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De la muerte y resurgir de los dragones

De la muerte y resurgir de los dragones Hace un rato he visto un documental sobre reptiles como el cocodrilo y el dragón de Comodo. Lo primero que se te pasa por la cabeza cuando ves uno de estos bichos es... ¡un monstruo! Es lo que pensaba sin duda un explorador europeo de los tiempos anteriores a la modernidad, antes de que la ciencia se asentara y "desvelara" los secretos de la naturaleza. Desde entonces, ya no hay monstruos. Son animales, animales de circo que puedes ver tranquilamente enjaulados en libros, fotos, documentales. Y por supuesto, clasificados, estudiados, filmados, cazados, diseccionados. Hoy ya nadie cree en dragones. Incluso cuando vemos el esqueleto de un dinosaurio o su reconstrucción digital, sentimos en un principio ese estremecimiento ante lo monstruoso, temible, fantástico, fuera de lo ordinario. Pero llega la bienamada ciencia y nos hace el favor de aclararnos: no son monstruos, sino animales que habitaron la tierra hace X millones de años, subclasificados, estudiados, filmados (hoy ya todo es posible gracias a la revolución digital), cazados, diseccionados. No dragones, no. Entonces yo, el ciudadano medio, digo: "Ahh, bueno. Ya puedo respirar tranquilo. Los monstruos no existen." Y es que nos tranquiliza pensar que el hombre, el hombre de Descartes, el hombre-ser-racional del Renacimiento, lo controla todo. Como su órgano preferido -la razón-, lo clasifica, estudia, fotografía, caza, disecciona todo. Lo mata todo.

Dejando de lado los beneficios de la ciencia, centrándonos en el tema de esta reflexión, continuemos. Una de las cosas más importantes que creo que se puede reprochar a la ciencia moderna, fundada en el culto a la razón y al empirismo, es que ha acabado con la fantasía. Ha matado a todos los dragones. Ya no quedan lugares legendarios donde ubicar el Mal. Y esto es muy importante. Antes de la entronización de la razón, el mundo estaba poblado de mitos, hadas, demonios, cavernas infernales, camposantos, ciudades legendarias perdidas entre las montañas (no sólo en el Himalaya, véase la leyenda de Atlán en Monte Perdido, sobre la que escribiré algo aquí). Todos estos seres y lugares legendarios servían para ubicar una lucha arquetípica, eran símbolos de una realidad superior a la que accedemos mediante lo fantástico, lo mítico, lo maravilloso. Una forma de salir de la corriente de este mundo y situarte en un lugar superior donde tener una panorámica mejor de todo esto, allí donde se libra una lucha eterna entre el bien y el mal, allí donde se expresa una lucha que tiene lugar dentro de nosotros, en lo más íntimo del alma.

El dragón era el arquetipo por excelencia de esa lucha. El caballero que lucha contra el dragón es el hombre que lucha por dominar su ego, sus pasiones desenfrenadas, sus instintos, para que obdezcan a lo regio y diríase más que humano (o profundamente humano) que hay en nosotros. De ahí que este símbolo está presente en todas las tradiciones (Cadmo, Perseo, San Jorge, Sigfrido...). Asimismo, el dragón estaba siempre ahí, en aquella caverna oscura donde nadie se atreve a adentrarse, al otro lado de aquella montaña... La fantasía es liberadora. Sirve para liberarse de esta visión cerrada que tenemos del mundo, por unos momentos. La fantasía permite una visión de la realidad más profunda, porque usa el lenguaje mítico, el símbolo, que es una puerta hacia ese núcleo profundo de las cosas. La ciencia se queda en la superficie. El mito, en cambio, hace miles de años que conoce el fondo como nadie. Y además, no le interesa conocer al detalle la superficie.

El resurgir de la fantasía durante el siglo XX es muy significativo de esta crisis del mundo moderno, que lleva a algunos a añorar ese lugar mítico donde intuir o ahondar en esa lucha arquetípica. Para mí, el mejor ejemplo, que quedará para la posteridad, de reutilización de lo mítico y actualización a la novela con todo el sabor auténtico de lo legendario, lo tradicional y lo simbólico, es El Señor de los Anillos. Aunque hay mucho, mucho más. La literatura fantástica se evade de este mundo, sí, pero no como una evasión de los problemas, sino como una huida de este mundo exclusivamente racional que naturalmente nos parece tan antinatural. Se trata de una huida a ese mundo arquetípico e invisible, que actúa de una manera parecida al teatro. Nos aisla del mundo fenoménico por unos momentos, nos saca de la corriente del río, de la ilusión, para ver las cosas con perspectiva. Porque, aunque nos quieran convencer de lo contrario, el caballero radiante siempre ha estado luchando y siempre seguirá luchando contra el dragón. Y si lo olvidamos, mal nos irá.

Sobre este tema, recomiendo la lectura del artículo: El símbolo, el mito y la religión en lo fantástico, así como otros en torno a este tema, en la página de Amnesia.

3 comentarios

iris heli joan vazquez reyes -

tienen informacion de dragones rojos y de todos los colores

Logan -

No, lo siento, no tenemos. Pero seguro que encuentras en Google. :-)

¡Un saludo!

mayron -

¡tienen fotos del dragón de comodo?