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La boda del Monzón

La boda del Monzón He visto La boda del Monzón, de la directora india Mira Nair. Una hermosa y divertida película que mantiene despierto y fascinado desde el principio hasta el final. Hace un tiempo ya hablábamos por aquí sobre otra película de amoríos: Mi gran boda griega, y comentábamos el valor que daba al matrimonio, al hecho de crear una familia por encima de los deseos personales o el típico amor romántico "contra el mundo". Era un inusual canto al amor en una dimensión más profunda, más real y más valiente que la habitualmente mostrada en las dulzonas pantallas. Más adelante, en otro post, copié un texto del maestro zen Aitken Roshi, que creo que merece la pena rescatar en su totalidad aquí:

«La verdadera pareja es libertad dentro de un compromiso expresado públicamente y de todas las expresiones de esta índole el matrimonio ofrece el contexto más seguro. Sin matrimonio también puede haber un acuerdo de establecer una relación y trabajar en ella. Muchas personas han quedado heridas por haber sido mal aconsejadas a casarse o han conocido a otras personas que han sido dañadas por ese motivo y por eso huyen de un compromiso decisivo que tenga un fundamento religioso difícil de deshacer. Forman relaciones de pareja, a menudo con éxito, pero la falta de un compromiso último siempre de alguna manera pesa en esa relación y, en momentos de dificultad, puede inducir la decisión de separarse. Un compromiso de vivir en pareja es ponerse de acuerdo en establecer una práctica de matrimonio juntos. La pareja llega a un entendimiento mutuo: "No es tanto el acuerdo de amar y honrarnos mutuamente, aunque eso es una parte muy importante, como el acuerdo de amar y honrar nuestra práctica matrimonial. Somos dos personas embarcadas en crear una obra de arte juntos".»*

(*): Robert Aitken, La mente de trébol, Árbol Editorial S.A. México 1990.

En La boda del Monzón, una mujer va a casarse con un hombre al que apenas conoce en un matrimonio concertado por sus familias, y ella todavía se está viendo con su amante casado en un amor corrupto y sin futuro. La película apuesta por una sociedad fundamentada en la familia y en la fidelidad matrimonial, apoyada en la sinceridad y en el cariño. Frente a la perversión de un supuesto amor romántico que se revela como egoísta y falso, se alza el sentido del compromiso y las ganas de vivir. La mujer es sincera con su futuro marido y así comienza a forjarse un pacto, un proyecto común que empieza a crecer gracias a un amor fundado en el respeto mutuo. Un canto al matrimonio como suprema manifestación social del amor.

Hay otras historias de amor paralelas en la película, y todas convergen naturalmente en la armonía de la familia como base indiscutible e insustituible de la sociedad. La familia es el lugar donde se aprende a amar (es decir, donde se aprende a vivir); Mira Nair, hija de una sociedad tradicional que aún conserva los valores humanos de siempre mientras va siendo inexorablemente occidentalizada y machacada por la modernidad, lo sabe y nos lo recuerda, apostando por la familia y por el amor que lleva al matrimonio con optimismo, alegría y belleza.

Por último, se nos muestra la belleza del ritual, la ceremonia del amor, la alegría y el cuidado en los preparativos de la boda. Y al mismo tiempo aparece la India en todo su esplendor y en toda su miseria. Hay personajes de clase alta y otros pobres, pero curiosamente al final todos participan de la fiesta, como expresando que el amor reconcilia y hace iguales a todos los hombres. La fractura no se produce a nivel social sino moral, pues el único excluido de la celebración será aquel que ha abusado de la confianza familiar.

Una película absolutamente recomendable, fascinante y deliciosa. Un canto al sacrificio, al matrimonio, a la familia: al amor en su alegre y colorida realidad vital.

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