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El Fin de los Tiempos (VIII): Ovidio

En el último capítulo de esta serie de textos y comentarios sobre el tema del fin de los tiempos en diversas tradiciones, los Ases se enfrentaban a las huestes de Muspell en el Ragnarök, el "destino de los dioses".

En esta ocasión he optado por regresar a las agradables (por familiares) tierras de la cultura grecorromana. No es que me resulte ingrato pasearme por los misteriosos poemas de la Edda nórdica, en absoluto. Pero es que leer a Ovidio es una delicia. Es como descansar, tras la batalla en las frías tierras del norte, en un jardín de árboles frutales y brisa con aroma a flores de primavera. Un día de éstos, cuando el tiempo lo permita, volveré a leer sus Metamorfosis, un viaje extasiante por los dominios de lo mítico, una sublime mirada al mundo encantado, pleno de belleza y drama, que tanto añoramos en este escenario en penumbra en que vivimos.

Precisamente de esta obra he extraído el texto que presento a continuación. Como ya hice en el caso de Hesíodo (ver capítulo II), transcribo sólo la parte correspondiente a la Edad de Hierro, la última época del mundo, en la que vivimos desde los tiempos de los antiguos. Brevemente diré por si no conoces el mito que en la tradición grecorromana se habla de una idílica Edad de Oro en que los hombres "vivían como dioses"; tras la Caída (huy, se me ha colado el término cristiano, pero es válido), comienza una decadencia en todos los órdenes a través de la Edad de Plata, Bronce y Hierro; después el mundo tal como lo conocemos "acaba", y comienza un nuevo ciclo con los frutos de las semillas del anterior. Esta visión cíclica de la Historia es común a todas las tradiciones que han servido al hombre de medio para hallarse a sí mismo (oh, retorno al hogar del Padre) y para organizarse civilizadamente. El ejemplo más paradigmático y probablente el mejor conservado de esta "doctrina de los ciclos cósmicos" es la versión india (ver capítulo III), donde las cuatro edades son: Krita-Yuga (o Satya-Yuga), Trêta-Yuga, Dwâpara-Yuga, Kali-Yuga ("Edad Oscura"), equivalentes a las griegas.

En la versión ovidiana falta la habitual alusión a la renovación que acaecerá tras la decadencia y el fin. Hesíodo apuntó a ese aspecto cuando en su poema Trabajos y días se disponía a abordar la Edad de Hierro: «Y luego, ya no hubiera querido estar yo entre los hombres de la quinta generación (la nuestra) sino haber muerto antes o haber nacido después».

En la tradición cristiana, esa renovación del mundo ocurre tras la Parousía o Segunda Venida de Cristo. Entonces aparecerá un nuevo cielo y una nueva tierra, "y Su Reino no tendrá fin". Una nueva Edad de Oro, que aparece en los textos míticos y sagrados de las más diversas culturas. Pero conviene apuntar que no se trata de un tiempo de totalitaria paz y risueña imbecilidad al estilo "nueva era"; no es la "Era de Acuario" de hombres felices y sin problemas conseguida gracias a las maravillas del progreso y de la técnica o de la simple voluntad de los hombres o de una evolución ni nada parecido. No; eso son ideas modernas. Según la tradición, que es lo que nos ocupa en esta serie, lo que hay a lo largo del ciclo no es un progreso hacia un hombre más evolucionado sino una decadencia espiritual que desembocará en el "final" de este mundo (que no se entienda lo de "final" al pie de la letra). Y, de acuerdo con la sabiduría tradicional, nada puede el hombre (caído) por sí solo; en cambio, todo lo puede Dios. El hombre ha de poner la tierra y la semilla para que el sol haga brotar los frutos, claro.

Bueeeno, que me voy del tema. Me callo y te dejo con Ovidio. Que lo disfrutes.


OVIDIO, Metamorfosis, I, vv. 128-150:

(...) de duro hierro es la última (edad). Al punto irrumpió en la época del peor metal toda iniquidad, huyeron el pundonor y la verdad y la lealtad; su lugar lo ocuparon los engaños, las mentiras, las emboscadas y también la violencia y el criminal deseo de poseer. El marinero desplegaba las velas al viento y todavía no los conocía bien y las quillas, que durante mucho tiempo habían permanecido fijas en la cima de los montes, saltaron entre olas desconocidas, y la tierra, antes común como la luz del sol y las brisas, la marcó con una larga linde el precavido agrimensor. Y la rica tierra no sólo recibía la exigencia de las cosechas y los alimentos debidos, sino que se penetró en las entrañas de la tierra, y las riquezas que había escondido y había conducido a las sombras estigias fueron excavadas, acicate de desgracias; y ya había surgido el dañino hierro y el oro más dañino que el hierro; surge la guerra, que lucha por uno y otro y agita con mano ensangrentada las armas que rechinan. Se vive de lo robado; el huésped no está seguro de su huésped, no el suegro del yerno, también es inusual la armonía de los hermanos. El marido es una amenaza de muerte para su esposa, ella para su marido; las horribles madrastras mezclan amarillentos venenos; el hijo se interesa por los años de su padre antes de tiempo. Yace vencida la piedad y la Virgen Astrea (Dike, la Justicia) ha abandonado, la última de los dioses, las tierras humedecidas de matanza.


Nota: este texto corresponde a la edición de Consuelo Álvarez y Rosa Mª. Iglesias en Cátedra, Madrid, 1999.

2 comentarios

Logan -

Bienvenido Francis!
Me alegro de que te guste Ovidio; por mi parte es uno de mis clásicos favoritos.
Nos leemos, por HO o por aquí! :)

Francis -

Hey! ¡Cómo mola!
Hola, he visto tu web desde HO y he entrado...
¡A mí me encanta Ovidio! ¡Tengo sus Metamorfosis en latín compradas en la misma Roma!
Qué alegría ver que Ovidio también aparece en la vida de otras gentes, jeje...
Un saludo.