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La escritura del tigre

Leyendo el relato La escritura del dios, de Borges, me replanteo lo que la literatura fantástica es en realidad, es decir lo que la hace más valiosa (cuando es símbolo de algo superior, como en Borges o de manera diferente en Tolkien), frente a tantas novelas que exploran terrenos más psicológicos o más puramente ceñidos al divertimento.

Leo:

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de sueños". Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

El encarcelado intentaba desentrañar el poder supremo del dios a través de los dibujos de la piel del jaguar que comparte su celda. Cual buscador ciego, intentando comprender lo que no se puede entender, y sin embargo, su búsqueda acaba por servir de algo. Acaba de darse cuenta de algo muy importante, algo que le despierta de sus sueños dentro de otros sueños. "La vida es sueño", dijo aquél.

Más que el sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije la humedad, bendije el tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.

Ahí hay ya algo más que el pensamiento habitual, racional, especulativo. Hay algo que se ha abierto. Desde esa dimensión despierta, sólo pueden salir bendiciones. Sólo el buen decir tiene cabida cuando Cristo reina en nosotros sin trabas. Tanto la luz como la tiniebla son benditas. Y es que todo es lo bello, incluido lo que nos hace sufrir.

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. (...) Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.

Se advierte un aire místico en la pluma de Borges. Pero la cosa no acaba ahí. El encarcelado ya conoce la fórmula que le permitiría salir de su cárcel y hacerse con poder sobre sí mismo y sobre los demás, bien para el bien o bien para el mal, poco importa:

Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.

Y así, Tzinacán rehúsa hacerse con poder, pues ha visto lo que hay, y una vez visto aquello el poder deja de tener sentido. El encarcelado se olvida de sí mismo y ni siquiera se libera de la cárcel. ¿Acaso el sabio, si le dieran a elegir entre ir al Paraíso o al Infierno, dudaría? Ya lo dijo uno: iría al Infierno (el mundo, se entiende), pues en el Paraíso no hay seres a quienes salvar.

Ay, Borges, me confieso ignorante de tu vida y nuevo en tu genial obra. ¿Escribiste desde la experiencia o desde la erudición? Se advierte corazón en tus palabras, y hay algo que escapa a la escritura y sin embargo se intuye a través del símbolo que resulta tu buen escribir. (Ese algo va más allá incluso de la clara referencia textual al éxtasis místico que leemos en el relato; hay como un sabor, como si escribiera sabiendo.) ¿Iluminación o genio artístico?

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