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Solsticio de Invierno (II)

Solsticio de Invierno (II) Continuamos (y finalizamos) el texto sobre el solsticio de invierno, de autor desconocido, cuya primera parte transcribí aquí hace unos días. El motivo por el que esta segunda parte sale hoy a la luz en Santuario es que en el texto se va a hablar de Jano. Y es que hoy, en el calendario cristiano, es el día de san Juan Evangelista. Esta fecha está íntimamente relacionada con el solsticio de invierno, y tiene su opuesto y complementario en el día de san Juan Bautista, que se celebra en la época del solsticio de verano. A su vez, estos san Juan de Invierno y san Juan de Verano son simbólicamente el equivalente cristiano de Jano, dios romano de las puertas, de los inicios y finales. Dios con dos caras, regidor de los dos solsticios, guardián de los accesos y patrono de la Iniciación (resulta curioso que los dos san Juan están también íntimamente relacionados con la Iniciación, el uno por ser el Bautista de Jesús, y el otro por el profundo sentido iniciático de sus textos).

Sobre el parecido entre el nombre de Juan y el de Jano, comenta René Guénon que "en cuanto al nexo existente entre Juan y Jano, aunque debe entenderse que es una asimilación fónica y no etimológica, no por eso es menos importante desde el punto de vista simbólico, ya que, en efecto, las fiestas de los dos san Juan han sustituido realmente a las de Jano, en los respectivos solsticios de verano e invierno." (Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, Paidós, 1995, en una nota a pie de página en el cap. XXXVIII).

San Juan Evangelista está relacionado con la "alabanza", y san Juan Bautista con la "misericordia", por tanto el primero alude a un sentido "ascendente" y el segundo "descendente", lo cual liga directamente con el simbolismo del solsticio de invierno (ascenso del sol) y el de verano (descenso del sol).

Por otra parte, en este texto se habla también de los Reyes Magos. A lo que se dice quisiera añadir algunas breves consideraciones:

Los tres regalos que los Magos de Oriente regalan al niño Jesús en el Evangelio, oro, incienso y mirra, sirven, como se indica en el texto, para saludar al recién nacido como Rey, Sacerdote y Profeta, pero también al mismo tiempo para reconocerle como Rey, Dios y mortal (la mirra se usaba para embalsamar a los muertos). Cristo representa la autoridad espiritual máxima, por lo que está por encima de todo poder temporal. Es por esto que en la Edad Media se subraya su aspecto de Rey de Reyes, por lo que se empieza a configurar la imagen actual de los Reyes Magos, como representantes de lo aristocrático y lo regio que se inclinan ante el Cristo, reconocen al único y verdadero Rey: el Misterio, lo Sagrado, la Luz amorosa que nos hace verdaderamente humanos. Es una auténtica regulación espiritual, reflejada en lo simbólico, de la sociedad medieval.

El mundo medieval configuró una imagen inicial de los tres Reyes Magos basada en un simbolismo temporal: para representar a toda la Humanidad que se inclina ante Cristo (esta Luz que los cristianos llamamos Cristo desde que un hombre que sabía que era Hijo de Dios vivió y murió por nosotros), se diferenció a los Magos por la edad: el viejo tenía barba blanca, el maduro barba castaña u oscura, y el joven era imberbe. Más adelante, se superpuso un simbolismo espacial (suele ocurrir que lo temporal precede a lo espacial en las visiones del mundo), y los Reyes Magos vinieron a representar a la Humanidad ya no en las tres edades del hombre, sino en su diversidad territorial o cultural: uno asiático, uno europeo y uno africano. Así es como ha llegado hasta nosotros la imagen actual de los tres Reyes Magos de Oriente.

Sobre el otro tema abordado en el texto que sigue, es decir el Carnaval, todavía quedan en España vestigios muy cercanos al remoto origen de esta tradición; por ejemplo, en los Carnavales de Bielsa (Pirineo aragonés), en los que los mozos, disfrazados con la tez negra, vestidos con pieles y con astas de macho cabrío en la cabeza, persiguen a la gente con largos palos. Después, estos mozos, llamados "trangas", bailan con las "madamas" (las chicas jóvenes del pueblo).

Sin más comentarios, transcribo a continuación la segunda parte del texto sobre el Solsticio de Invierno, en este día del apóstol san Juan, cuya simbólica función en el calendario cristiano (y por tanto occidental) es semejante a la del antiguo dios Jano del cual se decía, por cierto, que había sido rey en Roma durante la Edad de Oro, acogiendo a Saturno tras su expulsión por Júpiter. Sería interesante investigar a fondo los aspectos históricos y simbólicos que pueda haber tras el nombre de Jano. En cualquier caso, como guardián de las llaves y las puertas, abre él este texto...




JANO: LA RENOVACIÓN DEL TIEMPO

Uno de los dioses menos conocidos y más populares del panteón romano era Jano, dios de las puertas y de los caminos, dios de la guerra y de la paz, del principio y del final; era un dios bifronte (en ocasiones cuatrifonte), uno de cutos rostros miraba hacia una dirección y el otro hacia la opuesta. Su culto había sido instaurado por Rómulo, fundador mítico de Roma, y tiene su paralelo en otros dioses indoeuropeos, Vâyn y Heimdal, por ejemplo. San Pedro, asociado, como Jano, a las llaves y "portero" de los Cielos, es su equivalente cristiano. Las puertas del templo de Jano en Roma se abrían cada vez que había guerra y se cerraban con la paz.

Su importancia hizo que el primer mes del año tuviera su nombre: Janus; Januariis, mes de Jano, del que deriva enero. Roma entera brindaba en honor del dios en la fiesta que le era consagrada: el agonium. Las libaciones y los pasteles (llamados "ianuales") querían representar el deseo de buenos augurios.

Su fiesta se celebraba el día 1 de enero, momento en el que el tiempo quedaba renovado con el nacimiento de un año nuevo. El templo de Jano era cuadrado y tenía su antítesis en el culto a Vesta, cuyo templo era redondo. El uno era el templo de los hombres, el otro el de los dioses; el uno, en su trazado cuadrado, indicaba que todo lo humano tiene un principio, un crecimiento, un declive y una muerte; el otro, el de Vesta, con su fuego sagrado ardiendo en el centro, aludía a un mundo de esencias eternas e intangibles, sin principio ni final, el mundo de lo trascendente.

Jano preside el año: situado justo en el centro del ciclo de 12 días, enter Navidad y Epifanía, era un jalón intermedio entre una y otra fiesta.




LA ESTRELLA DE LOS MAGOS

La fecha lúdica siguiente es la Epifanía, una fiesta que también hunde sus raíces en el pasado más remoto y misterioso. Las primeras huellas de una festividad equivalente pueden encontrarse en el Egipto faraónico, para el cual la fecha del 11 tybi (6 de enero) era el día de la "manifestación del nuevo sol". Epifanía, precisamente, quiere decir "manifestación".

En los Evangelios el papel de los Reyes Magos está muy difuminado y hace falta recurrir a una interpretación esotérica para advertir su significado. Para René Guénon la figura de los tres Reyes Magos, "venidos de Oriente", son la actualización de Melkisedec, mítico rey de Salem, "señor de paz y justicia", a la vez que rey, sacerdote y profeta, un equivalente hebreo a la tradición universal del Rey del Mundo.

El Evangelio -siempre siguiendo a René Guénon- ha dividido la función de Melkisedec en tres personajes, a la vez regios, que ofrecen a Jesús recién nacido, oro, incienso y mirra, símbolos de la realeza, el sacerdocio y la profecía. Tales ofrendas serían un reconocimiento del "Rey del Mundo" al papel divino de Jesús.

Pero también podemos recurrir a la tradición hermética y a la alquimia para intuir la importancia y el significado de la Epifanía. Se sabe por tradición que los Reyes Magos llegaron hasta el portal de Belén siguiendo las huellas de una estrella "de Oriente". Pues bien, uno de los minerales utilizados por los alquimistas en sus laboratorios era el sulfuro de antimonio, que tiene la particularidad de, una vez fundido, contraer su superficie en la lingotera, dando origen en su centro a una estrella de seis puntas, que los alquimistas consideraban "la signatura con que el Divino había marcado a la materia prima de la obra filosofal".

Esto, lejos de ser un apunte erudito, contribuye a redondear la figura de los "Reyes Magos". En realidad, los partidarios de la alquimia sitúan esta ciencia por encima de cualquier otra técnica tradicional, en tanto que la realización de la obra hermética daría acceso a los tres poderes que caracterizaban a Hermes Trimegisto (el tres veces grande), el de la realeza, el sacerdocio y la profecía.

La interrelación entre Reyes Magos y alquimia viene favorecida, además, por los colores de cada uno de ellos: blanco, rubio-dorado y negro, alusión apenas disimulada a las tres fases de la obra hermética: la obra al blanco o "albedo", la obra al negro o "nigredo" y la obra al rojo o "rubedo".

Pero también hay que ver en la fiesta de la Epifanía un momento de exaltación caballeresca, fr4ecuentemente incorporado a los ciclos heroicos medievales. El rey pescador, el mítico Preste Juan, rey de un país remoto, rey y sacerdote a la vez, sería un avatar de los Reyes Magos. Juan de Hildesheim llega incluso a decir que era su heredero.

Fue el "Buen Barbarroja", Federico I Hohenstauffen, quien renovó el culto a los Reyes Magos trayendo lo que consideraba sus restos a Colonia. Esto ocurría en el siglo XIII y dio origen a la "fiesta de los locos". En medio del jolgorio general, cada ciudad elegía un "rey de los locos"; pero en el siglo XIV, la fiesta, que entroncaba con celebraciones mistéricas y paganas, fue prohibida por la Iglesia y su simbolismo pasó al carnaval.




EL CARNAVAL O EL OCASO DEL INVIERNO

Dentro de unas semanas, cuando aún no estamos recuperados de las celebraciones de Navidad, una nueva festividad nos invade de alegría y nos vuelve proclives a los excesos de todo tipo. El carnal o carnes-toltas (carnes tolendas = carnes calientes), a principios de febrero, supone un desencadenamiento orgiástico y tempestuoso de impulsos telúricos y caóticos.

Su función dentro de la humanidad tradicional era educativa a la par que festiva. Invirtiendo las polaridades, al menos un día al año, cada uno contemplaba lo ridículo y absurdo de querer ocupar un puesto que no era el suyo. La humanidad tradicional percibía un orden en lo cotidiano; el contraste con esa idea de orden era el carnaval, manifestación anual del caos. Y de la misma forma que se sabe lo que es la oscuridad al compararla con la luz, se tiene más presente la idea de Orden si existe una referencia de su opuesto, el Caos. Tal es el sentido del Carnaval, cuya celebración marca el ocaso del invierno.

Como hemos dicho, la "fiesta de los locos" se trasladó de la Epifanía a la actual del Carnes-tolendas; ese mismo período de tiempo era ocupado en la antigua Roma por otra fiesta equivalente, instituida por Rómulo y Remo en honor del dios Fauno (Pan). El 21 de febrero los jóvenes recorrían las calles de Roma, completamente desnudos y con látigos en la mano, golpeando a quien encontraban por el camino. Tal rito estaba reputado de garantizar la fertilidad y por ello, suponía un anticipo de lo que implicaría la primavera.

Al acabar estas fiesas se iniciaba un período de "purificación" que daba nombre al mes: febrero, en efecto, deriva de febraurius y febrerum, palabras relacionadas con el verbo febraure, purificar.

El mes se iniciaba con la fiesta de la Candelaria, fiesta por excelencia de la luz. Instituida por el paganismo, su simbolismo fue recuperado por Gelasio I y adaptado a la Purificación de la Virgen. Tanto en uno como en otro sistema, el rito central lo constituía la bendición de las candelas.

Es evidente que en febrero se empieza a notar fehacientemente la prolongación de la presencia del Sol. Griegos y romanos hacían de esta fecha un día de culto a Ceres (raíz ker- = crecimiento), y en su honor iluminaban profusamente las calles. Ceres apelaba a la luz, buscando a Proserpina, su hija secuestrada por Plutón. En otros pueblos esta festividad estaba igualmente presente: era el Imbolc de los celtas y el Imbolg de los germanos, la fiesta del agua lustral.


DE LA TRADICIÓN AL CONSUMO

El 25 de marzo puede considerarse clausurado el ciclo invernal y sustituido por el imperio de la primavera. En esa fecha, nueve meses antes de la Navidad, tiene lugar la fiesta de la Anunciación, reconversión de la antigua fiesta de Cibeles, diosa agraria por excelencia.

Es inútil hacerse ilusiones sobre la posibilidad de recuperación del antiguo sentido que tuvieron todas estas fiestas. El hombre tradicional sacralizaba el año, el hombre moderno sacraliza el consumo. No puede concebirse todo este ciclo invernal, con todos sus jalones festivos, sin alcanzar unas determinadas cotas de consumo. Más es el consumo, mayor debe ser -según esta lógica economicista- la felicidad del hogar.

En un mundo de productores alienados y de consumidores integrados no era posible otra realidad más que la del consumo frenético. Sin embargo, conocer el sentido de las fiestas puede suponer un punto de apoyo para quien quiera zafarse de la tiranía del consumo obligatorio y al mismo tiempo dotarse a él, su familia y sus allegados, de una concepción del mundo tradicional que hoy es susceptible de ser recuperada; es más, que es la única alternativa posible al economicismo y al hedonismo contemporáneo. Descubrir el sentido de las fiestas de invierno supone integrarse y conocer el entorno de la naturaleza (telúrica y solar) sobre cuyo trasfondo discurre el devenir de la vida humana. Los mitos y las leyendas de la Navidad, el jolgorio de las fiestas de Jano y de Carnaval, la Epifanía, la fiesta de la Luz, la Candelaria, todas ellas son excusas para recuperar un pasado que fue nuestro, que perteneció a nuestros precursores y que nosotros tenemos la obligación de purificar (uno de los ejes del invierno es la idea de "purificación") de los excesos consumistas y hedonistas de este momento histórico que nos ha tocado sufrir.


FIN DEL TEXTO.




Ante todo es necesario abrirse al Misterio que está en todas partes (en nosotros y en el mundo) y que sostiene a todas las cosas. Desde ahí todo se clarifica. Y, como bien dice la reflexión del texto, también el re-ligarse a una visión ritual, sagrada, del mundo, resulta salvífico y renovador en este mundo degradado y oscurecido. El 25 de diciembre la Luz nació, y Luz es lo que hace falta en el mundo. Si vivir en consonancia con el año natural y simbólico, y no con los ritmos del consumismo, ayuda a iluminar nuestra existencia en la tierra, bienvenidos sean los ritos. Ser un disidente siempre es mejor que ser un esclavo.

Que los últimos y solsticiales días de este año sean felices y Jano, san Juan entre nosotros, nos abra la puerta del nuevo año 2005 con buenos presagios.

Logan.

1 comentario

Toni M. Jover -

No conocía la relación entre las festividades de San Juan y el dios Jano. Muy interesante, Logan. Gracias.