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Lecturas

Acabaron las clases y por fin tengo algo más de tiempo para leer. Muy provechosa me resultó la lectura de la selección de tratados y sermones metafísicos del Padre Stéphane que hay recopilada en la web Contemplatio.

Luego me sumergí en una nueva experiencia: leer a Jünger. En realidad ya había leído un libro suyo (La Tijera), pero abordar La Emboscadura es toda una nueva experiencia, quizá demasiado grande para asimilarla de una vez, pero de cualquier forma muy grata y llena de lucidez, una lucidez extraña en un "filósofo profano"; si hubiera leído este libro hace unos años, me habría impactado sobremanera, para bien y para mal (llegó antes Guénon), o quizá no habría entendido realmente nada de nada (como me pasó con Nietzsche en una apresurada lectura de adolescencia).

Después vino la lectura rapidita y ligera de ¿En qué creen los que no creen?, un interesante intercambio de cartas entre Umberto Eco y el cardenal Carlo Maria Martini, donde los dos se preguntan y se responden mutuamente sobre temas candentes que giran en torno a la moral y la ética. Interesante, pero también algo decepcionante, ya que uno saca poco en claro. Queda claro, eso sí, que ambos personajes son educados y están abiertos a acercar posturas respetuosamente el uno al otro, y en ese sentido la lectura de las cartas me gustó. Menos afortunadas me parecen la mayoría de las intervenciones de otros personajes, casi todos tirando piedras al cardenal ("filósofos" con sus sutiles y vanos juegos conceptuales, periodistas y políticos). Finalmente Martini defiende su posición con suficiente acierto, y creo que sólo desde su punto de vista (aun siendo muy insuficiente) y desde la sincera voluntad de diálogo de Eco se puede entender bien el asunto que los demás sólo llegan a vislumbrar. Por otra parte, seguramente el Padre Stéphane le diría a Martini que dejara de intentar hablar con sordos y se dedicara a explicar la doctrina cristiana con claridad y precisión, y seguramente con parte de razón (pero también es enriquecedor el diálogo, claro).

Y ahora, en fin, maravillado estoy con la Poesía de Friedrich Hölderlin, dejándome acariciar por la brisa que recorre su Hiperión (sí, por fin puedo leer aquel regalo). Una joya. Por ahora poco más puedo decir; la lúcida sensibilidad que rezuman sus palabras me llevan de cielo en cielo.

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