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Starship Troopers

Starship Troopers

Paul Verhoeven es un director peculiar. Sus películas pueden parecer a simple vista productos cocinados para las masas con ingredientes fáciles como el sexo y la violencia. Sin embargo, quienes se quedan en las apariencias no acaban de ver su gran talento: utiliza esa receta como un hábil juego para tratar temas mucho más profundos que tocan al ser humano donde más duele, obligándole a enfrentarse con la duda e invitándole a la reflexión sobre cuestiones muy serias. Detrás de la sangre y el sexo, laten con fuerza grandes preguntas disparadas con inteligencia a la capacidad crítica del espectador. Y es que Verhoeven es un gran director: subversivo, trasgresor y reflexivo, sin restar un ápice del entretenimiento. De hecho, quien ve una de sus obras tiene la diversión asegurada; si, además, presta una especial atención a lo que se le está presentando bajo el disfraz de la violencia, se dará cuenta de que ahí hay mucho más de lo que parece.

Este es el caso de Starship Troopers (1997), una película maltratada por la crítica que no cosechó mucho éxito en las taquillas y, sin embargo, cuenta con una legión de admiradores –entre los que, vaya por delante, se cuenta el que esto escribe– que la consideran ya todo un clásico. En ella, en el marco de una sociedad futura basada en la fuerza del ejército, se cuenta la historia de unos jóvenes que se alistan en el servicio federal por diversas razones. Johnny Rico lo hace para seguir a la chica de la que está enamorado, pero el duro entrenamiento acabará endureciéndole y, cuando estalla la guerra contra los “bichos” (alienígenas arácnidos originarios del lejano planeta Klendathu), la violencia de los acontecimientos le obligará a crecer al tiempo que lucha por la Federación.

La película está basada en la novela homónima de Robert Heinlein, escrita en 1959 y considerada una obra fundamental del género. El libro está marcado por la polémica, y es que algunos lo han tachado de “fascista”, mientras que otros señalan que Heinlein proponía una profunda reflexión.

Precisamente en ese punto huidizo entre el ensalzamiento y la crítica de un mundo gobernado por los valores militares se sitúa la cinta de Verhoeven, que juega con inteligencia a atrapar al espectador como si fuera un miembro más de esa sociedad manipulada. Y es que viendo Starship Troopers uno fluctúa constantemente entre el rechazo y el apoyo a los soldados, precisamente gracias al doble juego del director entre la sátira y la acción, que nos obliga, a la postre, a apoyar la lucha de los reclutas contra los bichos y al mismo tiempo constatar la locura de una sociedad basada en la violencia. En la contradicción se encuentra la clave para la verdadera comprensión, y es que es la duda lo que Verhoeven pretende despertar en nosotros, más allá de conclusiones fáciles en uno u otro sentido.

Se podrían señalar varias lecturas de la película, diferentes pero complementarias para hacerse una idea bastante completa y cabal sobre el mensaje que el director nos hace llegar:

La primera y la más obvia consiste en considerar Starship Troopers como una gran película de aventuras, repleta de acción y emoción, buenos efectos especiales, unas memorables escenas espaciales, algunos toques cómicos e incluso una historia de amor nada cursi que conoce el dolor de la pérdida y la muerte. Puede verse como tal, aunque sería un desperdicio no prestar atención a las demás lecturas, que por otra parte están muy claras desde el principio.

La segunda pasa por detenerse en la crítica satírica que Verhoeven hace de la manipulación a la que pueden verse sometidas las volubles masas, y del peligro que supone una sociedad donde, según los profesores que aleccionan a los adolescentes, la fuerza, la violencia, es “la suprema autoridad de la que procede cualquier otra autoridad”. Podemos hacer una lectura crítica hacia la sociedad actual, pues si cambiáramos la palabra “fuerza” por “dinero” o “consumo”, el escenario nos resultaría mucho más familiar. Como sigue diciendo el profesor Rasczak, “la fuerza ha resuelto más problemas a lo largo de la Historia que cualquier otro factor”. Efectivamente, se da a entender que el mundo de la Federación es el resultado de la toma del poder por la casta guerrera tras el fracaso de las democracias. Desde el principio de la película, se insiste en mostrar el triunfo de los valores guerreros, de la ética del honor y el deber, sin otros valores que los limiten por arriba (espiritualidad, religión) o por abajo (derechos civiles). “Cumplo con mi deber”, dicen los soldados en el noticiario que abre el film. “Yo también quiero cumplir”, dice un niño sonriente vestido con el traje reglamentario, a lo que siguen las risas de los soldados. Más adelante, en otro noticiario, con el titular de “un mundo que funciona”, aparecen unos soldados enseñando a usar armas a los entusiasmados niños y repartiéndoles balas con sonrisas de anuncio de pasta de dientes. “El poder de los ciudadanos, personas que crean un futuro mejor”. Más adelante, se anuncia la ejecución pública de un asesino sentenciado a la silla eléctrica, que será transmitida “en toda la red y en todos los canales”. Verhoeven deja claras las cosas, pues: estamos ante una sociedad totalitaria donde la fuerza es el poder supremo, las masas son constantemente aleccionadas y la información es sistemáticamente manipulada. La libertad está ahogada, pero nadie parece advertirlo, pues, según parece, esa sociedad funciona. Claro que los noticiarios sólo nos muestran lo que le interesa al poder, pues no hay que olvidar que Verhoeven juega a tratarnos como miembros de esa sociedad.

Es también importante e interesante la crítica algo velada al auge del interés por los fenómenos paranormales y las sectas modernas o pseudo religiones. El Estado promueve el desarrollo de las facultades parapsicológicas, tratándolas frívolamente, claro está, como un instrumento más al servicio de la Federación. Así, el hombre es un número dentro del sistema federal, no sólo en cuerpo sino también en alma. Por otra parte, en uno de los noticiarios se hace una alusión directa a los mormones y sus fantasías de colonizaciones interplanetarias. Esta secta tiene en su ideario el proyecto de habitar otros planetas, que suponen que son habitados por seres extraterrestres “divinos”. El noticiario nos muestra que “extremistas mormones, desoyendo las advertencias federales, fundaron Port Joe Smith (…) en plena zona de cuarentena arácnida. Cuando quisieron darse cuenta, ya se habían establecido otros colonos: los arácnidos.” Al espectador avisado, esta escena le puede sugerir que Verhoeven critica más o menos veladamente la falta de espiritualidad verdadera de las pseudo religiones modernas proselitistas que tanto abundan en EEUU, pues los Mormones de la película, tras fundar su colonia, se encuentran algo muy diferente de lo que esperaban: en lugar de una cálida bienvenida por parte de benévolos “dioses” extraterrestres, son víctimas de una masacre a manos de monstruos, los cuales, dicho sea de paso, pueden entenderse también como símbolos de los aspectos más bajos del psiquismo humano, en los que estas doctrinas pseudo espirituales suelen caer con frecuencia.

La película, al tiempo que nos hace permanecer vigilantes y tener en cuenta todo lo anterior, nos introduce de lleno en la historia de sus protagonistas, arrastrados por las circunstancias, que no se plantean en ningún momento si lo que hacen está bien o mal. Simplemente, luchan contra la amenaza, o al menos contra lo que los mandos militares consideran una amenaza, sea o no lo justo y necesario. En un principio esa guerra nos parece un sinsentido, pues vemos a cientos de soldados lanzados a morir sin piedad ni dignidad. Pero la cosa cambia en cuanto Rico y sus amigos pasan a formar parte del equipo de los Recios de Rasczac (excelente actuación, por cierto, la del siempre duro como el acero Michael Ironside). Entonces los individuos comienzan a cobrar protagonismo y a comportarse como héroes, al servicio de la Federación pero al mismo tiempo, gracias a sus propios actos, poseedores de una dignidad que les hace ser libres incluso en un terreno tan opresivo como es el de la Federación. Ahora, el espectador no puede evitar apoyar al héroe, pues ya no es sólo un número, un aspirante más a ciudadano en una sociedad totalitaria, sino un hombre que lucha conscientemente aun en medio del torbellino de las circunstancias.

Tras haber conocido el sufrimiento y la pérdida, Rico dice una frase que define muy bien el mensaje de la película si atendemos a una tercera lectura más profunda: “Una vez, alguien me preguntó la diferencia entre un ciudadano y un civil. Ahora puedo decirlo. Un ciudadano tiene el valor de proteger la raza humana como una responsabilidad personal.” Ahí está, en mi opinión, el meollo de la historia. Independientemente de si la sociedad es justa o no, de si es necesario desplazarse al otro lado de la galaxia para exterminar a la raza de los bichos, Verhoeven apunta a la responsabilidad del individuo para con su especie como un problema capital de nuestro tiempo. Sólo cuando el hombre asume su responsabilidad en lugar de atender sólo a su propio provecho puede llamarse ciudadano. Estamos, pues, no sólo ante una crítica al totalitarismo manipulador de las masas, sino también al individualismo egoísta que lleva al hombre a desentenderse de los problemas ajenos.

Esta idea se apoya además en una imagen simbólica con mucha fuerza: la de los humanos luchando contra los bichos. Y es que esta imagen nos recuerda a otra, antiquísima: el héroe que se enfrenta al dragón. Precisamente Rico, en una escena, tras haber destrozado con una granada a un enorme bicho que escupía fuego líquido, se yergue victorioso con la agonizante criatura en segundo plano. En ese momento en que el hombre vence a la bestia, poco importa que sea una victoria para la oscura Federación, porque es ante todo la victoria del hombre sobre la bestia. Sólo es importante la hazaña, el símbolo que late en ella, pues se trata de la eterna guerra del bien contra el mal, y la lucha del ser humano por erigirse en vencedor de sí mismo.

Siguiendo con esta línea y dejando de lado el aspecto satírico, es evidente que el espectador se siente irremediablemente atraído por el aspecto heroico y romántico de la guerra de la Humanidad contra los bichos. En efecto, ya no se trata de un enfrentamiento entre hombres, sino de algo que une a todo el mundo contra una amenaza común, monstruosa. Los dragones y demás criaturas malvadas, símbolos donde el ser humano ubicó la lucha contra el mal durante toda su Historia hasta hace relativamente poco, reviven a través de los bichos de la película. El hecho de ubicar el mal de nuevo en un lugar del universo es en cierto sentido una forma de recuperar la visión mítica y tradicional del mundo, avivando también el amor por lo humano y dando un lugar y un objetivo al hombre.

Ese sentimiento de empatía por los héroes, por cierto, es hábilmente alimentado por la excelente música de Basil Poledouris (una de las bandas sonoras más heroicas y emocionantes que he escuchado).

En resumen, Starship Troopers es una gran película que admite varias lecturas. Crítica al apático mundo actual, sátira sobre la manipulación informativa y la locura de un mundo guiado por la fuerza, crítica a las pseudo religiones y a los peligros del interés desmedido por los poderes psíquicos, ensalzamiento del valor y la dignidad del hombre, canto a la responsabilidad, a la gloria de los actos valientes y al heroísmo, reutilización del mito del dragón para devolver al hombre actual el sentido mítico… Verhoeven juega con todos estos elementos con una maestría insospechada para muchos, y ante todo consigue algo que ya por sí mismo es todo un triunfo: nos hace pasar un buen rato ante la pantalla.

[Artículo aparecido originalmente en Espada y Brujería.]

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