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Arte moderno, supermercado del ego y "libertad" (1)

Suena un ¡don, din, don, dan! como el de los supermercados. A continuación, una voz femenina, entre mecánica y complaciente: "Les recordamos que, en el puesto de la librería Fulanita, está firmando libros el escritor Menganito." La secuencia se repite cada minuto aproximadamente, anunciando los diversos "productos" a disposición del consumidor. El lugar: un paseo céntrico que nuestro ayuntamiento, en un alarde de progreso y modernidad, utiliza desde hace unas semanas como sala de exposiciones al aire libre de arte moderno. Es decir, colgar poemas en las paredes, asfixiar a los árboles vendando incomprensiblemente sus troncos con frasecitas que quedan muy modernas y nadie entiende porque no dicen nada, y por último la gran chorrada: el "muro de las palabras", unos largos paneles en los que cada uno puede escribir lo que quiera; ya puedes imaginar lo "bello" y "artístico" que ha quedado dicho muro, gracias a los rotuladores de los cientos de gamberrillos que han podido dar rienda suelta a su "creatividad" con permiso de la autoridad, y a los de los felices ciudadanos que se creen ser más libres por poder escribir y/o leer frasecitas de postal que quedan muy sesenteras y muy progres ahí puestas mientras el hombre va perdiendo la verdadera libertad. Frases típicas más repetidas que comprendidas junto a estupideces de toda índole y signos radicales de uno y otro extremo... Qué bonito es el arte moderno y las posibilidades que nuestro achuntamiento nos proporciona para que estemos contentos y ejerzamos nuestra "libertad de expresión". Pero volvamos al acontecimiento: La Feria del Libro. Aunque yo más bien, visto el panorama, lo habría llamado "La Venta del Pescado" o "Las Rebajas de El Corte Inglés". Es curioso. También la "cultura" (eso que los mismos que montan estos espectáculos dicen que "libera") se convierte en un producto para mantener dormidas a las masas, un producto de consumo más (es decir, un producto que consume al consumidor, ¡qué paradoja-jaja!), que crea la ilusión de que los ciudadanos de esta sociedad son libres y tienen acceso a un montón de medios para su realización personal. No sé de qué me extraño. Es natural que los libros, que al fin y al cabo en tanto que objetos no contienen más que saberes y no sabores (es decir que son dedos que apuntan a la Luna y no la propia Luna, y por tanto un desaprensivo puede desviar el dedo al ombligo del consumidor, que es lo que pasa hoy con el concepto moderno de la "cultura"), entren en el mismo saco que todas las drogas modernas (consumibles por vena, por combustión, por visionado televisivo, por tarjeta de crédito, etc.) en el camino a la nada que lleva este mundo privado de principios, ciego a la verdadera libertad (que late como un bosque con ganas de crecer en el fondo del ser de cada hombre) y amante de las pequeñas y falsas libertades que sólo sirven, efectivamente, a la "realización personal" del ego, lo cual es exactamente lo contrario de la verdadera Realización (espiritual). Es decir: nos hacen pensar que somos libres y nos "realizamos" mediante insulsos ejercicios "artísticos" de estupidez pública y arte de rotulador para todos, mientras que nos están metiendo en una dinámica de pura mecánica de supermercado. Están convirtiendo el mundo en un supermercado al servicio del ego. Que nadie se engañe. El Arte es otra cosa (desde luego tampoco ese entretenimiento snob y "elitista" separado de la vida cotidiana, pero tampoco esta intromisión, absurda y sin principio de realidad, en la vida urbana). Y la libertad no consiste en tener acceso a muchos productos en el Gran Supermercado Mundial del Ego para tapar el miedo y la insatisfacción, sino que se consigue al refugiarse –"emboscarse", diría Jünger– en ese fondo íntimo de nuestro ser, en soledad y silencio (sin ego-productos ni ruidos ambientales como el pseudo-arte o la mentira institucionalizada, por ejemplo), para beber de la fuente del Manantial y salir al mundo como otra persona, Eso que no es yo ni tú sino la respuesta adecuada a toda crisis.

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