual, aunque mucha gente al tenerlas no sea consciente de su verdadera naturaleza. Se trata de ese repentino despertar de una percepción más clara de cuanto nos rodea en el instante presente, de ese maravillarse ante la sublime, indescriptible y misteriosa belleza de un paisaje... Esto quizás tenga que ver con la indudable belleza y la exuberante explosión de vida de estos parajes, pero también con el hecho de estar en lo alto, más cerca del cielo y sí, en un contacto más directo con la Naturaleza. El simbolismo axial de la montaña es también muy rico en ese sentido. Además, si nos situamos en la dicotomía moderna de "veranear" en la playa o en la montaña, es curioso observar que en la montaña uno tiende a recogerse y a "concentrarse", mientras que en la costa se tiende a la dispersión. Siguiendo con esa idea, se podría reflexionar sobre la masiva ocupación turística de las playas en nuestra época, mientras que la afluencia de los seres humanos a los "lugares elevados" es bastante menor.

En fin, antes de despedirme quisiera recomendar dos webs que creo que merece la pena visitar. Le-Es (Lectura y Escritura) es un reciente proyecto coordinado por Nati Sánchez que gira en torno a la literatura en un sentido amplio (narrativa, poesía, ensayo, teatro, crítica, literatura fantástica, taller literario, etc.). Es muy interesante y está hecho con buen sentido e indudable calidad. Ha comenzado con fuerza y promete. Precisamente, en él colabora Antonio Martínez Jover, cuya nueva web Mítica ha sido también estrenada y toma el prometedor relevo de su anterior bitácora del mismo nombre.

Dejo a los lectores (alguno habrá...) mientras preparo el equipaje y me llevo algunos libros que seguirán al Hiperión de Friedrich Hölderlin, que ya acabé y que llevo en el corazón. Ahora estoy con Esoterismo islámico y Taoísmo de René Guénon, y están a la cola la Divina Comedia de Dante, Para acabar con la Edad Media de Régine Pernoud, Zen y Mística Cristiana de Hugo M. Enomiya Lassalle, La fuerza de su mirada de Tim Powers y una selección de textos patrísticos. Será bueno no poder escribir nada sobre esas lecturas en este blog. Al menos durante un par de meses.

Volvemos en septiembre, si Dios quiere.

De vuelta

He vuelto. Llevo un par de días pensando qué escribir o si escribir algo. Por el momento, me parece mejor recomendar las reflexiones de Hernán en Esperando Nacer, como siempre ricas en sensibilidad y lucidez:

¿No se sienten ustedes embotados?
¿No les parece que tienen los oídos tapados, los ojos miopes y legañosos?
¿No sienten que van por el mundo con la torpeza y la insensibilidad de un sonámbulo? ¿No tienen la sospecha -es más: la seguridad- de que un mílimetro más allá de esta piel de rinoceronte que nos cubre el universo es algo nítido y deslumbrante?
¿No les espanta tener tan escasa capacidad para el gozo -y aun también para la tristeza? ¿No creen que si uno pudiera limpiarse los ojos, si uno pudiera mirar con el alma desnuda un niño jugando en una plaza, el agua que sale de la caniilla, las hebras del té que estoy tomando, el portero que manguerea la vereda a la mañana, la chica que lee a Bucay en el subte... si uno pudiera verdaderamente verlos, no creen que uno quedaría abrumado de admiración, de compasión, de alegría y de gratitud?
¿Y no creen que esta incapacidad tiene algo de trágico y de culpable? (Leer más).

El hombre cuando ama es un sol

Habla Hiperión, escribe Hölderlin:

¡Sí!, el hombre, cuando ama, es un sol que todo lo ve y todo lo transfigura; cuando no ama, es una morada sombría en la que se consume un humeante candil.

Lo cual, creo, está en estrecha relación con estas otras palabras suyas:

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

Amar, como vivir con fe, es darse en confianza, es superar la propia individualidad y ser lo que se es en el fondo, volverse al origen, al hogar, a la patria, al bosque. Y más que ningún amor, el amor al enemigo. Ser esclavo de la reflexión, de la razón, de la memoria-entendimiento-voluntad, es ser un mendigo pudiendo ser un dios, es una morada sombría en la que la luz no alumbra al exterior. ¿Y cuál es la finalidad de la luz sino alumbrar? Ya lo dijo el Cristo:

Nadie enciende una lámpara y la oculta en una vasija, o la pone debajo del lecho; la coloca en un candelabro para que los que entren vean la luz. (Lc. 8, 16).

La verdad sí importa

"Se haya llegado o no a alcanzar el umbral de la fe, lo que no puede aceptarse es la pretensión de querer reducir el matrimonio y la familia a un mero 'producto cultural' susceptible de ser vivido y regulado como se le antoje a cada uno o a las corrientes y poderes más influyentes de la sociedad, prescindiendo e, incluso, yendo en contra de lo que está marcado por la estructura fundamental del ser humano".

"Si es la misma autoridad pública, el Estado, el que se dispone a establecer en el ordenamiento jurídico una fórmula que niega la esencia misma del matrimonio, el daño que se causaría al bien de la verdadera familia, a los hijos y a toda la sociedad sería incalculable".

"La familia sí importa. Importa tanto que de su estabilidad y prosperidad depende decisivamente el bien y la salvación de la persona y de toda la sociedad", asegura el cardenal arzobispo. Asimismo, explicó que "nuestros padres nos han dado la vida en un sentido que va mucho más allá de lo puramente biológico." (El cardenal Rouco Varela).

Esas últimas siete palabras en negrita contienen un tesoro. ¡Ah!, si ese tesoro fuera comprendido, tan sólo vislumbrado por los que arremeten contra la familia en pos de nuevos votos para afianzar el poder... ¿Y si fuera explicado el sentido profundo, fundamental para la humanidad, espiritual más que afectivo, que hay en ese sacerdocio que es el darse él a ella y ella a él (y no solamente una "persona" a otra "persona") y engendrar al niño nacido del amor? En fin, quizá ya sea bastante que se intente defender la verdad en un plano social, como para entrar en el plano metafísico. ¿Servirá de algo manifestarse? No lo sé, pero decir la verdad nunca ha sido negativo. La verdad es una semilla que, aun sumergida en las tinieblas del relativismo, acaba triunfando en un nuevo amanecer.

Lecturas

Acabaron las clases y por fin tengo algo más de tiempo para leer. Muy provechosa me resultó la lectura de la selección de tratados y sermones metafísicos del Padre Stéphane que hay recopilada en la web Contemplatio.

Luego me sumergí en una nueva experiencia: leer a Jünger. En realidad ya había leído un libro suyo (La Tijera), pero abordar La Emboscadura es toda una nueva experiencia, quizá demasiado grande para asimilarla de una vez, pero de cualquier forma muy grata y llena de lucidez, una lucidez extraña en un "filósofo profano"; si hubiera leído este libro hace unos años, me habría impactado sobremanera, para bien y para mal (llegó antes Guénon), o quizá no habría entendido realmente nada de nada (como me pasó con Nietzsche en una apresurada lectura de adolescencia).

Después vino la lectura rapidita y ligera de ¿En qué creen los que no creen?, un interesante intercambio de cartas entre Umberto Eco y el cardenal Carlo Maria Martini, donde los dos se preguntan y se responden mutuamente sobre temas candentes que giran en torno a la moral y la ética. Interesante, pero también algo decepcionante, ya que uno saca poco en claro. Queda claro, eso sí, que ambos personajes son educados y están abiertos a acercar posturas respetuosamente el uno al otro, y en ese sentido la lectura de las cartas me gustó. Menos afortunadas me parecen la mayoría de las intervenciones de otros personajes, casi todos tirando piedras al cardenal ("filósofos" con sus sutiles y vanos juegos conceptuales, periodistas y políticos). Finalmente Martini defiende su posición con suficiente acierto, y creo que sólo desde su punto de vista (aun siendo muy insuficiente) y desde la sincera voluntad de diálogo de Eco se puede entender bien el asunto que los demás sólo llegan a vislumbrar. Por otra parte, seguramente el Padre Stéphane le diría a Martini que dejara de intentar hablar con sordos y se dedicara a explicar la doctrina cristiana con claridad y precisión, y seguramente con parte de razón (pero también es enriquecedor el diálogo, claro).

Y ahora, en fin, maravillado estoy con la Poesía de Friedrich Hölderlin, dejándome acariciar por la brisa que recorre su Hiperión (sí, por fin puedo leer aquel regalo). Una joya. Por ahora poco más puedo decir; la lúcida sensibilidad que rezuman sus palabras me llevan de cielo en cielo.

Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (2)

Respecto a las elecciones llenas de coacción que son retratadas en las primeras páginas de La Emboscadura de Ernst Jünger como condición opresiva del mundo actual, dice el autor:

«No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al "no".»

Me parece que esto se puede trasladar al tema de la "cultura" y el "arte" que el poder dispensa a los ciudadanos para mantenerlos en la ilusión de que vivimos en la perfecta polis. No creo tampoco que los poderosos sean conscientes de esta comida de plástico que están dando a sus ovejas, porque ellos son personas normalmente de lo más mediocre, y son manejadas por la Gran Ilusión lo mismo que los ciudadanos que se tragan la pastilla sin rechistar.

A lo que iba: ¿quién no ama la cultura y el arte?, se podría decir, como comenta Jünger respecto a las nociones manipuladas de "paz" y "libertad" que se nos venden. Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal (o por lo menos marginal) a criticar el "muro de las palabras", los incomprensibles y "artísticos" vendajes que sufren los árboles de la zona, y el carácter de supermercado de productos para el consumidor que se esconde tras el circo de la cultura o el modo de presentarse de la Feria del Libro.

Es por eso que, para muchas mentes superficiales y domadas por la televisión, iniciativas como la demolición simbólica del Cubo de Moneo son, simplemente, "fachas".

Explica Giovanni Sartori que si cien personas con conocimientos dicen que tres por tres es igual a nueve, y cien mil personas sin conocimientos aseguran que el resultado es siete, aceptar esto último en nombre de la democracia no es progreso; es tan sólo difundir un error matemático. Y tiene razón, aunque no comparto la excesiva reducción del asunto a términos racionales, pero da una imagen muy sencilla y muy certera de lo que está ocurriendo. El "progreso" sin duda sigue adelante gracias a una tal democratización que amenaza con relativizar incluso los principios más básicos de respeto a la dignidad humana, como tan bien expica hoy Oriana Fallaci en su artículo en contra de la investigación con embriones humanos (publicado hoy en El Mundo en su edición impresa). Por cierto que a Fallaci hay que leerla con tiento, porque no todo lo que defiende es a mi juicio correcto y a veces dice cosas muy fuertes, pero también dice con valentía grandes verdades como puños cuando defiende los principios fundamentales que hoy corren el peligro de ser barridos por el relativismo y el materialismo.

Como decía, el "progreso" sigue adelante, generando la ilusión de que los ciudadanos somos cada vez más libres, más dueños de nosotros mismos, estamos más "liberados" y vivimos en un espacio cada vez más "global", "abierto" y a nuestro servicio. Cuando la realidad es que el hombre está cada vez más esclavizado a sí mismo (a su ego) y más cerrado a la posibilidad de superar su propia individualidad y ser lo que es realmente, posibilidad que es precisamente su verdadero destino. ¿No merece la pena preguntarnos hacia dónde va ese "progreso"?

No obstante, es preciso ir más allá del "sí" o el "no" y, en lenguaje de Jünger, emboscarse. Es preciso refugiarse en el santuario de soledad y silencio donde simplemente somos y recuperar la verdadera libertad para poder luchar por ella con sentido y sin la vista nublada por este mundo más ilusorio que nunca, esta "nave" que se precipita hacia la aniquilación a una velocidad creciente. Y es precisamente en el borde del abismo donde crece la esperanza de salvación.

Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (1)

Suena un ¡don, din, don, dan! como el de los supermercados. A continuación, una voz femenina, entre mecánica y complaciente: "Les recordamos que, en el puesto de la librería Fulanita, está firmando libros el escritor Menganito." La secuencia se repite cada minuto aproximadamente, anunciando los diversos "productos" a disposición del consumidor. El lugar: un paseo céntrico que nuestro ayuntamiento, en un alarde de progreso y modernidad, utiliza desde hace unas semanas como sala de exposiciones al aire libre de arte moderno. Es decir, colgar poemas en las paredes, asfixiar a los árboles vendando incomprensiblemente sus troncos con frasecitas que quedan muy modernas y nadie entiende porque no dicen nada, y por último la gran chorrada: el "muro de las palabras", unos largos paneles en los que cada uno puede escribir lo que quiera; ya puedes imaginar lo "bello" y "artístico" que ha quedado dicho muro, gracias a los rotuladores de los cientos de gamberrillos que han podido dar rienda suelta a su "creatividad" con permiso de la autoridad, y a los de los felices ciudadanos que se creen ser más libres por poder escribir y/o leer frasecitas de postal que quedan muy sesenteras y muy progres ahí puestas mientras el hombre va perdiendo la verdadera libertad. Frases típicas más repetidas que comprendidas junto a estupideces de toda índole y signos radicales de uno y otro extremo... Qué bonito es el arte moderno y las posibilidades que nuestro achuntamiento nos proporciona para que estemos contentos y ejerzamos nuestra "libertad de expresión". Pero volvamos al acontecimiento: La Feria del Libro. Aunque yo más bien, visto el panorama, lo habría llamado "La Venta del Pescado" o "Las Rebajas de El Corte Inglés". Es curioso. También la "cultura" (eso que los mismos que montan estos espectáculos dicen que "libera") se convierte en un producto para mantener dormidas a las masas, un producto de consumo más (es decir, un producto que consume al consumidor, ¡qué paradoja-jaja!), que crea la ilusión de que los ciudadanos de esta sociedad son libres y tienen acceso a un montón de medios para su realización personal. No sé de qué me extraño. Es natural que los libros, que al fin y al cabo en tanto que objetos no contienen más que saberes y no sabores (es decir que son dedos que apuntan a la Luna y no la propia Luna, y por tanto un desaprensivo puede desviar el dedo al ombligo del consumidor, que es lo que pasa hoy con el concepto moderno de la "cultura"), entren en el mismo saco que todas las drogas modernas (consumibles por vena, por combustión, por visionado televisivo, por tarjeta de crédito, etc.) en el camino a la nada que lleva este mundo privado de principios, ciego a la verdadera libertad (que late como un bosque con ganas de crecer en el fondo del ser de cada hombre) y amante de las pequeñas y falsas libertades que sólo sirven, efectivamente, a la "realización personal" del ego, lo cual es exactamente lo contrario de la verdadera Realización (espiritual). Es decir: nos hacen pensar que somos libres y nos "realizamos" mediante insulsos ejercicios "artísticos" de estupidez pública y arte de rotulador para todos, mientras que nos están metiendo en una dinámica de pura mecánica de supermercado. Están convirtiendo el mundo en un supermercado al servicio del ego. Que nadie se engañe. El Arte es otra cosa (desde luego tampoco ese entretenimiento snob y "elitista" separado de la vida cotidiana, pero tampoco esta intromisión, absurda y sin principio de realidad, en la vida urbana). Y la libertad no consiste en tener acceso a muchos productos en el Gran Supermercado Mundial del Ego para tapar el miedo y la insatisfacción, sino que se consigue al refugiarse –"emboscarse", diría Jünger– en ese fondo íntimo de nuestro ser, en soledad y silencio (sin ego-productos ni ruidos ambientales como el pseudo-arte o la mentira institucionalizada, por ejemplo), para beber de la fuente del Manantial y salir al mundo como otra persona, Eso que no es yo ni tú sino la respuesta adecuada a toda crisis.

Sobre las artes marciales

Las artes marciales pueden servir para aprender ciertas cosas que son susceptibles de ser trasladadas a otros ámbitos, a la "vida cotidiana", por ejemplo. Pero sucede como con todas las actividades humanas, más si han sido legadas por la tradición; son susceptibles, como los buenos libros y el verdadero Arte, de dar lugar a varias lecturas.

Una de esas lecturas, en el caso concreto de las artes marciales, es la moral. Es bien sabido que uno aprende en el tatami ciertos valores –actitud digna, respeto al rival, compañerismo, disciplina...– que luego evidentemente le van a servir en el campo de batalla de la vida. En cierto sentido, uno se forma en el tatami para la vida, y desde luego esas cosas se notan, además de que se goza de un mejor estado de salud tanto corporal como anímica.

Pero no es eso lo más importante, el meollo de la práctica de las artes marciales, aunque es habitual que uno se acerque a ellas en busca de una forma de mejorar su salud y "sentirse mejor". En realidad, esas cosas vienen añadidas con la práctica.

¿Qué es lo más importante, entonces, en las artes marciales? Pues eso se va descubriendo con el entrenamiento. Lo importante es ser fiel a la práctica y entregarse a lo que se está haciendo, tratando de no detenerse en esos pensamientos, ideas y deseos con que uno se suele acercar a esto; me refiero precisamente al deseo de mejorar la salud, sentirse mejor, tener un buen estado físico, saber defenderse, "competir" y no hablemos de deseos oscuros como aprender a luchar para hacer daño a otros. Todo eso es alimento del ego. Y de lo que se trata en las artes marciales, si son bien entendidas, es de practicar y practicar hasta que ya no haya un yo que practica, sino únicamente la práctica. Para eso son útiles los valores "morales" de los que hablaba al principio y la disciplina, pero no son en absoluto el fin.

Cuando hago un kata, a medida que mi entrenamiento va madurando, voy tratando de simplemente hacer el kata, y poco a poco va ocurriendo lo verdaderamente importante en el kárate y en todas las artes marciales: que, en un momento dado, deje de estar yo haciendo el kata y pase a haber simplemente el kata haciéndose. Esto no se puede entender si no se ha vivido en alguna medida, y no sirve de nada hacerse ilusiones al respecto; lo importante es practicar, con olvido de sí, con entrega total al aquí y ahora. No hay otra cosa, en este momento, más que el aquí y el ahora. En la medida en que uno va aceptando esto, va creciendo una fuerza en su interior que no es suya, y esto no es lenguaje poético; se constata con la experiencia.

Por supuesto, no hay que olvidar varias cosas. Por ejemplo, que en la actualidad las artes marciales que se practican son en mayor o menor medida adaptaciones modernas, desvinculadas de la tradición integral en la que se desarrollaron. Esto conlleva que hoy ya no se entienden como lo que son en realidad, sino que se enseñan y se promueven por lo general con motivaciones orientadas al ego. En mi opinión la clave para hacerlo con sentido, si uno quiere practicar con seriedad, es hacerlo sin ninguna motivación.

Otra cosa que nunca hay que perder de vista es que las artes marciales, además de todo esto que estoy comentando, son técnicas para cortar cabezas. Creo que ese es un punto que hay que tener en cuenta, y que no se puede eliminar de un plumazo, pues es algo que a uno le interpela. Toda visión romántica de las artes marciales cae ante ese hecho.

Por último, algo muy importante: las artes marciales no son caminos espirituales, pese a que pueda parecer que yo lo creo por lo que he dicho. Sin ninguna vinculación con una tradición integral o sin ninguna práctica consciente y subordinada a un verdadero Camino de realización (como por ejemplo el Zen), no son más que deportes, ejercicios saludables para el cuerpo y el alma y sistemas de combate. Y aun en contacto con un Camino, no son sino aplicaciones, medios y prácticas complementarias, que pueden ayudar a ese crecimiento interior, pero no por sí mismas, sino por el Camino.

"Agnosticismo" e inquietud espiritual en Borges

Hace poco me enteré de que Borges, que se declaraba agnóstico, quiso ser enterrado en un cementerio católico. Hace un tiempo, un amigo me contó lo mismo acerca de otro intelectual con inquietudes espirituales pero alejado durante su vida de la religión: Jünger. (Por cierto que tengo pendiente su libro La Emboscadura; ahora que llegan las vacaciones le hincaré el diente.)

Resulta curioso que personas que se declaran agnósticas expresen su deseo de ser enterradas por el rito católico. Sin embargo, quizá no sea tan extraño si recuperamos el verdadero sentido de la palabra agnóstico: «quiere decir en un sentido escricto que las realidades últimas (Dios, el alma, el significado del mundo) no son asequibles por la razón, pero pudiera ser que sí por otros medios. Por tanto, agnóstico no es necesariamente sinónimo de increyente o indiferente (que es la acepción que ha tomado hoy esta palabra). Así pues, Borges como agnóstico podría significar que le preocuparn o interesan vitalmente estos temas, aunque no tuviera un asentimiento definitivo de su razón a esos contenidos metafísicos. Se explicaría así la recurrencia de Borges a filósofos y doctrinas filosóficas: serían perspectivas, enfoques o respuestas potenciales a las cuestiones fundamentales planteadas por la inquietud existencial de Borges.» [Artículo de J. A. Antón Pacheco en LyE n.º 6.]

Así pues, filósofos (como Jünger) o literatos (como Borges) que por su terreno y su actividad pertenecen al mundo profano y moderno, resultan derivar, por sus inquietudes y sus aptitudes fuera de lo común, hacia una especie de "retorno a los orígenes" que les reconcilia de alguna forma con la espiritualidad tradicional. En efecto, cuando uno lee a Borges teniendo alguna noción de las tradiciones de sabiduría, no puede dejar de reconocer esquemas simbólicos que aluden a procesos interiores muy elevados, y termina el lector preguntándose si Borges era una especie de místico o si tocó alguna cuerda de lo místico a través de su magistral uso de las letras como arte simbólico que acabara apuntando a la Luna de la Sabiduría como arco de buena hechura.

Esta sospecha se ve confirmada en el hecho de que Borges, no sólo quiso ser enterrado por el rito católico, sino que su voluntad (frustrada por su enfermedad) en los últimos años de su vida fue entrar en un monasterio Zen. Además de los dos acontecimientos extraordinarios de su vida que su viuda María Kodama no duda en llamar experiencias místicas.

Occidente

Dijo René Guénon en su conferencia pronunciada en la Sorbona (publicada en un breve librito titulado La metafísica oriental):

«Entre estas civilizaciones tradicionales y una civilización que se ha desarrollado en un sentido puramente material, ¿cómo podría encontrarse una medida común? ¿Y quién, pues, a menos de estar cegado por no sé qué prejuicio, se atreverá a pretender que la superioridad material compensa la inferioridad intelectual? Intelectual, decimos, pero entendiendo con ella la verdadera intelectualidad, la que no se limita al orden humano ni al orden natural, la que hace posible el conocimiento metafísico puro en su absoluta trascendencia. (...)

La superioridad material del Occidente moderno es indiscutible; nadie se la discute tampoco, pero nadie la envidia. Hay que ir más lejos: a causa de este desarrollo material excesivo, Occidente corre el riesgo de perecer tarde o temprano si no se repone a tiempo, y si no pasa a considerar seriamente el "retorno a los orígenes" (...) En diversos lugares, se habla mucho hoy de "defensa de Occidente"; pero, por desgracia, no parece comprenderse que es de sí mismo de quien Occidente necesita ser defendido, que es de sus tendencias actuales de donde proceden los principales y más temibles de todos los peligros que le amenazan realmente. Estaría bien meditar sobre esto con cierta profundidad y nunca se podría rogar lo suficiente a todos aquellos que son todavía capaces de reflexionar.»

Estas palabras datan de 1925, pero me parece que tienen hoy tanta vigencia como entonces, o quizá más. Por supuesto que existen hoy graves y urgentes amenazas físicas para Occidente que provienen bien de periferias exteriores o bien de "periferias" interiores, pero creo que para no engañarnos hemos de tener cuidado en no dejarnos llevar por la retórica de la "defensa de Occidente" a tales extremos que creamos que la civilización occidental moderna en todos sus aspectos es la solución a todos los males de la Humanidad. Al fin y al cabo, pienso, las reacciones violentas del integrismo se deben a la propia decadencia espiritual de Occidente, a su desarrollo antinatural sobre bases exclusivamente económicas y técnicas. Está claro que eso no exime de culpa a los terroristas.

En el fondo, uno se siente inmerso en un juego del que parece imposible escapar. La corriente liberal globarizadora cree tener la completa verdad de su lado a la hora de extender por el mundo los valores modernos, la democracia, el consumismo, la muerte del Espíritu; incluso alguno de sus líderes pronuncia a menudo la palabra mágica: "Dios", y todo bajo la ondeante y demagógica bandera de la "Libertad" (en los últimos siglos esta palabra quizá haya sido escrita con sangre más que ninguna otra). Por otra parte, los que se oponen a esta invasión (progres, antiglobalización, integrismo islámico... simplificando) también creen contar con la verdad absoluta, y por supuesto que los últimos profieren a menudo la tan mancillada palabrita mágica. En boca de unos y de otros, vilmente mancillada, pero la realidad que expresa en absoluto se ve afectada. Sigue estando perfectamente claro que Dios no está de parte de unos ni de otros; tan obsceno me parece decir que Dios (o la Verdad) está de parte de los que asesinan como decir que está de parte de los que extienden un sistema injusto basado en el egoísmo y que promueve una vida humana completamente desnaturalizada y cerrada al Espíritu.

Niños sacrificados a los nuevos ídolos

José Javier Esparza:

«Niños estresados e histéricos, que se mueven al ritmo endiablado de los juegos de playstation. Niños no ya agresivos, sino violentos y hostiles, sumergidos en una especie de guerra permanente contra el entorno. Niños idiotizados por el bombardeo publicitario, empujados a desear cien veces todos los días un mundo de objetos que no pueden poseer. Niños sumergidos brutalmente en problemáticas adultas (sexo, espectáculo, dinero, etc.) desde las series de televisión o desde el propio sistema de enseñanza. Niños cuya adolescencia, forzada, comienza a los diez años y termina, igualmente forzada, a los veintitantos. Niños encerrados en sus casas porque ya no se puede jugar en la calle. Niños que desde los diez años disponen de la gentil píldora abortiva de Gallardón. Niños educados en la libertad sin que nadie los eduque en la responsabilidad. Niños incapaces de comprender un texto escrito porque el cerebro ya sólo les funciona para lo audiovisual.

Pero ¿qué estamos haciendo con los niños?» (Leer más...)

Han hecho Papa a un filósofo alemán

José Javier Esparza escribe hoy:

Para cualquiera que haya seguido el decurso del pensamiento alemán desde mediados del siglo XX, en las posiciones de Ratzinger será fácil descubrir el mismo espíritu de Jünger en La paz, de Heidegger en Serenidad, de Konrad Lorenz en Decadencia de lo humano, hasta las obras –más recientes– de su amigo Spaemann: una severa crítica de la modernidad, porque la modernidad, que empezó siendo doctrina de la emancipación, terminó convertida en doctrina de la dominación –dominación de la técnica, de lo material, sobre toda dimensión espiritual.

Los azotes de su homilía en la misa pro eligendo fueron elocuentes: contra el colectivismo, contra el marxismo, contra el liberalismo, contra el individualismo, contra todas aquellas ideologías que han construido la civilización más materialista de todos los tiempos.

(Leer más.)