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Santuario

Don Botellón

Los niños no saben vivir, por eso salen a beber.

Los niños borrachos son huérfanos. Sus papás no saben cómo educarlos. Su madrastra, la Sociedad, sonríe complacida; sus retoños hacen lo que se les manda: beber y vomitar la basura de la que se sustenta, y vuelta a beber, y a vomitar. Y a tiritar en esta noche oscura. Su padrastro, el Estado, se lleva dramáticamente las manos a la cabeza; sin embargo, su colaboración y permisividad con el nihilismo-hedonismo que naturalmente sustenta al capitalismo-consumismo le hace cómplice, si no artífice.

Asco.

Estado y Sociedad, ahora, pasarán a representar el papel que toca en la obra: la lucha contra el Mal. Hoy, el Mal se llama don Botellón. ¡Ja! Qué malo es don Botellón.

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