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Totalitarismo disfrazado de antitotalitarismo

Leyendo la columna de José Javier Esparza del 14 de marzo en El Semanal Digital, me encuentro estas interesantes reflexiones sobre el totalitarismo, extraídas de la lectura del nuevo libro de Alain de Benoist Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989). Copio y pego del artículo:

Primera: el totalitarismo no es una desviación del camino, sino que es producto directo de las ideologías de la modernidad, de ese voluntarismo que lleva al hombre a creerse capaz de modelar al propio hombre y a sus sociedades hasta lo más profundo, hasta su entraña.

Segunda: el totalitarismo no sería posible sin esa fatua presunción de veracidad que acompaña a las ideologías modernas, sin esa convicción (propiamente progresista) de hallarse en la vanguardia positivista de la verdad y la luz.

Tercera: lo esencial del totalitarismo no es una ideología (se llame lucha de razas o se llame lucha de clases), sino una praxis de poder que consiste en absorber de grado o por la fuerza todo el espacio disponible, tanto público como privado.

En consecuencia, es perfectamente posible imaginar un totalitarismo aparentemente pacificado y neutro, basado en abstracciones como, por ejemplo, la técnica o el dinero, que instale sobre todas las sociedades humanas un orden totalitario donde ya no haya espacio para nada que escape a lo que Heidegger llamaba "civilización tecnoeconómica". La gran Hannah Arendt, en la que De Benoist se apoya con frecuencia, decía que el siglo XX había alumbrado dos ideologías universales: el racismo y la lucha de clases. Hoy sabemos que existe una tercera ideología universal: la de la técnica, que para su expansión necesita unas sociedades desarmadas espiritualmente, donde la vida y la muerte no sean más que magnitudes intercambiables en el camino del progreso, y que perfectamente podría recurrir al discurso tópico del "antifascismo" para implantar un totalitarismo de nuevo cuño.

¿Suena familiar?

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