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Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (2)

Respecto a las elecciones llenas de coacción que son retratadas en las primeras páginas de La Emboscadura de Ernst Jünger como condición opresiva del mundo actual, dice el autor:

«No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al "no".»

Me parece que esto se puede trasladar al tema de la "cultura" y el "arte" que el poder dispensa a los ciudadanos para mantenerlos en la ilusión de que vivimos en la perfecta polis. No creo tampoco que los poderosos sean conscientes de esta comida de plástico que están dando a sus ovejas, porque ellos son personas normalmente de lo más mediocre, y son manejadas por la Gran Ilusión lo mismo que los ciudadanos que se tragan la pastilla sin rechistar.

A lo que iba: ¿quién no ama la cultura y el arte?, se podría decir, como comenta Jünger respecto a las nociones manipuladas de "paz" y "libertad" que se nos venden. Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal (o por lo menos marginal) a criticar el "muro de las palabras", los incomprensibles y "artísticos" vendajes que sufren los árboles de la zona, y el carácter de supermercado de productos para el consumidor que se esconde tras el circo de la cultura o el modo de presentarse de la Feria del Libro.

Es por eso que, para muchas mentes superficiales y domadas por la televisión, iniciativas como la demolición simbólica del Cubo de Moneo son, simplemente, "fachas".

Explica Giovanni Sartori que si cien personas con conocimientos dicen que tres por tres es igual a nueve, y cien mil personas sin conocimientos aseguran que el resultado es siete, aceptar esto último en nombre de la democracia no es progreso; es tan sólo difundir un error matemático. Y tiene razón, aunque no comparto la excesiva reducción del asunto a términos racionales, pero da una imagen muy sencilla y muy certera de lo que está ocurriendo. El "progreso" sin duda sigue adelante gracias a una tal democratización que amenaza con relativizar incluso los principios más básicos de respeto a la dignidad humana, como tan bien expica hoy Oriana Fallaci en su artículo en contra de la investigación con embriones humanos (publicado hoy en El Mundo en su edición impresa). Por cierto que a Fallaci hay que leerla con tiento, porque no todo lo que defiende es a mi juicio correcto y a veces dice cosas muy fuertes, pero también dice con valentía grandes verdades como puños cuando defiende los principios fundamentales que hoy corren el peligro de ser barridos por el relativismo y el materialismo.

Como decía, el "progreso" sigue adelante, generando la ilusión de que los ciudadanos somos cada vez más libres, más dueños de nosotros mismos, estamos más "liberados" y vivimos en un espacio cada vez más "global", "abierto" y a nuestro servicio. Cuando la realidad es que el hombre está cada vez más esclavizado a sí mismo (a su ego) y más cerrado a la posibilidad de superar su propia individualidad y ser lo que es realmente, posibilidad que es precisamente su verdadero destino. ¿No merece la pena preguntarnos hacia dónde va ese "progreso"?

No obstante, es preciso ir más allá del "sí" o el "no" y, en lenguaje de Jünger, emboscarse. Es preciso refugiarse en el santuario de soledad y silencio donde simplemente somos y recuperar la verdadera libertad para poder luchar por ella con sentido y sin la vista nublada por este mundo más ilusorio que nunca, esta "nave" que se precipita hacia la aniquilación a una velocidad creciente. Y es precisamente en el borde del abismo donde crece la esperanza de salvación.

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