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Esclavos del loto negro

Otro fragmento literario que me ha llamado poderosamente la atención. Pertenece al relato Xuthal del crepúsculo, de Robert E. Howard, publicado en septiembre de 1933. Aunque está ambientado en un contexto de fantasía heroica (el mundo de Conan), parece admitir ser trasladado al futuro o a nuestro presente aportándole un carácter distópico que lo acercaría a críticas próximas a la que hace Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz o a la del clásico cinematográfico La fuga de Logan.

Esta gente duerme durante la mayor parte del tiempo. El sueño es para ellos tan importante y tan real como su vida de vigilia. ¿Has oído hablar alguna vez del loto negro? Crece en algunos lugares de la ciudad. Lo han cultivado durante muchos años y lograron que su jugo, en lugar de producir la muerte, proporcione sueños agradables y fantásticos. La gente se pasa la mayor parte del tiempo soñando. Sus vidas son vagas, impredecibles y carecen de objeto. Sueñan, despiertan, beben, aman, comen y vuelven a soñar. Rara vez terminan lo que comienzan porque inmediatamente vuelven a sumirse en el sueño del loto negro.

¿Podría parecer que se trata de un destino envidiable? Quizás a primera vista (y según si prefieres la pastilla roja o la pastilla azul... je). Pero a menudo, tras una vida aparentemente feliz y sin preocupaciones, acechan las más terribles sombras que se puedan concebir:

Se trata de Thog, el Antiguo, el dios de Xuthal, que habita en la cúpula hundida del centro de la ciudad. Siempre ha vivido en Xuthal. Nadie sabe si llegó con los antiguos fundadores o si ya estaba aquí cuando se construyó la ciudad. Pero la gente de Xuthal lo adora. Casi siempre duerme bajo la ciudad, pero a veces, a intervalos, siente hambre, y entonces vaga por los corredores secretos y por las habitaciones mal iluminadas buscando una presa. Por lo tanto, nadie está seguro. [...] Se extinguirán dentro de unas pocas generaciones y Thog tendrá que ir por el mundo en busca de nuevas presas o regresar a las tinieblas de las que vino hace siglos. Se dan cuenta de que están condenados [...] pero su fatalismo les impide oponer resistencia o huir. Ni una sola persona de esta generación ha salido de estas murallas. [...] Se trata de una raza en vías de extinción, ahogada por sueños provocados por el loto, mientras que sus horas de vigilia son estimuladas por el vino dorado que cura heridas, prolonga la existencia y da fuerzas a los libertinos.

Así que los que aparentaban ser dioses liberados del mundo no son más que presas de las tinieblas que acaso ellos mismos, en su decadencia, han instalado en el centro de su existencia. Son esclavos de una realidad virtual donde el ocio y la autosatisfacción ahogan cualquier atisbo de amor a la vida y a la verdadera libertad. Son muertos vivientes encadenados a sus propios deseos. Deshumanizados. Pasto de los demonios.

Sólo viven para sus placeres sensuales. Soñando o despiertos, sus vidas están llenas de éxtasis exóticos, muy superiores a los del resto de los hombres.

–¡Malditos degenerados! –exclamó Conan.

–Es cuestión de opiniones –repuso Thalis con ironía.

Esas dos aserciones podrían ser interpretadas como dos actitudes de nuestro tiempo ante la profunda crisis espiritual y moral que nos afecta: por un lado, la del rechazo tradicionalista (en boca de Conan); por otro, la del relativismo de Thalis que, tras analizar la muerte del Espíritu que ha acabado con la gente de Xuthal (pues ha sido ella la narradora de los males de su pueblo), responde con cínica complacencia ante su propio destino. Pero hay una tercera frase, pronunciada por Conan tras su primera reacción, la reacción de un bárbaro ajeno a la decadencia de la civilización. Una mucho más ambigua y que admite ser vista como una apertura a un nivel distinto, como una respuesta surgida desde otro ámbito:

–Bueno –murmuró el cimmerio–, creo que estamos perdiendo el tiempo. Veo que este no es un lugar adecuado para simples mortales. Nos iremos antes de que tus degenerados despierten o Thog nos devore. Sospecho que el desierto es un lugar mucho más acogedor.

La opción del desierto es la opción de la emboscadura que propusiera Ernst Jünger. Refugiarse allí es situarse en el lugar inhóspito, salvaje y peligroso en que nos enfrentamos a nosotros mismos escapando de la deriva del mundo, de la nave o el Leviatán. Supone, al mismo tiempo, conectar con aquello que nos hace humanos y nos enriquece para salir, renovados y libres, a la tierra que espera nuestro regreso y nuestra bendición. Nuestra acción transformadora, que no es otra –si salimos vivos del desierto o el bosque, o emergemos regenerados de nuestro paso por los infiernos– que la acción del Espíritu.

En el fondo, se trata de una opción que, dejando aparte interpretaciones alusivas a nuestro momento histórico, pertenece al ser humano en su totalidad: al de ayer, al de hoy y, con un poco de esperanza, al de mañana.

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