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La Canción del Troll

La Canción del Troll El otro día, en uno de mis paseos por la bulliciosa ciudad de Aguaprofunda (uno de mis lugares favoritos de Faerûn), encontré una curiosa taberna llamada "La Espada Cantora", en el lado norte de la calle del Bazar, en el distrito del Castillo. He de decir que mi estancia en esta taberna es una de las más gratas que recuerdo, entre otras cosas por su deliciosa sopa de tortuga, a decir verdad la mejor que he probado en todos los Reinos. Pero, aunque es justo admirar la buena cocina del propietario, es otro el motivo de mi especial afecto a este concurrido establecimiento: se trata de un prodigio digno de verse, pues no todos los días puede uno presenciar el canto de una espada juglar. Sí, mi querido lector, en efecto: los que visitan esta taberna se entretienen escuchando las baladas que, con su elevado timbre de voz, interpreta la maravillosa espada mágica parlante a la que debe su nombre la taberna.

Una de estas canciones me pareció especialmente deliciosa, digna de todo un juglar errante. Como los parroquianos la cantaban una y otra vez en compañía de la extraña espada, la copié presto y la he incluido en este libro de viajes para que tú, querido lector, puedas participar de este prodigio aunque no te arriesgues a salir a los peligrosos caminos de los Reinos para ver con tus propios ojos los prodigios de este mundo. Que la disfrutes con salud.

Logan el viajero.


LA CANCIÓN DEL TROLL

En la cueva del lugar, vivía un troll achacoso,
Su dieta era truculenta, y sus modales chistosos.
Más de un joven atrapó, y devoró muy gozoso,
"Siempre crudo y con zanahorias... ¡terriblemente sabroso!"

En el fortín del lugar, vivía un buen caballero;
Larga lanza y armadura, fulgurante brillo argénteo.
Muchas búsquedas pensó, planeadas con detalle,
Pero jamás emprendió, por valentía faltarle.

En la aldea del lugar, vivía una hermosa doncella,
De las creadas por los dioses, fue sin duda la más bella.
Aunque pobre era orgullosa, y sola estaba en su casa,
Aparte de piel y huesos, sólo gracia le quedaba.

En un bosque muy profundo, fue que crecían las bayas;
Eran rojas y brillantes, muy ricas, si bien escasas.
Y fue acá que fue la dama, a buscar en el ramaje,
A coger las buenas bayas, pues su hambre era salvaje.

Al troll bastó olisquearla, para saber dónde estaba;
Prepararía contento, un guiso de carne asada.
Ella se había acercado, al hogar bien escondido,
De aquél que espera y aguarda, comidas que se han perdido.

Enfadado cabalgaba, el valiente caballero;
A gastar se dirigía, desganado su dinero.
Vacía estaba su alacena, no tenía ni cerveza;
Marchose al bosque el hidalgo, recorriendo la arboleda.

Muy poco tardó la dama, en encontrar su comida:
Unas bayas, ya maduras, frutas que estaban muy ricas.
A puñados las comía, de su entorno indiferente,
Mientras tanto el troll malvado, se acercaba, ágilmente.

Satisfecha la doncella, se volvió para marchar,
Y el troll saltó sobre ella, voceando: "¡Ja, ja, ja,
Mi cena llegó vestida, con un gorro en la cabeza!"
A esto llegó el caballero, trotando sin darse cuenta.

"¡Aquí ha llegado mi héroe!" la doncella lloriqueaba,
"Aquí mi vida os entrego; ¡y con vos yo me casaba!"
Asustado, el caballero, dio la vuelta a su montura,
(Sus herraduras pisaron, del pobre troll las pezuñas).

"Buena dama, bella dama", balbuceó bravo el guerrero,
"Veo que mi vista es mala, y siento los brazos viejos,
¿Y aun así queréis casaros, aun así, con todo y eso?"
"Sí", gimoteó la doncella, "¡Y bien que me alegro de ello!"

"¡Oh, mi querida hermosura!" dijo el noble caballero,
Y se cayó, rectamente, al suelo muerto de miedo.
Al suelo cayó de espaldas, que no lo hizo de bruces,
Y fue a aplastar su armadura, del pobre troll las testuces.

"¡Oh, milord, mi buen señor!" gimió la dulce doncella.
"Fuisteis tan noble y humilde, tan gentil vuestra belleza!"
Rodeole con sus brazos, con gesto muy cariñoso,
Mas sus pies iban pisando, de aquel pobre troll el rostro.

"¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?" dijo lelo el cabellero.
"¡Mi enemigo me ha abatido, y he terminado en el suelo!
Por mi honor he de rendirme, en este preciso instante,
¡Y conceder la victoria, a mi fiero contrincante!"

La rodilla hincó en el suelo, haciendo una reverencia,
Viendo así a quien le venciera, en la presente contienda:
Con el rostro sonrojado, la doncella lo miraba.
(La fresca tierra del bosque, con el troll embaldosada).

"¡Por los dioses que soy vuestro, y que me mandéis os ruego!"
Se apresuró a suplicarle, el heroico caballero.
"Levantaos pues, os digo!" dijo ella sin pudor,
"Nada más hayamos vuelto, ¡seréis mi esposo y señor!"

Y así alzose el caballero, rechinando su armadura,
(Y sus espuelas labraron, en el troll, dos hendiduras),
E izó a su dama a la grupa, y en su caballo montó,
Y, claro está, cabalgaron, sobre los restos del troll.

Cuando, por fin, las pezuñas, se dejaron ya de oír,
El troll se quedó en el suelo, con ganas de maldecir.
Sus achaques y dolores, sólo podía sentir,
Gruñendo hasta que sus partes, se volvieron a reunir.

Más valdría que los hombres, y hasta los trolls, aprendieran,
Que no merece la pena, perseguir ciertas doncellas.
Que la canción que entonamos, siempre vuelve a repetirse,
Que el dolor, en los caídos, acaba por devenirse.


Nota: Esta canción apareció en la Guía de Volo para Aguas Profundas, de Ed Greenwood, un suplemento de la ambientación de rol fantástico medieval de los Reinos Olvidados; traducción de Gustavo A. Díaz Sánchez en ed. Martínez Roca.

5 comentarios

Toni M. Jover -

Pues entonces eres muy intuitivo y captas bien el ritmo, porque la métrica del poema anterior (catorce versos con hemistiquio, pareados asonantes) te ha salido redonda y era la misma de la Canción del Troll.

Logan -

Me quito el sombrero, sí señor, así da gusto. Es la métrica mi principal carencia, creo. Carezco de los conocimientos básicos y me guío por nociones intuitivas, pero definitivamente insuficientes. Será cuestión de pillarme un manual y practicar, y leer más poesía, y luego el agua correrá sola a través del canal de la técnica. La verdad es que últimamente tengo muchas ganas de componer poesía.

Toni M. Jover -

¡Viven Góngora y Quevedo,
y el Fénix de Vega incluso,
si del ingenio en desuso
se resucita el denuedo!

En el Parnaso, perdido,
un mosquito anda zumbando:
"¿Ahí abajo andan rimando?
¡Despiértense, los dormidos!"

"No es verdad" - diz don Francisco.
Don Lope: "¿Qué es este espanto?"
Blande el arma el de Lepanto:
"¡¿Los piratas berberiscos?!"

"¡Cosa peor, don Miguel!
- diz Fray Luis el de León -
¡Sea aquí la Inquisición,
que esto es cosa de Luzbel!"

"¡Cálmense, mis caballeros!
- interrumpe sor Teresa -
¡La paz sea, no nos pesa,
y guardémonos enteros!

De dos locos la charada:
un tal Logán y un Jover.
Volvamos a fenecer,
que aquí no ha pasado nada."

La de Jesús así habló.
Los poetas, aliviados,
continuaron enterrados
y nada grave ocurrió.

¡Mas alerta! Que los muertos
pendientes son de los vivos,
y en fantasmas redivivos
convierten sus huesos yertos.

¡Mas alerta! No llamemos
de esta guisa su atención:
venzamos la tentación,
y no nos emocionemos.

Logan -

Unos vienen, otros van, por los caminos del mundo,
Mientras los cuerdos están en los cultivos, sin sustos.
Mas nunca un hombre encontró, en granja austera o en zoco,
la ambrosía y el oro, privilegio de los locos.

(Fin del intento de rimas). Tienes razón, el traductor de la Canción del Troll se lo ha currado.

Toni M. Jover -

¿Dó yo tengo mi quijada? De Caín mula no soy,
mas de tanto sonreir perdí la su sensación.
No sé si habrá sido el vino, compañero, no lo sé…
mas ¿una espada no ha sido la que cantar escuché?

¡Vive la Diosa, mi amigo, que aquí huele a brujería!
¿Acaso nos han servido por tinto rara ambrosía?
¡Hurra, la Espada Cantora! Y ya que llegué hasta aquí,
¡me hagan sitio en esta mesa porque me quedo a dormir!

(¡No sabes, Logan, cuánto celebro que aún haya quien cultive este tipo de aparentemente sencilla literatura! Por cierto… si el original era en inglés, otro hurra por el traductor)