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Santuario

Navidad y familia

Van pasando las Navidades. Estos días he escrito varias cosas en este blog sobre el sentido sagrado y simbólico de la Navidad, y ahora quiero tocar un aspecto mucho más cotidiano: la familia. Se viven estos días en familia, es tradición. A pesar de a veces tener que aguantar lo que no te gusta de éste o de aquél con los que no convives habitualmente. Pero es reunirse en familia, que es algo muy valioso, con todas sus alegrías y con lo que haya que aguantar también. Es algo sólido y firme, mucho mejor que la nada del simple consumismo navideño.

Familias hay de todos los colores, y muchos hay que no tienen la suerte de poder estar con la familia. Lo malo es que esta sociedad tiende a desmembrarla, a convertirla en nada. Porque en el altar familiar, ya no están los lares, sino la televisión, y muchos padres ya no saben lo que es educar a los hijos en la renuncia, hacer de ellos hombres y mujeres de pro, sino que les conceden todos sus caprichos. "Bastante hemos pasado nosotros", dicen. ¡No se dan cuenta que precisamente por la necesidad de renunciar a ciertas cosas, han crecido con fuerza, como las plantas que crecen vigorosas en medio de las penalidades de un medio hostil! Es ésta una época de anuncios de juguetes y de "papá, mamá, quiero esto porque todos los demás niños lo tienen". Cuando yo era pequeño, las circunstancias hacían que uno tuviera que aprender a renunciar a muchos caprichos y conformarse con lo que se pudiera. Pero hoy los niños exigen tener lo que todos han de tener según la Omnipantalla. De la consola de videojuegos depende su felicidad. ¡Ja! Mal son entrenados así para la vida. Si los padres consienten en conceder todos los deseos a sus niños, me parece que ahí empieza a dejar de haber familia, y eso se convierte en una franquicia del Estado. La renuncia y el aprendizaje en el sacrificio ha sido siempre parte indisoluble de lo familiar. Si no es así, la familia deja de ser tal y se convierte en un supermercado, en un aprendizaje de los valores del consumismo...

En los tiempos difíciles es cuando los hombres se hacen hombres. Los tiempos de bienestar tienden a hacerle a uno de carácter débil, fácilmente manipulable por los impulsos de dentro y de fuera. Vivimos en tiempos contradictorios, de libertades y de esclavitud, tiempos trágicos en los que nos jugamos mucho. Y en la familia es donde el hombre se forja a golpe de martillo y con el fuego del cariño. Amor y dureza, concesiones y sacrificios, todo forma parte de la necesaria fragua donde se templan las espadas, los ánimos, los hombres y las mujeres que podrán un día salir al mundo por sí mismos y contar con unos valores, una fuerza, una capacidad de renuncia, de confianza y de entrega. Un tesoro. Hay quien no cree en la familia. Pues yo digo: sin familia, estaríamos acabados. La familia es algo peligroso para la uniformización que vacía todo de sentido. Creer en la familia es, pues, una forma de lucha en estos tiempos.

Por eso, más allá del sentido religioso, místico y simbólico que también tiene la Navidad, digo: sí, creo en la Navidad, en la celebración de la Sagrada Familia, porque es la familia arquetípica, porque el pesebre es el escenario de un amor que resiste a las penalidades y hostilidades del mundo y que es condición necesaria para que nazca y crezca sano el niño. Es una parcela sagrada donde el poder del mundo no tiene acceso. La familia es, pues, un refugio, un santuario, una caverna que se vuelve cielo. Un Paraíso. ¿Conseguirán quitárnoslo y darnos a cambio esos vacíos paraísos artificiales? ¿Videojuegos, zonas de marcha para adolescentes arrastrados por la moda, drogas, escapes hacia las cloacas de lo anímico? No. Es preferible enfrentarse a la vida con todas sus luces y sus sombras, sin paraísos artificiales. Es preferible vivir y sufrir a golpe de martillazos que morir en espíritu a manos de blanduras virtuales.

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