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Guerra y paz

Muy recomendable el artículo "La paz perpetua, la amenaza continua", de José Javier Esparza (autor de El Final de los Tiempos). A raíz de la declaración de Zapatero en la que dijo que la Constitución Europea significa "la paz perpetua", Esparza hace alusión al origen kantiano de esa idea de "paz perpetua", que desde la sentencia de que la paz es buena y la guerra no, y de que las guerras se deben a los Estados antagónicos y renuentes a la paz, se construye un ideal de paz que pasa por el establecimiento de un orden nuevo y pacífico sobre la base de repúblicas ilustradas. Los grandes totalitarismos (abiertos o velados), las guerras más cruentas de la Historia, han derivado de esa idea moderna, siempre con el sueño de perpetrar la guerra o revolución definitiva que pondrá fin a todas las guerras. Caminando hacia el Estado Mundial. Y como dice Esparza, la única "paz perpetua" es la paz de los cementerios.

Ahora bien, vista la ineficacia de ese ideal, tampoco hay que caer en la suposición de que las guerras son buenas, o de que la paz es algo imposible. Las guerras son muerte, y vienen del poder, que va casi siempre ligado a la corrupción. ¿Hay que resignarse a la realidad de un mundo que, por ser tal, está condenado a la violencia y al sufrimiento?

Según Guénon y otros, la concepción tradicional sobre la guerra es que ésta sólo es admisible cuando su objetivo es restaurar el orden de los principios y la justicia en el plano de lo humano. Esta idea resulta sugerente, pero, al menos para mí, no del todo convincente. ¿Hay guerras justas y guerras injustas? Suponiendo que esa idea tradicional sea aceptable, entonces habría que considerar injusta toda guerra que surja de la sed de poder, del fanatismo o del dinero. Pero ¿hasta qué punto estaría una "guerra justa" libre de intereses mundanos?

Volviendo a la oposición moderna de guerra y paz, quizá el problema resida en que la proposición inicial de Kant es errónea. Quizá el camino de la paz no deba surgir de los Estados, sino de los hombres. Las grandes tradiciones de sabiduría apelan al individuo, a que descubra su naturaleza propia, que es sabiduría y amor, y desde esa conciencia de unidad profunda es imposible que surja violencia. Jesucristo señaló el camino haciendo hincapié en el amor: amar al enemigo corta la cadena del sufrimiento, es un acto más que humano, o verdaderamente humano. El Buda hizo hincapié en la sabiduría, en el despertar: desde la conciencia profunda del vacío pleno, el hombre se sitúa fuera del karma, fuera del mundo. Y así, el mundo es iluminado.

La verdadera paz debe venir de la experiencia de los hombres y mujeres que renuncien a las "cosas de este mundo". Ignoro si la guerra en sí es un problema o si es una condición inevitable de la existencia en este mundo, o si el problema es la concepción moderna de guerra y paz. Pero, si tiene que llegar un "mundo mejor", o un verdadero orden regulado por unos principios reales, el camino es el del individuo despierto y abierto al mundo. Nunca debe tratarse de una falsa paz impuesta desde lo totalitario (mediante armas o mediante ideas), ni de una "paz perpetua" basada en la muerte moral y la existencia drogada por el consumo y la divinización del apego, sino de una paz surgida del corazón; es decir, desde el espíritu, desde la raíz. Tal vez, mejor que de paz, haya que hablar de silencio interior, y desde ahí: amor, entrega, compasión.

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